Páginas

domingo, 24 de febrero de 2013

Maleta de negativos y silencio

Aquella noche yo no hacía más que pensar en Berlín, y en todo lo que aquello significaba y había significado para mí. Mi dedo dibujaba círculos concéntricos sobre el borde del vaso. Berlín significaba desaparecer, no ser más que una sombra aquí, una foto que alguien tendría en un marco de madera, un grito en un intento de foto, eh, es un vídeo. Desaparecer aquí, ser allá. Y tú, supongo que me mirabas, tan enajenado como siempre, ajeno como yo, ausente como la primera muerte, y ese silencio entre nosotros imposible de desahuciar.  ¿Qué te pasa ahora? 

Ir, una maleta y basta, una caja de libros y basta, no volver, era la idea, un rastro de silencio y confetti al partir, como una cabalgata sórdida a la que sólo yo fuese a asistir. Habría silencio, pero yo necesitaba una puta palabra, palabra, palabra,aunque sólo fuese una. Pero esa noche no hay nada más allá del borde de tu copa y del borde de mis párpados, que como guillotinas mutilan la realidad a escenas inconexas que no llego a comprender. (Creo que has hecho un puzle surrealista con los negativos de mi vida y te has divertido reconstruyendo un hilo atemporal en blanco y negro muy negro). Estás ahí, no lo entiendo. Luces de neón, un par de ginebras enarbolando la bandera de la psicodelia. Más allá de lo que puedo comprender si no hay una palabra a la que asir mis uñas partidas de tantas jugadas echadas a perder, y del combate en el último ring de la azotea. Tendría que hacer una lista de las cosas que comprendo. Adoro hacer listas. 


Parece que hablas, pero sólo mueves los labios, no oigo nada, sólo música infernal y silencio interior, tu mueca en movimiento, dos labios, dos prosas apócrifas de lo no dicho, marionetas automáticas de la frase mil veces ensayada: Yo no tengo la culpa si no te entiendo, me dices.(Yo creo que ando pensando en el Geduld!, Geduld! de Bach), aunque la paciencia nunca fue mi virtud, creo que te lanzo la copa encima. En Berlín estas cosas no pasan. Una se larga y aprende a vivir sin palabras. Puta mentira, no vivo sin palabras. Corrijo, una aprende a vivir sin palabras de otros, y crea las de una misma, las que entiende, las que le duelen pero puede cicatrizar. 

Ya no sabes qué decirme, y en el fondo no es culpa tuya. No esperaba nada. Porque si lo que llamamos amarnos fue que tu estabas en la puerta, y yo en el ascensor, aguantando mi chaqueta antes de huir, y tú, tan consciente de las averías, y las huelgas de metro, y las grietas en la pared, y de los monólogos aprendidos para hacer de esta comedia algo menos absurdo, y los samplers al capítulo 1 de Rayuela. Claro que no era eso. Claro que lo sabía al bajar por el ascensor, claro que lo sabía ahora, aunque tú tan cerca sentado, pero tan lejos de donde estoy en realidad. Tú sólo tenías miedo a la muerte, y yo tenía miedo a la vida. Diferencias artísticas irreconciliables. 

Vivir por encima de las posibilidades era que alguien subiese a luchar a la azotea, esperando a que otro alguien saltase desde una antena o en caída libre por los cables de alta tensión, cayendo por la ciudad en picado, esperando que el asfalto sea más amable que los ojos que miran vacíos, que NO miran desde una azotea, que NO quieren mirar para NO arrancarse los ojos en un acto de valentía edípica. El amor era estar cayendo y justo en el último momento ver los ojos desde la azotea y que golpeen más que el asfalto, no con el golpe hueco y terrible del vacío y del silencio, sino con el golpe de por fin las palabras, por fin todas las palabras del mundo, y desear dejar de caer, y no caer jamás. Pero no, tú estabas enfrente y tus ojos tan grises como la gravilla no decían nada, y pensé en otros ojos, también ciegos, también sombra, también silencio, pero oh, antes de la ceguera amor un instante, y yo, antes de caer, hubiese seguido cayendo mil veces porque el asfalto dolía menos que un ojo vacío y una palabra ausente, hubiese caído mil veces para intentar ver esos ojos en el último segundo y que una de las mil veces dijeran algo, pero no, miraste otra vez, antes de que yo empezara a caer, no estábamos en la azotea, estábamos en tierra, y tus cuencas me devolvieron OTRO eco de silencio. Nunca se me dieron bien las cosas terrestres. Me ofreciste un cigarro. Qué menos. No tenías mechero. Me fui con mi silencio a otra parte. 


