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viernes, 7 de junio de 2013

Canciones imperdonables (I) "Hurt"

Hace siete días recibí una carta. No tenía remitente, pero la letra hablaba por sí misma. Ya nadie envía cartas, joder, hasta para eso tenías que hacer las cosas a tu manera. Eras demasiado épico, pero para ti mismo. Querías que todo en la vida fuera una escena perfecta, con el mejor encuadre, la mejor interpretación y un diálogo sangrante, de los de morir a los pies de la pantalla. (Yo siempre te ponía High Hopes cuando venías a casa y tú hacías como que no la escuchabas, mientras apoyabas la espalda en el marco de la puerta y ensuciabas la madera con la suela). 

Recuerdo el día que te largaste, a vivir la vida que siempre habías soñado. Ibas a viajar me dijiste, a ver mundo. Ya no había nada aquí que pudiera hacerte feliz, ni tan siquiera yo. Una amiga no es suficiente. Ya no había nada que pudiera hacer de tu vida esa película con la que habías soñado, sólo un puto plano secuencia del metro al INEM  del INEM al metro. Y claro, la soledad de tu apartamento no era épica, más bien una acumulación de latas de comida, ceniceros de publicidad y pañuelos llenos de semen. Odiabas que fuera a verte sin avisar, odiabas que viera así tu casa, que no te quedase café o que lo máximo que tuvieras para cenar fuera el teléfono del chino. Odiabas ver como otros veían la trastienda de tu película, el backstage destrozado y con manchas en la moqueta. Un set de rodaje abandonado, en el que la productora no quiere meter pasta, y entonces, se acaba la historia, se acaba todo. Había días en los que me echabas la culpa, y me ponías Don't Let Me Down. Yo hacía como que no escuchaba, mientras vaciaba ceniceros y abría las ventanas. Cierra la puta ventana, me decías. Ibas corriendo y echabas las cortinas. Se oye a los niños jugar, y no quiero oírles, odio sus risas, ¿sabes?, están ahí fuera y no saben lo que hay allí, no saben que en unos años su vida será un fracaso, probetas de reformas educativas y universidades públicas sin fondos. Me dabas miedo algunas veces, tan impenetrable, tan mecánico. No sé qué quedaba de aquel tipo que quería rodar la cinta más maravillosa de la historia del cine. Y me volvías a echar la culpa. Y apagaba a los Beatles, que ya me daban dolor de cabeza. Recordé aquella escena de Domicilio Conyugal, y te imaginé hablando como si fueras la pobre Christine, cuando el cabrón de Truffaut  nos arrojó esto ante los ojos: 


Aquello era imperdonable, tú eras imperdonable, pero no podía evitar seguir visitándote a deshoras, dejarme caer en tu sofá, esperando a que sacases (con suerte) un café. Me gustaba el desorden de tus libros, coger uno de debajo de la cama y recordar cuándo todavía podíamos mirarnos a la cara, insultarnos y dejarnos de hablar por haber amado/odiado un libro. Yo seguía sin perdonarte que jamás te hubieras leído Bodas de Sangre y que no me siguieras los diálogos del 3r. acto (en el fondo, sé que no lo leíste para no entenderme). Entonces, rescataba de los bajos fondos del somier, entre pelusas y monedas de céntimo, aquella vieja edición de Kavafis (tú y tu Ítaca, tú y tú), y te recordaba citándolo, colgado de una farola en noches de borrachera: 

Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca
ruega que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.


Y luego me cogías de la cintura, y me levantabas al vuelo. Me hacías correr por las calles de madrugada, pensando que todo iba a ser así siempre, una carrera sin fin, con el nudo en la garganta, el aire frío de la noche azotándonos como cuchillos en la nieve, los cordones desatados, las baldosas con las que tropezar, las risas, las risas de cansancio, el flato, la carrera, dos tarados con la vida por delante, haciéndose muecas y apostándose hasta las uñas por un instante de libertad absoluta. Unos minutos en Ítaca. 

No encontrarás trabas en el camino
si se mantiene elevado tu pensamiento y es exquisita
la emoción que toca el espíritu y el cuerpo.

