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martes, 23 de abril de 2013

Corazón tan blanco: notas acerca de lo no dicho


A veces tengo la sensación de que nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente, y hasta la más monótona y rutinaria de las existencias se va anulando y negando a sí misma en su aparente repetición hasta que nada es nada ni nadie es nadie que fueran antes y la débil rueda del mundo es empujada por desmemoriados que oyen y ven y saben que lo que no se dice ni tiene lugar ni es cognoscible ni comprobable. Lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que tomamos o asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos, y sin embargo nos va la vida y se nos va la vida en escoger y rechazar y seleccionar, en trazar una línea que separe esas cosas que son idénticas y haga de nuestra historia una historia única que recordemos y pueda contarse. Volcamos toda nuestra inteligencia y nuestros sentidos y nuestro afán en la tarea de discernir lo que será nivelado, o ya lo está, y por eso estamos llenos de arrepentimientos y de ocasiones perdidas, de confirmaciones y reafirmaciones y ocasiones aprovechadas, cuando lo cierto es que nada se afirma y todo se va perdiendo. O acaso es que nunca hubo nada.
Corazón tan blanco, Javier Marías (págs. 44, 202, 296)

Siempre son las palabras las que nos abandonan, las que se marchan sin dejar huella. Quizá un borrón de tinta en una carta que no se llegó a enviar, quizá la palabra borrada a tiempo antes de ser leída, la que se piensa, la que se cambia en el momento justo por otra, la que se abandona, la que no se nombra. Una abre un libro, se deja atrapar por una casa desconocida de páginas, y letras, y papel que se arruga por el desorden habitual, y líneas manchadas de trazos sorprendidos y luego, con suerte, cierra el libro, lo traiciona un poco y lo coloca en un cementerio de letras, que no es otro que el de la estantería. Quizá Debord tenía algo de razón con aquello del libro con tapas de lija, para no dejar que se muera, para no dejar que viva entre otros libros olvidados. Pero. Pero hay libros que no los cierras, sino que te cierran un poco a ti, te cierran al mundo y te abren mundos por dentro. Quizás Corazón tan blanco es uno de ellos.

Escribir sobre lo no dicho parece tarea complicada, es como pasar de puntillas por el borde de las palabras, acunar silencios, esconderse tras las puertas a escuchar. Corazón tan blanco es un escrito de lo no dicho, el relato de un (muy oportunamente) traductor, que tratará de recomponer las topografías de un malestar anclado en el silencio y en los vacíos en la historia de su vida y la de sus antepasados. El malestar que genera el terrible relato de un suicidio con el que da comienzo el libro será la tónica general que acompaña a lo largo de su lectura, esa sensación de andar a ciegas entre lo tácito y lo escondido, lo que se calla para no herir, los secretos y las mentiras.

Puede el hecho de que el protagonista y su esposa sean ambos traductores me haya hecho sentirme cerca de ese mundo que en cierto modo es el mío (o lo será también). Una reconoce las obsesiones, las manías, el querer traducirlo todo, ir por la calle cambiando frases de un idioma a otro, haciendo traducciones inversas pésimas, try a little bit harder, queriendo entender el susurro, lo dicho en otro idioma, aquellos impenetrables carteles de Israel que me esforzaba por poder leer, los primeros días en Alemania escuchando algo que parecían palabras. Siempre es entender, siempre es traducir, siempre es querer llegar a ese inexistente núcleo donde el sentido se disemina y se rompe en mil esquirlas que se clavan de costado y te plantean tareas casi imposibles de comprensión, tareas plausibles de interpretación. Y sí, se nos iba la vida en ello. Ya lo decía Heidegger, somos lo que entendemos ser. Y a Juan, el protagonista, sí se le iba la vida en entender, acaso por eso empieza el libro diciendo "No he querido saber pero he sabido", al fin y al cabo, su condición ha dejado espacio para el acontecer de la palabra que no se quiere, que no se espera, la palabra que preferiría no haberse oído, pero que sin embargo, se erige majestuosa y terrible, una sentencia insondable que puede dirigir nuestro camino, torcerlo, malograrlo, atizarlo, truncarlo o simplemente, dejarlo como está, que para el caso puede ser aún peor.

