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jueves, 21 de marzo de 2013

Cuadernos de viaje (I): El no-lugar donde los relojes son una farsa

Nota previa: cuando he encendido el ordenador para transcribir esto, me he topado con un texto de la señorita Laura Febré que no hace más que aumentar mi miedo hacia las conexiones patafísicas que nos hacen escribir/vivir cosas parecidas.
Os lo dejo por aquí, que es una pequeña maravilla:[ http://certezas.livejournal.com/44166.html ] Y ahora, ya, empiezo a rescatar de los cuadernos los relatos de viaje que se han ido escribiendo un poco solos, un poco intencionadamente esta semana de exilio parisino. 



El no-lugar previo al lugar. Aeropuerto. Los laberintos de colas me hacen dar algún que otro traspiés. Quítese las botas. Qué asco. Gilipollas. Andar por este suelo sin tierra y sin botas, con las estúpida desnudez del calcetín, sólo acostumbrada a la mirada discreta del suelo del pasillo de casa y quizá de mi habitación. Antes de pasar por el arco del triunfo de la seguridad, adioses ajenos. Me despido de una sombra. Tome, sus botas. Gracias, majo. Ritual de antidesnudez con todos los abrigos y capas encima, que no caben en una minúscula maleta. Me dejo caer sobre una silla anónima de plástico estéril. Quizá algún chicle pegado, quizá no. Los paneles anuncian retrasos y cancelaciones. Aquí sí se detiene el tiempo. Se aplaza, se cancela, se proyecta en la pantalla de colores como si fuera un anuncio de perfumes. Se puede incluso pagar a plazos. Los relojes entran en el espacio de la contingencia. Esto es, una sala de espera del tiempo y del espacio, un reducto hermético y enfermo de lapsus mundano. Un (no) lugar entre paréntesis de cristal, y hormigón, y plástico, y café, otro café, por favor. Aquí no se fuma. Pero fumo mentalmente. Me imagino sentada sobre el ala de un avión, echando el humo sin prisas, disfrutando una cancelación sobre la superficie lisa y tan lisa del ala. En la pista empiezan a buscarme los operarios, llega la policía. Echo la colilla al aire sin esperar a que caiga el suelo, puede se quede a vivir en las aspas del motor o justo al lado de una rueda. Qué importa. Vuelvo a la cafetería sin que nadie se de cuenta. Un café, un empujón a las manecillas. El no-tiempo más que nunca, con el registro de maletas me rompieron el reloj. Quiero salir otra vez a fumar, el ala fría del Boeing era un peculiar diván algo terapéutico. La policía sigue rondando la pista. Sería mucho arriesgar. Podría inventar vidas ajenas, pasatiempo por antonomasia de las esperas, pero para qué. Pelea dialéctica conmigo misma sobre la conveniencia o impropiedad de inventar vidas ajenas. Gana el yo-aburrido y me fijo en una niña que se acerca a mi maleta. Mi maleta de colores con un coche dibujado. Me quiere quitar la dichosa maleta, intenta agarrarla con sus manitas inútiles, pero la abuela toca-narices quiere evitar que su niña de 3 años se convierta en una pre-delincuente y se la intenta llevar a rastras. Pero si sólo quería sacar la imagen del coche de mi maleta y jugar con él. Y consigue llevársela, llanto, otra futura persona decente. Me sigo aburriendo, pienso en Doinel, en que en unas horas o unos días iré a ver Les Deux Magots, a esperarle quizá, Doinel-Léaud, ¿que no te dará por cruzar la calle y buscarme como buscas siempre los ojos ajenos? Presiento un tiempo diferente, no este de aquí, claro, este no, el del no-lugar y el del no-tiempo no son posibilidades. Aquí sólo hay cuerpos arrancados de la tierra, plantas fuera del tiesto en un impás de calendario artificial. Casi todos escuchan música o hacen como que la escuchan. Los niños corren ajenos al horrible espacio que les rodea. Me he tenido que quitar las botas y he abierto mi maleta. Ojalá explotar todos los falsos relojes de este paréntesis del mundo. Maleta roja abierta como en una sala de operatorio, sólo la cámara, los objetivos, algo de ropa, cuadernos, un libro, tabaco-que-allí-es-muy-caro, algo de Benjamin. Triste maleta anónima abierta en canal por la cremallera, al menos eres roja y alegre. Odio las maletas negras, y las grises, y las azul oscuro. Alguien discute con la tipa de Ryanair. Alguien se echa perfume disimuladamente haciendo como que lo comprará. Alguien envía en último correo antes del despegue. Alguien pierde una partida del Triviados. Alguien llora. Alguien se vuelve a casa. Alguien huye. Alguien se despide de una sombra. Alguien deja de escribir. Última llamada a todos los pasajeros y sobre todo a ti, que pretendes escribir algo en este no-lugar del no-tiempo. Alguien se aburría, creo. 

domingo, 3 de marzo de 2013

Sr. Wert, no dispare


«Los universitarios no deben estudiar lo que quieren, sino lo que les emplee». Hace ya un par de semanas leí esto en alguna parte; lo primero en lo que una piensa que, seguramente, el empresario de turno que le tiene pavor a las Humanidades tiene un mal día y se ha enfadado con el sistema universitario. Otra opción es la de los padres disgustados porque su hija, que iba para abogada, ha acabado en Filosofía o cualquier volatilidad similar. Si esta suposición fuera cierta, yo seguiría muy tranquila, quizá un poco triste por ellos, pero no estaría escribiendo esto.