Pero allí estabas, rebuscando en tu cocina a ver si quedaba azúcar, pidiéndome que bajara a comprarte un paquete de tabaco y somníferos. Aquella tarde yo la presentí como cualquier otra: miradas en el vacío, preguntas vagas, respuestas tristes. Reproches por perder el tiempo yendo a visitarte. Me dijiste que necesitabas escapar, necesitabas salir de esas cuatro paredes, de un país que que te daba la espalda, con tus títulos bajo el brazo, y vivir, simplemente vivir. Que te largabas a viajar, y todas esas cosas que se hacen para escapar de uno mismo y de la mirada de los demás. Siempre habías dicho que te largarías, que estabas harto de verme sentada en el sofá y no en la cama, que ibas a hacer tu vida de una vez por todas. Nunca te creí, hasta ese día, claro. Me dijiste que me enviarías cartas (¿cartas?, peliculero de mierda), que volverías algún día y tal. No te acompañé al aeropuerto, estaba de exámenes, (y era cierto, y eso te dije). 

Ruega que sea largo el camino.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que - ¡con qué placer! ¡con qué alegría! -
entres en puertos nunca antes vistos.


Supe de ti cada dos semanas, una carta llegaba religiosamente a mi buzón. Nunca te respondía, te llamaba y punto. Te conté que me iba a Alemania a estudiar, que vinieras a verme. Me contabas banalidades, sin precisar, parecías feliz, lo parecías. Hace siete días recibí tu carta, unas pocas líneas: 

Estimada:

No me fui a ninguna parte. Sigo aquí, entre libros por el suelo, con las ventanas cerradas. Hace dos meses me puse Hurt como despertador en el móvil. La escucho todos los días, no era capaz de entenderla, me obsesionaba. Hace dos meses empecé a pasar por la existencia de puntillas, a vivir rozando el mundo. Creo que hace más tiempo del que quise creer que estaba así, apenas tocando la vida. Nada era real. Nada lo era. Por fin entendía Hurt, por fin entendí al hijo de puta de Cash. Quiero volver a vivir. Aunque sólo sea un instante, y ¿sabes?, entre el dolor y la nada, elegí el dolor. (¿Quién dijo eso?, me encantaría agradecérselo, es lo único con sentido en estas líneas). Y todas las mañanas me levanto con Hurt, y cada vez entiendo más que esa guitarra y esa voz están rasgando lo Real, están dejando que el caos se cuele por los acordes y destruya maravillosamente la canción ( a la vez que la hace indestructible, no me la saco de la cabeza, ¿sabes?). Y al final, no sé, al final el dolor no es suficiente. No lo es. La puerta de casa está abierta. Odio cerrar las cartas. Cuídate.




PD. Pon Hurt cuando entres, no es Atmosphere, pero tampoco soy Ian Curtis. Ah, y leí hace años el tercer acto de Bodas de Sangre. Te odié mucho. Mi edición está bajo la cama, te la puedes quedar. 

Ítaca te ha dado el bello viaje.
Sin ella no habrías aprendido el camino.
No tiene otra cosa que darte ya.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado
sabio como te has vuelto con tantas experiencias,
habrás comprendido lo que significan las Ítacas.

( O no)
Fdo.  Tu amigo, que te quiere como nadie. 

lunes, 3 de junio de 2013

Un verano con Mónica. El que termina/el que empieza

La noche que entré en "Un verano con Mónica" (Bergman, 1953) recordé que había sitios donde no debía entrar.

Llegaba el verano,  pero aún quedaban días de encierro y café, y más café. De termos de café con sal (le puse sal a un termo de café esta semana, no sé quién era yo aquella mañana, no lo pregunté). Quedaban montones de folios y hojas rayadas, como muros de papel que no dejan ver las ventanas, ni que entre luz. Ni un poco de luz. El flexo como sol y  la brisa al pasar hojas como metáfora mediocre del viento de primavera.  Colocarse con olor de los subrayadores y el de las bibliotecas. Crear estúpidas listas de reproducción para estudiar que son horribles e inútiles. Pon a Rodríguez a toda hostia y déjate de gilipolleces, el empirismo se entendía mucho mejor con Cold Facts. Y entre todo esto, andaba yo buscando lo sagrado en Pasolini y me quedaba pegada a la puta pantalla porque no se puede filmar tan bien, no se puede. Y los rostros en blanco y negro, y el Erbarme dich, y los textos ajenos a los que les daba vueltas e intentar escribir algo decente, y ponerse Il Vangelo en bucle. Las horas no son horas, sólo es tiempo, tiempo informe, da igual martes, sábado, da igual las siete de la mañana o las tres de la madrugada, el tiempo no existe, sólo es un horizonte incierto de continuidad infinita, de cafés y cigarros en la puerta de las bibliotecas, de bostezos y dolor de ojos.

