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sábado, 6 de septiembre de 2014

Envíos postales: lenguaje y ceniza

[Los (re)envíos de 1977 están inmisericordemente extraídos de los Envois (La carte postale) de Jacques Derrida, y a su vez, estos fueron (seguramente) cartas del bueno de Jacques a Sylviane Agacinski, posteriormente quemadas (en parte), por ello hay huecos en blanco como elipsis que mantuvo el propio Derrida en el texto de Envois]


3 de junio de 1977.

Sí, tenías razón, ahora, hoy, en el presente, a cada instante, en este punto del mapa, no somos más que un minúsculo residuo, «abandonado a su suerte»: de lo que nos dijimos, de lo que —no lo olvides— hicimos uno del otro, de lo que nos escribimos. Sí, esta «correspondencia», tienes razón, enseguida nos desbordó, por eso es que habría que haber quemado todo, todo, hasta la ceniza de lo inconsciente, y «ellos» nunca sabrían nada al respecto.

6 de septiembre de 2014.

Pero habría que olvidar un lenguaje, las perras negras que se han encargado de lacerarnos dulce y amargamente. La correspondencia no está correspondida, tú respondes pero respondes a otra parte, desde otro lenguaje que ya no inscribe en el mío. Aunque a veces rozamos ese diccionario que creamos, esa clave para entender el mundo en toda su absurdez. Borrar. Arder. Cenizas. Las cenizas también son un resto con el que dialogar. También son muescas/inscripciones del tiempo y del espacio. Pasar el tiempo por el fuego no quema las horas creando un lenguaje/un labio —si nos vamos a Babel y recuperamos uno de sus sentidos. Babel como labio, como el padre, como Dios, como lengua. Babel como ese acontecimiento donde empezamos a desentendernos, a no correspondernos, a tener la posibilidad de encontrarnos desde lejos —par la lettre, diferida, inscrita; cuando la leas, tan lejos de este momento en el que me está abandonando y yo ya no estoy en el texto. 

5 de junio de 1977.

Quisiera escribirte tan llanamente, tan llanamente, tan llanamente. Sin nada que
detenga nunca la atención, salvo la tuya únicamente, y hasta eso, borrando todos los
rasgos, incluso los menos aparentes, los que marcan el tono, o la pertenencia a un género
(la carta, por ejemplo, o la tarjeta postal), para que sobre todo la lengua permanezca
obviamente secreta, como si se inventara a cada paso, y como si se incendiara enseguida,
en cuanto un tercero pusiera los ojos en ella (por cierto ¿cuándo aceptarás que quememos
efectivamente todo esto, nosotros mismos?) [...]

mi pequeño apocalipsis de biblioteca [...]

te escribo mañana
pero llegaré quizá, una vez más, antes que mi carta
      En caso contrario, si yo no te llegara más, sabes
lo que siempre
te pido olvidar, guardar en el olvido.

6 de septiembre de 2014.


Querido. Seguimos usando estas palabras que son las de los otros. Me dijiste en una ocasión —creo que corría el año 1996— que cualquiera debe poder declarar bajo juramento, entonces: no tengo más que una lengua y no es la mía, mi lengua «propia» es una lengua inasimilable para mí. Mi lengua, la única que me escucho hablar y me las arreglo para hablar, es la lengua del otro. En aquel momento, yo no entendí estas líneas, en aquel momento te tomé por idiota. Y la idiota soy yo. Ahora que andamos reduciéndolo todo a cenizas me he quedado sin lenguaje, sin tu idioma que era el mío, que era el nuestro. Los significantes son ahora huellas de momentos en los que escuché tu voz o leí tu tinta. Los significados no son más que una pantalla de cine en la que veo lo que ocurría en aquellos momentos a nuestro alrededor. Escribo con unas palabras que nunca fueron mías, pero ahora las siento como prótesis que articulan mi pequeño apocalipsis, también de biblioteca. Ese también. Todos los libros siguen revueltos. Tanta mudanza y tanto tiempo y tanto espacio, y aquellos traidores impasibles me observan sin clasificar desde las estanterías, tal y como los dejamos aquel día de desorden y bromas finales. El pobre de Artaud comparte casa con Whitman y con un libro de Polaroids de Taschen, Freud anda codo con codo con el Diccionario de medicina y me mira con cara de reproche. No tengo fuerza ni veo por dónde empezar para volverla a poner en orden. Creo que es mejor que se quede en modo absurdo. 
Creo que tu carta ha vuelto a llegar antes que tú. Tu palabra siempre te precede. Tu cuerpo es el silencio. 



5 de junio de 1977.

Me das las palabras, las liberas, una por una concedidas, las mías, volviéndolas
hacia ti y dirigiéndotelas  —y nunca me habían gustado tanto, las más comunes se han
tornado inéditas, nunca me había gustado tanto tampoco perderlas, destruirlas con olvido
en el instante mismo en que las recibes, y ese instante casi sería anterior a todo, a mi envío,
a mí mismo, a destruirlas con olvido, antes de mí, para que sólo ocurran una vez. Una sola
vez ¿te das cuenta qué locura para una palabra? ¿O para el rasgo que sea?
          Eros en la era de la
reproductibilidad técnica.

Me dijiste por teléfono, como para echarme, y
para echarme en cara lo que yo mismo te había dicho en esa famosa galería
          que soy tu «superyó»,
aterrador (qué idiotez, permíteme señalarlo) y que por eso siempre me dirás «vete»
cuando yo digo «ven». Óyeme, tú, ¿pretendes acaso deshacerte del superyó y quedarte
conmigo? No, ya sé que es más serio que eso, y algo semejante me ocurre a mí. Todo
porque no quisiste quemar las primeras cartas. El «superyó» se instaló allí, eligió morada
en ese pequeño cofre de madera.

6 de septiembre de 2014.

Yo fui tu terrible espejo de repeticiones. Querías que el acontecimiento viviera en nuestro instante. Que todo fuese nuevo, inédito, primario y primigenio. Inaugural y funerario en el instante de su propia generación/muerte. Sí, me imagino la locura de crear un lenguaje en el que las palabras sólo existieran una vez. ¿Cuántas veces habrás dicho 'tú' a otra persona? ¿Cuántas y cuántas habrás querido decir con 'tú' otra cosa, otro yo que no fuera otro tú? Te pido que te marches y que vengas, o que dejes de andar y te quedes quieto. En aquel cofre de madera, el mío andaban todas tus cartas y todos los pedazos de tiempo compartido. Tú no guardabas nada, como pensando que en la memoria todo pervive o dejando en mí esa tarea de archivo y colección de desastres compartidos. Y en toda esta historia de reflejos y refracciones, tú has sido mi ley (mi lenguaje) y yo la tuya, pero siempre te rebelaste a ello, a ver(te) en mis ojos, en mis palabras, a desear un pasado absoluto, un pasado puro. Una rebeldía que era contra ti mismo y que a mí me ha pillado en fuego cruzado, en cruzada contra ti, contra el mundo, contra todo. Te guardaré una palabra, un Schibboleth, para poderte reconocer en el afuera de todo, para que puedas recordarme quién eres, quien fuimos. Ahora, sin embargo, tengo que recitar(me) un kadish, de goy, pero tan sagrado como un duelo.

N. M. G. 


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