El problema ­­−por no llamarle catástrofe− es que estas declaraciones las hizo el mismísimo ministro de Educación, J. Ignacio Wert, esa persona que supuestamente debe defender la educación en este país y más en los terribles tiempos que corren para la enseñanza. No contento con la frase en cuestión, aún añadió que «en algo estaría fallando el sistema universitario si menos de la mitad de los titulados son en Ciencias Sociales». El que vale vale, y el que no... ya no podemos seguir el refrán. Este sí que es el día de la gran broma final.

Ya no esconden ni su propósito: el premeditado asesinato de las Humanidades y todo aquello que no lleve implícita la competitividad y el resultado. ¿Vivir, pensar, soñar crear, sentir, emocionarse, discutir? ¿Para qué? ¿Qué es esto, un monólogo de Hamlet? Todo esto no da rentabilidad, causa problemas porque crea sujetos insatisfechos que necesitan algo más que los productos de consumo para ser felices. Y eso señores, es altamente peligroso, asunto de Estado diría yo.

Aunque incluso entrando en su juego, y hablando en términos de productividad, ¿acaso sería productivo crear una generación que estudia lo que le dará empleo y no lo que realmente le apasiona? Imagínense ustedes: toda una generación sentada en la oficina calculando la inversión más rentable (que para más inri trabajará probablemente hasta los 67 o incluso 70), dedicando su vida a algo que puede que les haga infelices, ¡eso no es productivo, señor Wert!

Ya no queda nada de aquella idea de la Bildung, esa concepción de la formación integral que tenían los alemanes, el ya manido el saber por el saber. Hoy el saber ha perdido su fin intrínseco, no es ya un fin en sí mismo, sino un medio para. El saber está en venta, se produce por y para ser vendido, la industria de las Universidades marcha casi a la perfección. Hemos ido perdiendo esos grandes relatos, deslegitimizándolos en pos del saber científico. El problema es que la disolución de este primer saber, el narrativo que diría Lyotard, es la pérdida de legitimidad y transmisión de los valores de una sociedad. [Y lo más grave, a mi parecer, es que hasta dentro de las propias Humanidades, nos lo hemos creído y nos hemos vendido a la industria académico-universitaria].

Se ha intentado por todos los medios sustituir la pérdida del saber narrativo con el relato científico. Error 404 legitimidad not found. La ciencia no puede ser la epopeya de nuestros tiempos, no tiene capacidad de legitimar más que los enunciados de quienes "deciden". Este saber es denotativo, esto es; pero no puede usar los condicionales, esto debería ser. 
"Nada demuestra que, si un enunciado que describe lo que es una realidad es verdadero, el enunciado prescriptivo que tendrá por efecto modificarla, sea justo" (Lyotard, La condición postmoderna). 

Las Universidades, que duda cabe, se han convertido en fábricas de expertos, pues son estos los que pueden dar legitimidad al discurso científico; y han abandonado todo espíritu de Bildung que podían tener. Ya no sólo por  la parte científica, técnica y social (no hace falta rascar mucho para ver en todas estas ramas la vinculación empresa-universidad/estudiantes-producto); sino cada vez más en la rama humanística se tiene a una "profesionalización" y una creación de expertos (siempre me ha dado miedo la palabra experto). Cada vez más nos reducen las miras, los campos de acción y se dirige todo a un futuro incierto [el metarrelato de la universidad y el futuro profesional] por el que hay que sacrificarlo todo. Aún recuerdo el primer día de facultad en Filosofía, el decano nos dijo, estamos aquí con el fin de "profesionalizar la filosofía", le pregunté qué quería decir con eso; me respondió proponiendo una tormenta de ideas sobre posibles salidas de los estudios de Filosofía que no fueran académicas. Me faltó bien poco para llorar. Muchos de mis compañeros acogieron la idea felizmente, hay que preocuparse por el futuro, no crecen billetes en la caverna. 


Decía Walter Benjamin que obsesionar a los jóvenes en cómo deben ganarse la vida es la manera más siniestra de hacérsela perder. No podemos permitirnos una generación perdida que no crea en lo que hace, que no se ilusione con su proyecto vital y se limite a levantarse como un autómata cada mañana. Pero el problema ya no está sólo en las políticas educativas, el problema está en las Universidades que han permitido que Bolonia campe a sus anchas y carcoma nuestro sistema universitario. A veces mis compañeros de últimos cursos recuerdan el año que estuvieron encerrados en la facultad, haciendo su particular revolución, y me dejan atónita cuando me dicen que (salvo 2 o 3 profesores) el resto les ignoraron o lo que es peor, atacaron su acción. Ahora a todos esos profesores se les llena la boca de discursos anti-Bolonia en sus clases, oh qué progres sois. [Y el asignaturismo, y la ANECA, y el reducir los campos de estudio, burocracia-ingeniería social, expertos en una mota de polvo, ajenos a la suciedad, división del trabajo, antifaz prescriptivo, matrículas por las nubes, pedagogía y más pedagogía, competencias, trabajo en grupo, Power Points, adiós a los créditos de libre elección, sexenios, artículos del "catedrático" y dramas varios en los pasillos]

Se empeñan en que uno no crea en lo que hace y que deje de existir la pasión por aquella idea de la Bildung. Los sentimientos no se miden, la insatisfacción y la vida dedicada a un trabajo que nos es ajeno es altamente productiva [no en términos de trabajo, sino en términos de consumo, como punto de fuga para el horror vital]. Intentaré resistirme todo lo posible. 
-        ¡Arriba las manos, documentación!, ¿usted qué estudia?
-        Yo Traducción y Filosofía, señor ministro.
-       ¡Detenida por pensar, por alegre y por poco productiva! Y encima con tanto estudio seguro que no tienes ni tiempo para aceptar un minijob de fin de semana. ¡Arriba las manos!
-          No dispare, señor Wert, no dispare.