Entre medias, me escapaba al cine o algún reducto de tranquilidad con césped y sol. Volvía a Pizarnik y volvía a Bergman. Volvía a la angustia y a la tranquilidad del blanco y negro, a lo perturbador que tienen las cosas lentas, que trabajan la imagen y la palabra con una lógica del tiempo que no es de este mundo. Y que es justo la ló(gi)ca temporal que se necesita cuando el tiempo ya no existe. Hay veces que hay que volver a crear relojes entre tanto frenesí, parar a escuchar los textos, dejar que hablen, medir las palabras sin metro, sólo a peso interno (las que caen duras, las que arañan las venas, las que pasan sin rozar). Recordar palabras pretéritas (y los relojes saltan por los aires, y vuelvo a vivir en una jaula atemporal de deshoras y meses muertos, y cronologías del azar) y recordar todos los tipos que no entendían por qué se me iba la olla con Von Trier o con Haneke o por qué era importante ir a la filmoteca los domingos o enchufarse tres cintas seguidas, sin dejar que el humo de la habitación se escape. Gente feliz, y esas cosas. Gente que bosteza con los planos secuencia y que no llorará con el funeral del niño albanés de La eternidad y un día



Hace poco discutía a propósito del pesimismo con un tipo optimista, y al final sólo pude decirle que el pesimismo, en el fondo, me hace vivir mucho más feliz que si fuese una persona optimista, el pesimismo me hace no tomarme la vida tan en serio. Entenderla en clave de gran broma final. Y así se avecinaba otro verano, tan maravilloso y terrible a la vez, con mayo largándose sin decir ni adiós y junio llegando sin pedir permiso. Llegaba el verano y el verano con Mónica se terminaba, y cómo se terminaba. Hay veranos que no hay que vivir, y en ese puede que no debería haber entrado, pero la cinta andaba por ahí, exiliada desde hace tiempo, y las apátridas de la estantería siempre me cayeron bien (a pesar de por qué las mandé al exilio) .Recordé ese rostro y el olor de verano, las carreras en plena calle, las cartas sin destino y charlas sin tiempo. Pero había que hacer algo en la vida, había que volver a casa y cerrar el verano, vivir bajo un techo seguro, comer a las horas justas, tener cerrojo en las puertas. Y eso, eso no cabía en un verano, en esa gran metáfora que construye Bergman de la juventud.


Y el tipo hace volver a Mónica a casa, el mismo que bostezaba en el cine, el que sabe que hay que sacar adelante una familia a la que va a venir un niño, el que dice todo va a ir bien (¿cómo iba a ir bien?). Y Bergman se venga, por que Bergman estaba tan enamorado de ella que la filmó como a pocas mujeres, porque retrasó el rodaje con excusas horribles, sólo para quedarse con Harriet Andersson unas semanas más. Y ella, ella no quería volver, (como tampoco Bergman); no se podía volver a casa después del verano, después de vivir con todas sus consecuencias. Volver era crecer, era olvidarse de todo y hacer cosas de persona responsable y normal. Y Mónica no era nada de eso.


Y es que esa mirada de niña/mujer/postadolescente, esa mirada directa a la cámara, que Bergman mantiene durante casi medio minuto, creando una sensación de desasosiego y empatía brutales son imperdonables; porque esa es la misma mirada que seis años después, el pequeño Doinel de los 400 golpes lanzará desde un mar que se abre ante él como el final de su escapada. Y aquí, no podemos escapar a la mirada de Mónica (Bergman no podía escapar a la mirada de Mónica/Harriet) y es quizá, esta mirada a cámara, una manera de autojustificarse, una manera de decir, no estoy loco. Y esos segundos son quizá, unos de los más bellos y tristes de la historia del cine. 


Y se cerraba este verano, y llegaba el mío, llegaba otro incierto camino por tierras del Norte. Pero los veranos no pueden durar para siempre, y luego, luego sólo queda mirar las ruinas en el suelo,(y con suerte, coleccionar fotografías), los calendarios tachados, los días de juventud que se le escaparon a Mónica. Y volver a poner en marcha los relojes. Luego siempre hay que volver a casa. Y ya saben todo lo que implica eso.  Este, en realidad, era un post de domingo, pero se me hizo tarde.