No quería saber, pero los oídos no tienen párpados y tras las puertas, y a través de las paredes, y en los corredores, las ventanas y por las calles desiertas se cuelan las historias que no nos pertenecen y nos llegan inesperadas (o acaso siempre habíamos esperado que llegaran y les habíamos dejado un espacio para ser narradas, un espacio de dolor o de pena, una reserva de risa oportuna, un no, un cuéntamela otra vez, un no sigas contando, una palabra inútil de vuelta o simplemente, un oído sobre el que pueda hacer escala y recalar la historia ajena, ahora nuestra). Juan no quería saber, y supo. Y realmente todo lo que nos cuenta, más que su propia historia (pues a él, en realidad, no le pasa nada) es la historia de los otros que él recibe y recompone, y no quiere recomponer, y le recomponen, y le rompen, y: la terrible historia de su padre (incapaz de contarla), la de una pareja adúltera en la habitación de al lado en el hotel, la de su amiga Berta, la de su "amigo" Custardoy (que inventa historias para poder vivirlas, tan aferrado a las palabras, tan poco capaz de imaginar sin creer), la de su esposa, que no existe (y al no-ser, crea el malestar del secreto, de lo que se oculta, del silencio entre dos).

Pero es el destino de un traductor, vivir entre historias ajenas, llevarlas de un sitio a otro, en la maleta, en la cabeza, que formen parte de la vida de uno, que se sienten a comer con nosotros mientras seguimos mirándolas extrañados por su peculiar condición de reto, de demanda. Esa exigencia casi inclemente del texto que necesita ser traducido, que quiere decir(te) algo, igual que la historia que espera el espacio para desplegar su tiempo y sus palabras. Y uno, entre tanta palabra, tanta historia, ficción y letra al vuelo, no sabe qué es lo que vivió, lo que escuchó de boca de otros o se contó a sí mismo, las historias de ayer son de un antiguo imperdonable, el recuerdo se desdibuja, y ¿saben?, el recuerdo no es más que hacer planas las caras en fotografías y las voces, murmullos del adiós. Son numerosas las reflexiones de Javier Marías en esta especie de novela-ensayo sobre el propio hecho del olvido a través de las palabras, como si en lugar de que ellas contribuyesen a perpetuar el recuerdo, fueran traicioneras de la historia, puntos de fuga de la conciencia que relata y puede olvidar el desastre por fin.

Para Juan, toda esa intuición del desastre, desde el momento en el que se casa con Luisa (y su padre, Ranz,le advierte, si tienes secretos, no se los cuentes (no le des la historia), desde el momento en el que sabe que la mujer de su padre se suicidó al poco de casarse  no necesita más que una historia para dar cuenta de esa sórdida sensación de un futuro cercano e incierto. El horizonte del nosotros, el no volver a esperar a que el otro llegue, ver lo agradable y lo desagradable de su mujer, no poder seleccionar el tiempo con ella, ni la vista, no tener tiempo para echarla de menos, ni a esperarla en otro dintel que no sea el de la casa que comparten, pelear por una almohada, ver su ropa junto a otra ropa sobre la que le harán innumerables cuestionarios, hablar, hablar sin cesar para evitar un silencio sintomático, hablar, hablar, contarlo todo (o no), o precisamente no contarlo todo, precisamente dejar el tácito aliento del secreto entre las sábanas, como una corriente fría del causada por un olvido al cerrar la ventana. No. 

Y el sempiterno ¿y ahora qué?, "la pregunta que se contesta una vez y otra y no obstante reaparece siempre o se restituye a sí misma o está siempre ahí, incólume después de cada respuesta",  ¿y ahora qué?, "la única forma de zafarse de esa pregunta no es repetirla, sino que no exista y no hacérsela ni permitir que se la hagan a uno". 

La verdad no depende de que las cosas fueran o sucedieran, sino de que permanezcan ocultas y se desconozcan y no se cuenten, en cuanto se relatan o se manifiestan o se muestran, aunque sea en lo que más real parece, en la televisión o en el periódico, en lo que se llama la realidad o la vida, o la vida real incluso, pasan a formar parte de la analogía y el símbolo, ya no son hechos, sino que se convierten en reconocimiento. La verdad nunca resplandece, como dice la fórmula, porque la única verdad es la que no se conoce ni se transmite, la que no se traduce a palabras ni a imágenes, la encubierta y no averiguada, y quizá por eso se cuenta tanto o se cuenta todo, para que nunca haya ocurrido nada una vez se cuenta. 
Y a todas las traducibles palabras sin dueño, a todas las historias que se cuelan por las rendijas hasta oídos que no las esperaban (que en realidad sí las esperaban), a todas, con el corazón tan blanco pero manchado de tinta, a todas, en esta gran novela, se les da el espacio y el tiempo, se les da refugio sin consuelo, una cuerda tensa para funambulistas insomnes. Un libro que sutura y abre heridas, cicatriza sin dolor, queda, permanece (tergiversado, moldeado por la lectura, por la interpretación), un libro que llena corazones no tan blancos.  

