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martes, 4 de marzo de 2014

Rituales

Porque el sentido se descomponía. (Y porque este texto no es coherente).

Recuerdo aquellos días cuando leí El perseguidor. Prometí leerlo contigo, pero estabas lejos, lejos. Recuerdo leerlo en voz alta, sentir la música detrás de las palabras. El cabrón lo había conseguido, una partitura hecha texto, un pulso herido que rondaba las cosas del otro lado y corría sobre las páginas a ritmo insomne e imperecedero. Las comas eran la propia pausa del narrador para coger aire, los párrafos remolinos de pensamientos que se agolpaban en el filo del saxo para poder salir a presión y dañando seriamente la puntuación establecida. Pero, el amor no tiene puntuación, ni el jazz tampoco, aquella locura era un gran acto de amor a todos los que aman el jazz. (Y no sé por qué ahora pienso en esto, intento recordar dónde dejé el maldito libro y creo que me lo olvidé a miles de kilómetros, en una estantería bárbara y abarrotada).  

Y mientras todo eso ocurría ya sólo en mi mente yo estaba de vuelta por la casa de este lado, la del Sur, la de los vientos húmedos y las calles abarrotadas. Echaba de menos las calles sin semáforos del Norte, pero estaba en casa (como si eso significara algo). Las acciones más cotidianas como cruzar la ciudad o coger un metro y odiar el metro se me hacían extrañas y ajenas, después de tantos meses de calma. (Volvía a tener tiempo para leer en los trayectos). 

Las calles empezaban a llenarse de Fallas y yo quería esconderme en un agujero. Los niños crueles con los petardos empezaban a invadir las calles y yo iba del metro a la universidad y de la universidad a la biblioteca y de la bilbioteca a los bares de siempre a beber lo de siempre y a ver a la gente pasar (Ruzafa estaba bonita, bonita de la leche). Volvieron a montar la Feria del libro antiguo y me invadió una sensación de cálida de sentirme en casa (ahí sí en casa). Los rituales vuelven y creo que ése es uno de los momentos más bonitos del año.

La Gran Vía se pone bonita, bonita de verdad. Se llena de alucinados que rebuscan entre la sección de esoterismo (porque todas las casetas tienen una sección de esoterismo) y de otros que rastrean algo de filosofía (locos también). Aún recuerdo a aquella tipa con el DSMV en la mano, mientras yo cargaba con todo lo que veía de Lorca. Hace tiempo de eso. El polvo en las manos limpias, ese olor mezclado con la tierra del suelo y el humo de los coches de Gran Vía. Encontré algo de Paul Auster (esas cosas que debes leer y en el fondo no sabes por qué narices) y para Kierkegaard ya no me llegó. Nos llevamos a medias unos monstruosos tomos de Eurípides para el día de la conjunción de bibliotecas (ése día) (espero que la traducción sea buena, pero ni puta idea de griego antiguo más allá del logos y pese a Griego I) (es Gredos, habrá que fiarse).

Era bonito trapear de nuevo entre libros en español. Llevaba cinco meses coleccionando libros escritos en bárbaro gracias a la biblioteca de allá del Norte, que una vez cada dos meses decide que hay libros que nadie lee y los pone a euro el quilo (palabra). Así que me he coleccionado medio Hesse, medio Zweig, medio Böll, Goethe, Max Frisch, absurdos diccionarios que algún día traduciendo usaré y otros libros anónimos (por el título o la portada). Aquel también era un ritual bello. Sábados por la mañana (pronto, para que no me quitaran lo bueno), con la bicicleta-cesta-incluida y luego, sentada en el suelo de la biblioteca (amoquetado) paseando los ojos entre montañas de libros dejados caer. Señoras que cargaban con novela rosa y libros de viajes de lugares que nunca visitarán. Los estudiantes todavía están resacosos a esas horas, nadie por las calles (los sábados por la mañana es el momento perfecto para cometer un crimen, todos están durmiendo profundamente los excesos del día anterior).


Pero eso son historias del Norte, que poco importan. Y ahora aquí, ahora que estoy tan cerca... (quizá demasiado cerca) y los días son de sol pero de verde pero de despedidas y de buses y de pronto y de poco y de entender y de no entender nada y no saber qué hacer con la tristeza, tan anclada en las manos y venida por sorpresa, como un invitado a las once cuando la cena ya está fría y te toca sacar los restos del congelador y hacerle esperar bebiendo agua, del grifo. Ese miedo a la tristeza que un día vivía por aquí de alquilada y con desahucios forzados acabó marchándose aunque fuese al rellano, pero de vez en cuando vuelve a llamar al timbre, por visita de cortesía y tal, o te va a visitar a ti y todo empieza a detenerse, y todo entra en ese espiral de incomprensiones, prosas rotas, dolor de huesos, ojos colgados en la pared y mañana será otro día, y no pasa nada, y es una tontería, y silencio. Ese ritual siempre es así. 

2 comentarios:

  1. La felicidad en Valencia quizás se encuentre en las inmediaciones de la feria del libro antiguo. Y aún así uno no puede dejar de pensar en la quietud del norte.

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  2. Hace falta silencio en esta ciudad. Mucho.

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