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domingo, 24 de noviembre de 2013

Canciones imperdonables (II): New York, New York a la voz de Carey Mulligan



De repente, como de casualidad, volví a toparme con el New York New York de la Mulligan. Había estado andando por cornisas de aire cuando esa voz volvió a inundarlo todo, esos ojos que se mueven como hojas de afeitar de un lado a otro de la pantalla, meciendo el mundo y arrancándole a la pantalla todo resquicio de serenidad y entereza. Mulligan traspasaba la pantalla, no sé si su voz o sus ojos, no sé si su boca casi mueca que se acomodaba a la letra de una canción en la que no creía.

Por unos momentos, sólo pude concentrarme en aquel pedazo de oscuridad que volvía a salpicarme la cara. Subí el volumen por instinto, conecté los altavoces para poder escuchar bien el fragmento a capella. Pensé que la habitación se llenaba de humo, que alguien lloraba en un rincón entre colillas y las jeringuillas que se amontonaban en los recuerdos de aquella mujer, que se vestía con enormes abrigos de pieles que la hacían parecer un pájaro disfrazado, un poco de piel refugiada en la piel de otros. En sus ojos, que cantaban otra canción, había esa lucidez absurda de la nada, ese sentir profundo de que todo se derrumba a nuestro alrededor y que una estúpida canción de Music Hall pretende acallar, cantar sobre la orquesta de la catástrofe, la orquesta de una ciudad inmisericorde que arrasa con la piel y con la carne, con las manos y los dientes que se caen, los pelos canos, los tacones desgastados y todo el humo del mundo en el rostro.



Empecé a pensar en aquella novela que había comenzado a escribir allá por los primeros meses del 2012. Pensé en cómo directamente todo lo que estaba en mi cabeza y necesitaba estar en papel se fue a Nueva York, a esas calles que ensucian la estampa impecable de la ciudad que nunca duerme, las pequeñas historias de trastienda y contrabando sentimental, las conversaciones que se cuelan por las grietas de un asfalto mil veces aplastado con el peso de la ciudad. Volvió esa imagen de mí misma allí plantada, con unos diez u once años, creyendo que estaba en otro mundo, que esos rascacielos me iban a devorar y que la marabunta iba a arrastrarme en cualquier momento.

Y Carey Mulligan volvía a hacer ese sonido indescriptible al cantar la palabra York, como si se le partiera la garganta cada vez que tenía que pronunciar el nombre de aquel lugar, el nombre de aquella pesadilla llena de delirio y conciertos para trajeados a cien metros de altura. A la Mulligan se le partía la boca y el rostro al cantar, y no era más que un pájaro asustado tras el micrófono, un hilo de voz amarga y aguda, un grito de socorro tras el telón. A mí se me partió el corazón. Y a él Brandon también. Luego se tenía que chutar las variaciones Goldberg. Yo luego miraba el techo. De verdad que se nos partió el corazón a todos.



PS. Y por si quieren saberlo, a la Mulligan, me la volví a encontrar, un siete de junio, en los Cines Babel, prometiendo amor eterno a un tal Gatsby y diciendo aquello de, qué camisas tan bonitas. Aquel día nos volvió a partir el corazón, amor, a ti quizá por primera vez -debí haberte avisado-, aunque por aquel entonces tú todavía no sabías nada, ni tan siquiera que volveríamos a llorar en el cine o que llegarías a amarme.



martes, 19 de noviembre de 2013

Tableros (II)


#0: Ida

Llegó a aquella ciudad  en uno de esos días de calor impensable tan al norte del continente. Yo no había vuelto a jugar desde aquellas tardes del primer verano en los aleros de Ruzafa, apurando los bares hasta horas de cierre y las copas hasta ver madera en el fondo del vaso. Yo odiaba echar el rey por el tablero, signo de derrota, y peleaba aun teniendo desventaja material. Quizá la partida era lo de menos y lo que importaba era quedarnos allí unos minutos más. Llegó sin esperarme en el aeropuerto y al poco ya estábamos corriendo bajo los laberintos de metal de Berlín que nos llevaban hasta Prenzlauer Berg.


#1: Permanencia


Era de mi padre. Aprendí con esto. Tienes que leértelo. Está en notación antigua, pero te enseñaré.
Tenemos tiempo. 
Sí, tenemos tiempo.
Está todo comentado. Le corriges a tu padre.
No analizaba bien las partidas, fueron años extraños.
Mira, India de Rey. India... 

