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jueves, 5 de septiembre de 2013

Coalesco (I)

Teufelsberg, 2013


Empezar.

Los días abarcan un ilimitado sentir. Los días escupen horas. Los días no me acompañan. Los días son herida de la que está al otro lado, de la que no sabe, de la que niega. Los días no son días desde hace tiempo.

Todo el calor de septiembre en el rostro y los fotogramas pasaban desde el perfecto blanco y negro y la estridencia de un color en la noche. El sudor, las gotas del dolor de la piel, la necesidad de la sombra por oscura. Mi cara agotada, ojos que ven gris, la fuerza en una palabra. Los gatos iban a dormir al cauce seco del río, maullaban acompañando horas de cine en la hierba, se apostaban en la piedra de los puentes, creando figuras imposibles de equilibrismo abstracto. Nos veían llorar ante la patata hervida de El caballo de Turín o delirar con aquel frame  de La jetée. Y yo, ajena del pensar, exiliada de la escritura y por la escritura. El dolor del papel en blanco por demasiado tiempo. Atisbo de belleza. Intuición del silencio puro. Atravesada por la imagen.

El viento ausente de aquel verano, el cielo de Berlín, los ángeles suicidas en las esquinas, metros de madrugada, aquella vieja Polaroid que compramos, amanecer a las cuatro de la mañana con ropa ajena  y el dolor del tiempo fugaz entre nuestros dedos agarrados a una ciudad que era la vida misma, nuestra misma vida. Cartas de ida y de vuelta, textos que no se escriben, que dejan de escribirse (cuesta tanto escribir ahora, duele escribir cuando las palabras son blancas, son falta, son vacío/son desbordamiento, insuficiencia, escasez).

Y ahora,

las luces se apagan en una procesión sin fe

caigo en unos brazos de hiedra

te miro desde la esquina del mundo

las pestañas cierran una futura ausencia.


Y ahora,

que todo fácil y sangre

que todo es oxímoron 

surges como un alucinado entre la multitud

susurras desde allá la palabra de la ausencia

y la distancia entre los ojos es la distancia de los sexos.


Y ahora,

me arrodillo sin saber ante qué

ante un tiempo mutilado de relojes de nada

llorando una terrible felicidad 

y es mi ser de sombra cegado 

y es un amarillo que no fui a llamar

pero estuve ansiando desde la esquina del mundo

desde donde te contemplo y puedo ser.