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lunes, 7 de octubre de 2013

Tableros (I)

|#1

Hace ya años, bastantes, debo reconocer, vi a mi padre jugar a ajedrez contra él mismo. Movía unas y luego las otras, haciéndole trampas a su propia mente. Me senté a mirarle durante un largo rato, quizá era otoño, le iría bien a esta historia melancólica de lunes, pero francamente, no lo recuerdo.

Pasaron años desde aquellos días en los que yo no tenía más que siete o ocho años. A veces jugábamos con el viejo tablero de madera y cuando tuve la suficiente edad como para no romper cosas (iluso, sigo siendo igual de torpe que entonces) sacó aquel extraño objeto aurático que me fascinó durante años y todavía ejerce sobre mí una hipnosis particular, el ajedrez de mármol de Venecia. (Lo había guardado más de diez años desde que yo nací para que no se rompiera y de repente, un día, allí estaba, tan majestuoso y monstruoso a la vez).

Dejamos de jugar con los años, yo nunca tuve mucha concentración y solía enfadarse conmigo. Me dejaba ganar muchas  veces, o rectificar los movimientos hasta el infinito. Las piezas no se movieron del tablero en años. Yo volví a verle jugar solo, o resolviendo los ejercicios que salían cada domingo en el periódico. Siempre pensé que era tarea imposible para mi mente ilógica y caótica ser capaz de calcular futuras jugadas... abandoné por cansancio o por pereza y creo que me dediqué a otras cosas, a empezar proyectos sin acabarlos, sobre todo a empezar cosas.

#2

-¿Juegas al ajedrez?
-Solía jugar con mi padre hace años, recuerdo un par de cosas, mover las piezas... poco más.

Aquel día le saqué el polvo al casi olvidado tablero de mármol. Estaba en un hueco del mueble del comedor, con los discos viejos, un par de facturas y el cadáver del VHS. De una pasada arranqué los años de sueño y de suciedad, acaricié aquella piel fría con un mohín de desesperación, de nostalgia e incluso de miedo. No había vuelto a jugar desde entonces, y precisamente tú. Supongo que aquel día te di ya una parte de mí, inconscientemente, y que tú en realidad ya lo sabías. Me mirabas asombrado desde la otra esquina de la mesa, es decir, desde la otra esquina del mundo. Movías las piezas con un gesto rápido, un baile de máscaras y de dedos, como quien ha trazado esos caminos millones de veces, yo andaba torpe y de vez en cuando hacía caer alguna pieza. Me contabas que llevabas en esto desde los cuatro años, que te había atrapado, que era parte de ti. Y movías arrinconando mis piezas, no recuerdo exactamente cómo (cuántas veces habremos tratado de reproducir aquella partida, pero sólo recuerdas los primeros veinte movimientos, yo sé que abrí con peón de dama, nada más). 


#3



-¿Tienen tableros pequeños?

-¿Tableros cómo?
-No sé, pequeños, para llevar en la mochila, plegables.
-¿Madera o plástico?
-Madera, claro.
-Tercer pasillo, después de el material escolar y las carpetas.
-Gracias, supongo.


-¡Mira lo que he comprado!
-¿Cuánto te debo?
-Costó 5 €, pero no te preocupes, así me lo quedo yo que tú tendrás muchos tableros.
-En media hora paramos de estudiar y empezamos.


Las mueves, ¿sabes?, condenada, las mueves...

#4


Ruzafa/18:30h/Cosecha roja



El tablero se volvió entonces un entramado de calles y posibilidades por donde iba a deambular nuestra vida. Miraba el tablero tan fijamente que podía quemarme los ojos en forma de cuadros blancos y negros, aquella peculiar y exquisita café-librería (sólo novela policíaca, de hecho) nos miraba con ojos ansiosos, el camarero también. No recuerdo cuántas horas estuvimos jugando. En aquel tablero plegable me habría quedado a vivir un par de años, moviendo las piezas (igual de torpe que siempre) como si fueran decisiones vitales. Que de hecho lo eran, aunque sólo blanco y negro, aunque sólo ataques por el flanco de dama.


Se me hace tarde


Mirada perpendicular al cielo


Sale el bus


#5


Me regaló un libro de estrategia, me llevó al Gestalguinos, jugamos con reloj. Odio jugar con reloj, me pongo brutalmente nerviosa y soy incapaz de pensar bien. Tampoco sé jugar con el ordenador, las piezas en plano no me gustan, me gusta jugar con madera o en mármol, pero siempre en volumen. Empezó a darme clases.

-Hoy vamos a ver aperturas. La sicilana veremos, ¿vale? Es muy compleja porque crea una posición muy abierta y no podrás enrocarte seguramente, pero es emocionante por todas las variantes que tiene.
-Vaya, ¿y hoy podré aprenderla?
-Necesitarás unos cuatro años para dominarla completamente.
-Tenemos tiempo.
-Sí lo tenemos.

