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sábado, 10 de mayo de 2014

Sobre dar (el) tiempo


¿Cómo puede ser que yo haya estado pensando un cuarto de hora? ¿Cómo se puede pensar un cuarto de hora en un minuto y medio? 

El perseguidor, J. Cortázar

-¡Oh, el tiempo! [...] No puedes imaginar cómo abusan aquí del tiempo los hombres. Tres meses son para ellos un día. Ya lo verás, ya te darás cuenta. -Y añadió- : aquí le cambia a uno el concepto de las cosas. 

La montaña mágica, T. Mann




#Tiempo 1


Yo andaba pensando en esta frase (siempre el tiempo, el tiempo) mientras hacía las maletas para volver al Norte. Dos sujetos de lona y uno de plástico duro ajustado a las medidas de esas castradoras mini-cárceles de maletas (véase medidores). Ahí las tres, puestas sobre una cama de noventa sin hacer, abiertas, destripadas y vacías (tan gris el forro), esperando que las llene con tiempo y cosas y expectativas. Hacer maletas siempre es algo infinitamente triste a la vez que alegre. Uno se pasa un par de días pensando qué se llevará (una semana para los obsesos previsores), mirando con cara de idiota la predicción del tiempo y cosas varias. Últimamente he estado pensando en las tipologías de hacer maletas. Este año he vivido ese ritual como algo diferente. Me pone alegre a la vez que infinitamente triste tener que meter en dos maletas una vida de seis meses. ¿Cómo puede ser que meta seis meses en dos cuadrados? Aquellos días en los que andaba por el Sur, ultimando preparativos, fotocopiando todo lo fotocopiable de Derrida para llevármelo a Walden (aquí la biblioteca es muy maja, pero al ser sólo para la facultad de Traducción, es más bien una macrobiblioteca de diccionarios), despidiéndome y no despidiéndome, corriendo de un  lado para otro agotando las horas (y el Sol). Creo que hice la maleta el último día, en parte porque no me hacía a la idea de que me iba, en parte porque soy un desastre, en parte porque me pone triste. Pensar en que quizá el invierno le haya dado tregua al Norte, y meter toda una cohorte de vestidos alegres con la ilusión de poder quitarme el abrigo de lana. Meter un biquini (esperando poder bañarme en el lago). Meter libros (esperando tener tiempo para leerlos). Meter cosas, que no son cosas, sino expectativas de algo que puede que jamás suceda. (También metí las zapatillas de correr con la falsa ilusión de que me animaría e iría a correr). Las maletas son como tristes pozos de planes que fracasan (todos esos porsiacasos que vuelven intactos). Las maletas tienen la ambigüedad de restringirte el espacio y dártelo para que luego no lo uses.


#Tiempo 2 -intermedio-

Llegar. Dar tumbos por lugares inhóspitos -aeropuertos, macroestaciones de tren- arrastrando esos lastres cargados de futuro (y de días, y de tiempo, y de promesas) por la pendiente empedrada que lleva a mi casa del Norte. Toda la calle en silencio. Sólo se oye el sonido incómodo de las ruedas traqueteando. Una vieja me mira con cara de desaprobación, le sonríe una mueca que sale de mi cara. Llegar. Las dejo en mitad de la habitación. Subo a por un café. Me han dejado un trozo de tortilla con una nota de bienvenida. Me bebo una taza entera del café de filtro que hacen aquí (dato: recientemente he descubierto que si no te quedan filtros puedes usar pañuelos de papel y el café está más bueno). Vuelvo a bajar a mi habitación. Veo la estúpida cantidad de libros que me traje, tres enormes cajas de libros. A veces necesitaría parar, parar unos meses y sólo leer literatura, que se me quite la cara cuadrada de ensayo y Derrida. Me resisto a deshacer la maleta (a veces se ha quedado en una esquina durante semanas), me resisto a ver todo lo que he esperado del tiempo, me resisto a meterlo en el armario, los cajones y las cajas. Desde esos lugares los objetos me miran acusadores. Las zapatillas de correr, sólo usadas dos veces. La mochila de viaje, esperando un viaje por los balcanes que aún tendrá que esperar. Los tableros esperan partidas. Los sobres cartas que no envié. Y me veo rodeada de la expectativa del tiempo en un espacio tan asfixiante donde parece que caben años pero solo son unos metros cuadrados y yo, sentada en la alfombra, que no me pide más que le pase la aspiradora. 

#Tiempo 3 

Pasan unas semanas y siguen ahí las maletas. Tú has llegado con las tuyas, con otra maleta para mi llena de vestidos de verano y más libros que no tendré tiempo de leer. Los días se vuelven una cuenta atrás cruel. Un juego contra el espejo. Hablamos de darnos el tiempo. Hablamos y hablamos de aquel texto tan obsesivo, el Dar (el) tiempo de Derrida. 
Pues al dar todo el tiempo de uno mismo se da todo, se da el todo, si todo lo que se da está en el tiempo y si se da todo el tiempo de uno mismo.
 Entonces, el tiempo como forma, el tiempo como continente del deseo de dar lo que está dentro de él. Su deseo estaría allí donde ella querría, en condicional, dar aquello que no puede dar. (La designación tautológica de lo imposible, dice el francés). Entonces el tiempo como don, como el acontecimiento imposible del don, lo im-presentable, lo que no puede ser reconocido como don para que no entre en la lógica de la restitución, del agradecimiento, de la ley simbólica de la circulación (precisamente él la rompe, desborda el círculo y lo pone en marcha). El don, el acontecimiento interrumpe esta lógica, la difiere, la aplaza. El don debe ser olvidado en el momento que acontece (más olvidado que reprimido, la represión no destruye ni anula nada, (res)guarda desplazando. Su operación es sistémica o topológica: consiste siempre en guardar intercambiando lugares). Nunca sabremos del don, siempre impresentable, olvidado, pero aunque el don fuese otro nombre de lo imposible, no obstante, seguimos pensándolo nombrándolo, deseándolo. Y tú estás enfrente, sentado en la alfombra, con maletas cargadas de tiempos y exigencias, de expectativas y deseo de llenar esa habitación del tiempo con algo que no nos pertenece aunque nos lo apropiemos verbalmente. Lacan se había ido de copas con Derrida y de fondo sonaba aquella tétrica música que nos seguía condenando: amar es dar lo que uno no tiene a quien no es


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