#2: Permanencia

Aparecí sin que lo esperara. Estaba sentado en una butaca más vieja que sus manos en Shakespeare and Co. Había ido allí a olvidarse un momento de la ciudad, de una lengua que no conocía y de gente que se apresuraba. Leía, bebía té. Le arrojé un tablero a la cara. Herí las casillas blancas. Me habló de Capablanca y de Fischer, de los niños que miran asustados a sus padres a cada movimiento esperando recibir una aceptación de la jugada. De todos los que se vuelven locos cuando entran en ese agujero. De lo psicótico que hay en ver la vida como un tablero, o sólo ver un tablero durante la vida, o eso lo dije yo o nadie o no lo recuerdo. Aquel día me equivoqué poco jugando, me miraba en diagonal, con esa mirada que frisa la incredulidad y el amor, esa mirada que es como una cornisa donde hay viento todo el año. Nos cerraron el lugar y acabamos en un banco del parque, niños y borrachos conviviendo. Tú apuntabas haciendo equilibros en aquella Molskine que habíamos comprado un par de días antes para apuntar las partidas. Por un momento, al verte escribir, imaginé una estantería llena de Moleskines con partidas archivadas y comentadas, como álbumes de fotos o cadáveres que uno guarda en el armario; pero cadáveres de tiempo, de jugar sin relojes, de tableros congelados en el tiempo y traídos a la memoria una tarde de sábado o un domingo por la mañana... ¿te acuerdas de cuando 1. d4 Cf6 2. Cf3 g6 3. c4, Ag7...? Esa la aprendí más tarde.


#3: Permanencia

Muggelsee

¿Vais jugar aquí, en el lago?
Y, ¿por qué no?
Aquel tablero plegable de madera que teníamos desde junio nos acompañaba a todas partes. Y allí, jugar allí bajo un sol inusual para Berlín, jugar cerca del agua. Y que todos acabaran jugando también, o al menos moviendo las piezas. Mi rey no tiene miedo, y aquel loco tan adorable que estaba empeñado en no repetir tipo de cerveza en Alemania para probarlas (casi) todas sacaba el rey al centro del tablero, mientras le mirábamos con cariño y amistad. Era un buen amigo, ¿sabes?


#4: Retorno

Y apuramos agosto y apuramos septiembre, como colillas de relojes, agarrando las manecillas para que no avanzaran, apurando los últimos cines y las últimas carcajadas y llantos en última fila, los dolores de espalda de fumar películas tumbados en la hierba, observados por los gatos del río y los borrachos exiliados de sí mismos. Apuramos los tableros como chustas psicóticas que se colaban por cada agujero de aquellos días. Perdí un par de piezas dentro de la lógica de mi torpeza y el tablero plegable se guardó como símbolo del fin de una época, acababa el verano y yo empecé a hacer las maletas.

#5: Norte

En aquellas tardes en las que el frío ya se empezaba a notar por estos lares, yo seguía obsesionada pensando en aquel tablero de la Bauhaus de Berlín. Quise haber podido comprártelo. Quise. Llegaron cartas, empezó a oscurecer pronto. Compré madera y herramientas, compré pintura. Te hice un tablero y unas piezas que todavía recordaban a las de la Bauhaus. Olía a pintura por todas partes, el serrín se metía en mis sábanas. Iba con la bici de aquí para allá, con listones y sierras. Los vecinos me maldecían en secreto.Te hice un tablero lo suficientemente grande para que no te lo pudieras llevar y tuviera que quedarse aquí, como un señuelo para tu vuelta intermitente y goteante cada veintitantos días. Cuando lo tuviste entre tus manos, eso fue otra gran historia.Yo sigo leyendo a Fischer, ahora Anand y Carlsen juegan el campeonato del mundo y las partidas parecen cuadros ahora que empiezo a entender, sus movimientos- estoques no tan inescrutables y todo vuelve a ser un juego; encuentro folios con partidas anotadas que hay que pasar a la Moleskine y los guardo juntos para enviártelos. Yo sigo leyendo a Fischer aunque sea más duro que Nietzsche y tú, tú aprendes alemán y te armas de paciencia con mi incapacidad para memorizar las coordenadas del tablero. Pero: 

Wir haben doch Zeit || Tenemos tiempo, por supuesto.