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sábado, 24 de mayo de 2014

Canción de Eustache




Aquel día me harté (otra vez) de liar tabaco y cogí la primera chaqueta que pillé tirada por la habitación para salir corriendo, apurando los últimos minutos antes de que cerraran el quiosco. La tipa estaba a punto de bajar la persiana y me miró con cara de amargura profunda mientras conjuraba maldiciones tras su cara llena de marcas de rubeola y maquillaje del Lidl. Volví a reecontrarme con mi querido Lucky. Le quité despacio el plástico y pensé en Susan. Un día me dijo que a su perro le volvía loco jugar con el plástico del tabaco. Susan no quería hablar de su cumpleaños, ni de que el tiempo pasaba y que se acababa la universidad.

Volví despacio a casa, intentando hacer largo un camino absurdamente corto. Intentando no ver paredes. Subí a la cocina y me tumbé en el balcón. Me quedé observando los girasoles que ya están enormes, el riachuelo pasando por debajo de casa, los coches tuneados que trataban de hacer carreras en calles de diez metros. Y la música a toda hostia. Y la gente que volvía de Uli, con las manos cargadas de bolsas de verduras para hacer cosas sanas de gente sana. Pensé en mi armario de la cocina: pasta, fideos, café, mostaza y sopa de sobre. Desistí con la idea de cenar y me dediqué con afán a mis Lucky.

Los vecinos hacían barbacoa, enfrente se oía una fiesta de alguien que sí tenía algo que celebrar. Pensé en una estúpida manera de gastar las propinas del mes, religiosamente guardadas en un tarro de mermelada vacío después de cada jornada. La semana que viene iría hacia Friburgo con la mochila a cuestas sin saber muy bien hacia dónde voy. Siempre busco sitios que no me esperan cuando tengo que marcharme de repente, cuando tengo que salir corriendo. Como aquel primer verano de Berlín, huyendo de algo abstracto y de una ciudad que se me hacía insoportable y en la que no podía dejar de fumar. Tampoco dejé de fumar en Berlín. El cigarro siempre me acompaña en la espera, en las estaciones de tren a las doce de la noche, cuando salgo con mi camisa blanca de trabajar llena de manchas y el cartelito con mi apellido aún puesto. El cigarro me había acompañado en aquellos enfermizos fines de semana pegada a la pantalla engullendo cine y escribiendo líneas torcidas en una Moleskine repleta de delirio. Y también ahora.

Sentada en el balcón pensé en unos versos en alemán. Recordé que Tabea me había dicho hace unos días que de pequeña se burlaban de ella porque no sabía leer el reloj. Mientras me decía eso señaló un grupo de golondrinas que volaban bajo y me explicó que siempre vuelan bajo cuando va a llover. Tabea sabía del mundo, de un mundo que no era el de los demás. Tabea sabía del dolor frente al piano, sabía que sólo podía tocar lo que la destrozaba. Le dijeron que tenía la voz enferma y que quizá no podría entrar al conservatorio. Pero Tabea siguió cantando y aporreando el piano, repentizando melodías rotas mientras yo la escuchaba sin que se diera cuenta al otro lado de la puerta. Últimamente andaba loca con Rayuela, una buena traducción alemana (según me informa) que encontré en una librería perdida de Estambul, cerca de Cuçur Kuma (o algo así) donde me topé con las Tesis de la historia de Benjamin traducidas al catalán. Igual las encontraste tú. Parece que ha pasado tanto tiempo. Y mientras veía las golondrinas caer -déjate caer golondrina, déjate caer- (odio profundamente la palabra la palabra golondrina, tan cargada de poesía rancia y versos polvorientos, naturalistas y de insufribles metáforas con flores). Me dijo que en alemán se decía Schwalbe, le pregunté por el maldito género y traté de retenerlo en mi cabeza. Pensé en unos versos en alemán. Die Schwalben wissen vom Regen. Die Schwalben fliegen tief. Die Schwalben wissen vom Regen. Die Schwalben fliegen tief. Die Raben warten aufs Gewitter und beobachten die Welt ohne Augen. Llegaron así a mi cabeza sin saber muy bien por qué.

Estuve un tiempo indefinido allí, acompañada de mis queridos Luckys, observando cómo se oscurecía todo. Las golondrinas volaban bajo, ellas sabían de la lluvia, sabían de la tormenta y se agrupaban en la torre del reloj mientras aquel cuervo miraba silencioso desde la cornisa. El cuervo sabe mirar sin ojos en la oscuridad. Ellas vuelan bajo como si en algún momento quisieran chocarse contra el suelo y ya no saber más de la lluvia y de las tormentas. Hoy creo que hay que salir. Hoy creo que me van a arrastrar a algún sitio donde haya que sonreir a menudo y donde no pueda enchufarme a Nacho Vegas en vena. Probaré a morir un poco y volveré. Y me acercaré hasta aquí sólo para ver, las arrugas arañadas en la piel.Y poder comprobar todo lo que cambió y todo lo que sigue igual y que así seguirá. Pero el techno me deprime profundamente, es como una canción tartamuda y repetitiva que simplemente hace que me mueva espasmódicamente mientras veo al resto moviéndose espasmódicamente y de repente todo es ridículo en este teatro de máscaras crueles que sonríen porque tienen que sonreír y bailan para no pegarse un tiro o no pegarselo a alguien. Volveré a las noches sin dormir. (Y las noches sin pensar).Y las noches sin soñar. (Y las noches sin sentir). Quizá vuelva incluso a ver la Mamá y la Puta o a leerme la Extracción de la piedra de la locura del tirón, como la última vez. 


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