#6
Gestalguinos, Siciliana

1.e4 c5 2.Cf3 d6 3.d4 cxd4 4. Cxd4 Cf6 5. Cc3, a6 6.Ae3, g6 7.f3, Ag7 8.Dd2, Cbd7 9.Ac4, b5 10.Ab3, Ab7 11.0-0-0 (enroque largo) 11...h6 12.Rb1, Tc8 (aquí tu plan es presionar por la columna "c" y, sobre todo, ocupar la casilla de "c4" con un caballo negro para mantener la presión en las casillas críticas de b2,d2,e3 y a3; así, las maniobras siguientes a realizar, teniendo en cuenta las ideas de las blancas [profylaxis], son Cb6-Cfd7-Ce5-Dc7 e instalar un caballo en c4. Así, es posible también instalarlo allí sin realizar todas las jugadas de tal maniobra, es decir, podrías ponerlo sin hacer Cfd7-Ce5 o sin hacer Dc7)

Tenemos tiempo.

Continuará.

viernes, 4 de octubre de 2013

Cartas a/desde Germersheim (I)


Aquí suenan las campanas. De verdad, cada mañana, suenan. Me despierto enterrada en un silencio nuevo, roto de campanas, verde en las esquinas, lleno de aire frío. Las persianas, siempre inmóviles, fueron inútiles desde el primer sol, había que agarrarse a cada rayo y guardar la luz para más tarde.

Desde que llegué a esta ciudad -y digo ciudad siendo generosa- una sensación de calma y té caliente y sol frío y hojas cayendo y paseos lentos y aire blanco y corriente de agua gélida se ha metido entre mi ropa, bajo la cama y también entre los nudos del pelo. Curiosamente, mi reloj se atrasa cada mañana exactamente veinticinco minutos (de verdad) patafísicamente pensando, creo que simplemente aquí el tiempo funciona de otra manera. Todo es más lento, la cadencia de las hojas, el simple gesto de abrir la ventana o esperar a que salga el café. Todo ocurre como en un tarro de cristal transparente, una pecera de horas que flotan; y yo miro, me miro a mí misma a través de un cristal que existe en mi cabeza y contempla el mundo como un acuario, y me veo andar despacio, arrastrar los pies entre los cientos de hojas amarillentas y rojas y ocres y mostaza y marrones y hojas también muertas.

Inexplicablemente me gusta este sitio. Este entramado de calles silenciosas, vacías la mayor parte del tiempo. Inexplicablemente me gusta esta ausencia de ruido, nunca había podido leer en el absoluto hasta ahora, y mis manías con los ruidos siempre me han ayudado generosamente a no concentrarme demasiado. Inexplicablemente me gusta este frío húmedo (ya dejará de gustarme en un mes, pero dejadme disfrutar mientras) que carcome la piel y poder llevar bufandas de lana una tras otra. Pasear por el Rin observando su tormentosa corriente y los barcos comerciales que cruzan, las bicicletas y ponerle una cesta a la mía.

Suelo salir a la terracita a pasar frío, me siento con los ojos apoyados en el canal que bordea mi casa y paso frío un rato con una taza de té caliente ardiendo entre las manos. De momento escribo poco, poco, pero pienso mucho, tengo tiempo para pararme a mirar las cosas más segundos de lo habitual. Pienso en que desde hace unos meses empiezo a ver las sensaciones de otro modo, las palabras de otro modo, casi como objetos sensibles de los que puedes notar el peso y el ruido que hacen al caer o moverse. Es una sensación extraña, que aquí ha crecido como el musgo en las piedras. Aquí las palabras pesan más, caen haciendo sonoros aspavientos, puedo casi asirlas sin que se rompan. Las palabras y las sensaciones eran aquí como esas piedras en las que pensaba Celan al escribir poemas, un recuerdo sempiterno, una especie de epitafio del verbo no escuchado. Tú siempre envías poemas de Celan y cartas trasnochadas pasadas por sombra. Y canciones, eso también. 

Miro el buzón cada día, pero hay cartas que se pierden y llegan a otros destinos que no soy yo y enamoran o hacen llorar a otra persona que recibirá una carta que era para mí. Lacan y Derrida tenían algo dicho al respecto, sobre cartas y envíos, y las que se pierden y su destino, pero sinceramente, no lo he leído. Quizá algún día de estos lo haré. O quizá poco importe. Sólo quiero que llegue el cartero de una maldita vez, quiero verle aparecer desde la terraza, cuando paso frío, tirarle la taza de té ardiendo encima de esa ridícula gorra amarilla si no la trae. Pocas cosas amo tanto como recibir una carta. Es triste que la primera recibida haya sido del banco, pero la rompo un poco y empezamos a contar de nuevo. Todo sello contiene una promesa, esa no llevaba. Voy a sentarme a esperar.

Cada día a las siete suena el carrillón de la plaza Nardini, de verdad, cada día suena, y yo, yo salgo a fumar.