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martes, 2 de julio de 2013

Inscripción: Tiempo. Permanencia.

~Inscripción 1 (asociación libre)

[El día de hoy, este 2 de marzo 2 de julio, nunca volverá, pero habrá otros 2 de marzo 2 de julio como ha habido otros tantos. La fecha es irrepetible en tanto que marca una sucesión en continuo flujo, pero en tanto estación de un discurrir cíclico, encierra en sí la promesa de su retorno: "¿Cómo datar aquello que no se repite si la datación apela también a una cierta forma de retorno, si ella recuerda en la legibilidad de una repetición? ¿Pero cómo datar otra cosa que aquello mismo que se repite?
(Cruzando límites, A. Carreres, citando a Derrida, Schibboleth pour Paul Celan

She He comes from somewhere and she  he never stops
coming.
(Bukowski, She comes from somewhere)

Dar. El tiempo. Donner.Le temps

Cada vez iré sintiendo  recordando menos y recordando sintiendo más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso, adelantándose solapados a la cosa en sí, al presente puro, entristeciéndonos o aleccionándonos vicariamente hasta que el propio ser se vuelve vicario.  (Rayuela, c. 21) ]




~Inscripción 2 (asociación presa)

Dar el tiempo. Dar todo lo que hay dentro del tiempo, no el tiempo en sí. Puedo regalarte relojes, pero no sus horas ni su baile de manecillas. Puedo comprar unos días de vacaciones, incluso calendarios enteros, con todas sus absurdas páginas de números y fotos de niños rodeados de flores o gatos que alguien le parecerán adorables. Puedes/Puedo. Pero, no se compra el tiempo, se compra el espacio que crea ese tiempo, ese marco difuso resuelto con las fronteras de las horas y los días (otra absurdez necesaria).

Cuando te escribo que te doy mi tiempo, te estoy dando, en realidad, un espacio para la posibilidad del acontecimiento, una carta en blanco para que me escribas (por favor, escríbeme cuando esté lejos), aire para que tus brazos me encuentren y yo trate de escapar inútilmente, y me deje caer (y nunca deje de caer, déjate caer golondrina, déjate caer) por torpeza, necesidad o desvanecimiento. Cuando te doy mi tiempo, te doy todas las cosas que podría haber hecho en él: mirar la grieta de la pared, escribir en una terraza soleada del Carmen, leer en la hierba, esconderme en la filmoteca, escuchar en bucle canciones obsesivas, salir, beber, el rollo de siempre. Te doy los movimientos de mi cuerpo, la cadencia del pelo, los ojos achinados por un maldito sol de verano, y todo el malhumor del mundo. Y, la posibilidad infinita de un recuerdo.

Y el recuerdo. Y los fantasmas. Y el recuerdo es recuerdo cuando entraña más herida que cicatriz; la cicatriz cierra, la cicatriz olvida, disimula un abismo en la piel y en el tiempo, la herida simplemente es, simplemente never stops coming, acontece, acompaña irremediablemente, emana voces casi olvidadas, que susurran y vuelven oscura la mirada. Y esto no es cuestión de que hoy venga ante ti con la frente marchita  y quieras lavarme la cara, sino que hoy [hoy es hoy, pero es el retorno de las horas de mañana y de las de ayer y de las que no vendrán, es decir, hoy es siempre] llevo ceniza en la frente y en el pelo y en las manos y en los ojos y en la espalda y entre las uñas, pero no me entiendo/no me puedes entender sin ceniza, no me laves la cara, no soples para que se vaya toda a exiliarse por el viento. Hoy, los fantasmas pagaron su cuenta al salir; hoy, pagaron los impuestos de fronteras de exilio mental [y ahora me exilio del suelo, y caigo en diagonal por la atmósfera]. Los fantasmas están en la cola de la lavandería después de un viaje tan largo por mi habitación. Y ya no huele a cerrado, ya subimos las persianas. 


~Inscripción 3 (asociación de permanencia)

Cuando el tiempo inscribe [inscribe la fecha, lo que ocurre y lo que no [aunque quede inscrito como falta/ausencia], el peso de los segundos sobre los ojos que aguantan una mirada o un pulso contra la luz] araña en la piel [herida/cicatriz] la cadencia de los segundos. El tiempo, cuando es permanencia, puede sentirse, parece que no huye, se queda entre las sábanas, enredado en el pelo sucio lleno de sal, arena y alquitrán. El tiempo que permanece ya no es presente, ni pasado ni futuro, no es recuerdo, ni memoria, ni un adiós muy buenas minuto 106007845 de mi vida. Ese tiempo [raro de encontrar, peculiar entre la colección de minutos, especie en peligro de extinción en el calendario] es una infinita partida de ajedrez, tablas con el calendario y un lacerarse dulcemente, que es un continuo jaque mate de ojo a ojo/ de palabra a palabra / de reloj a reloj.

Y es: [#apertura: 1. Peón de dama- Peón C5 2. Caballo F3 y a partir de ahí...mil variantes de táctica y estrategia y tableros de piel y ojos, de conexión mental profunda, de hipnosis en blanco y negro, de poder pesar el tiempo a golpe de reloj, de acelerarlo avanzando piezas, de desencajarlo de la línea temporal con una duda sin resolver]

Y es: un mate en escalera. Otra partida que termina igual: un choque de manos que permanecen suspendidas sobre un tablero que era más que la vida, un barrer las piezas, buscar las que se han caído por un suelo infinito, un guardar -con desdén y tristeza- un tablero [que era el tiempo plegado en dos tablas de madera a cuadros] donde el tiempo no existía, permanecía. 

Y es: te echaré de menos.

Y es: un me voy lejos, pero vuelvo, un me marcho pero vienes pronto y podemos seguir jugando a ser en el tiempo y no sobre el tiempo o mecidos/arrastrados por el tiempo. Nunca supe si los Cronopios eran relojes, pero eran el espacio/medida de mi tiempo.