PD: Feliz día del libro. (Se aceptan regalos)



lunes, 8 de abril de 2013

Cartas a la pantalla: imágenes en la retina

Hay semanas en las que el mundo está especialmente color ceniza. Un tiempo que no se aclara, entre la lluvia tímida, el sol frío y los charcos cien veces pisados por niños que serán regañados. La nevera más vacía que de costumbre, la leche caducada al volver de viaje, polvo sobre las fotos de la familia, las persianas bajadas, el balcón lleno de tierra y la calle, la calle aburrida como siempre parece un enorme cenicero en el que coches como colillas se aplastan para encontrar aparcamiento. 

Sólo me apetecía ver cine compulsivamente, un viaje de imágenes espídicas en el que encontrar un punto de equilibrio (o desequilibrio), pero encontrar algo, algo que oliera a vivo, a verdad, a imagen honesta. Quería volverme a emocionar como hace ya meses con el New York-New York de Shame, quería volver a llorar con las escenas de cafetería de La mamá y la puta o soñar un poco con Fred Astaire. 

Hay semanas en las que mi calle es especialmente fea, no es nada personal, sólo un juicio estético subjetivo. Cada vez oigo a menos niños jugar en el parque, ahora absortos en las maquinitas infernales; antes solía maldecirlos porque no me dejaban concentrarme con sus chillidos agudos y sus risas a deshora, pero el silencio que han dejado es todavía más inquietante. A veces los miro desde el balcón de mi casa, ya no corren como antes, los columpios se sienten abandonados y sólo algún rebelde se tira por el tobogán. 

Sólo me apetecía volver a encontrarme con un puto frame que me destrozara la cabeza y me tuviera pensando meses, como aquellos interminables folios que vomité a propósito de Melancolía, que supongo que mentalmente estaban escritos desde hace más de un año, pero hay cosas sobre las que cuesta tanto escribir, hay cosas que me cuesta tanto pensar. Y ahora, ¿qué?, ¿reducir el planeta melancólico a un exoesqueleto de palabras? No es justicia, pero era necesidad. Necesidad de simbolizar toda esa espina azul o ese mazazo de profunda melancolía con Wagner de fondo, necesidad de diseccionar para entender el dolor, el deseo, el silencio, el fin de las palabras. 

Hay semanas en las que mis vecinos son más estúpidos de lo normal, la del tercero vive para regar sus geranios, el del segundo se pasa el día en el bar hablándole a su perro y apestando a puro el ascensor, la del cuarto parece una psicótica que se pasó en su día con los psicotrópicos y ahora intenta arreglar su vida pariendo hijos con cara de fracasados, la del primero sigue sin saludarme después de casi veinte años, la del primero B se ha quedado medio ciega y ya no me da la ropa interior que se me cae al tender. La del sexto creo que murió hace un par de meses. 

Sólo me apetecía reencontrarme con esa sensación de turbulencia somática y mental de fumarte un cigarro en el sofá mientras se te clavan en la retina imágenes como esta:

 o esta:
  o esta:
  o esta:
 o esta: 

Y la leche seguía estando caducada y en la nevera no había nada para hacer cena, encontré un bote de alubias y otro de verduras. Por qué todo tenía que ser tan gris cuando salías de la pantalla, cuando te levantabas del sofá con esa inexplicable sensación de haber visto una imagen verdadera, un golpe directo a la retina que por una parte te enseñaba a vivir, y por otra te hacía creer que tu calle era de Serie B, y tus vecinos unos actores malos tras un decorado de cartón piedra y gotelé. 

Y sobre todo, la impotencia, el mutismo, la sensación de no poder compartirlo, de tragarse los frames en soledad (como ha de ser), lo inefable en aquellas cintas que me hicieron por un momento querer quedarme a vivir en la pantalla. 

Y sobre todo, salir a la calle después de haber visto L'Apollonide y no poder decir ni una palabra (llegará de aquí a un año y escribiré quince folios del tirón como si fueran un diván), mirar a la cara a la gente buscando un rastro de compasión, pensando que no verán esa película, buscando un rastro de compasión. Pero me vuelvo a topar con las cuencas vacías, con la ciudad de sombras que se proyecta desde mis ojos; y busco en la cara de una chica joven la misma faz ausente que la de las chicas de la Casa de tolerancia, pero ahora las putas son diferentes, o eso imagino. Ese abismo estético de Bonello, como último lugar al que aferrarse en la sordidez más profunda y triste del mundo. Qué tendrán esos domingos que siempre me llevan a películas que destrozan las entrañas. Supongo que fue la venganza del azar por dejar de escribir líneas funestas de domingo, supongo que fue la venganza del calendario por haber ignorado la primavera en este invierno del rostro y de las manos. Es tan complicado escribir cuando las palabras te juegan un truco dadaísta en la cabeza. Ya saben ustedes, canciones deprimidas para chavales deprimidos. 



[Sunset Boulevard-L'Apollonide-La nuit americaine-This Must Be the Place]