PS. Se me olvidó tirarte los negativos. Pero volví a lanzarte las fotos.En mi surrealismo mando yo.


[La maman et la putain, Los amantes del círculo polar, La peau douce]

domingo, 10 de febrero de 2013

Domingos de funambulista



Podrían no existir los domingos, que el calendario tuviera un lapsus momentáneo de 24 horas y nada con el nombre de domingo existiese; pero entonces sería dos veces lunes y el malhumor acabaría con el planeta. Las filmotecas cerrarían, las fábricas de palomitas y de helado de chocolate. El ibuprofeno de domingo por la mañana, los tres litros de agua, el malhumor. No es concebible, sólo una (no sé si tan) dulce posibilidad. Todo sea dicho, los domingos son bipolares. Capaces de lo sublime y lo siniestro, lo hortera, lo kitsch, lo mejor, lo que siempre se recuerda y todo lo que puede olvidarse sin mucho pesar. Fábrica de momentos nulos, anodinos, dolorosos, catarsis. 
****
Los domingos, cuando ya se ha hecho oscuro escucho el Kind of Blue de Miles Davis y me siento momentáneamente en casa, mientras pienso en todas las sombras que me han ido regalando. He colocado una justo debajo de la cama, donde viven los monstruos que tenía pensado matar un día de estos. Creo que los dejaré por allí para que sigan haciendo compañía. Flamenco Sketches y So What, vivo en una trompeta por un instante y ojalá, ojalá esa maravillosa curva sea un lecho donde dormir siempre. Las notas me construyen un muro casi indestructible. Más allá de eso hay tan poco. ¿Los Impromptus? Viaje por la partitura con maleta de clave de sombra, los relojes dejan de funcionar, manecillas en paro y colapso temporal. Los gritos de los malditos niños del 5º. consiguen lo imposible y me vuelvo a plantear la castración química de sus padres y la insonorización de la casa. El tiempo vuelve a tener un pacto con la muerte. 
****
A giros medidos con una estúpida silla de escritorio me parezco a un periscopio buscando aquel libro que no encontraré porque se lo dejé a vete tú a saber quién que no me lo devolvió. Pero ahi sólo hay paredes, cuatro paredes y por qué cuatro y no mejor nada, y por qué no intemperie y lluvia, y hielo sobre la piel. Desde el "¿Qué es Metafísica?", siempre acabo imaginándome el negativo de todo. Por qué mi cama y no nada y dormir sobre la tierra, por qué mañana es lunes y por qué NO a todo, y por qué no oscuridad a mediodía, y por qué no correr y correr con sangre en los pies. Dialéctica negativa de domingo a las siete.

La habitación está enferma, y me enferma a mí, tan ajena, tan distante que no hago pie en el suelo frío. No quiero, no puedo volver al mundo, el mundo me duele y no tiene espacio para mis pies desnudos y arrugados, no tiene sombra que acoja a mi huella imposible. Sólo me sirve ir de puntillas, como sin molestar a la Tierra. Todo es desorden, pero ya aprendí que ese caos es solo desorden para mí, o es sólo desorden en mí. Y que en este caos, no hay literatura, no. Así que me siento algo inútil escribiendo, pero la necesidad puede, y las letras me llaman o las llamo yo a ellas, qué más da. Si todo es caos que esto sea orden, o pretensión de orden. Y no hay más. Sólo una grieta en la pared y un ya lejano Freddie Freeloader.

Y creo que me he acostumbrado a vivir así, y que en el fondo me gusta vivir así, en un caos permanente, en esa psicodelia del cuerpo y del alma, a medias entre letras, miradas, prisas y luces de neón/pierdo el bus-pierdo el metro. En un proyecto irresoluble y perdido de antemano, con final (felizmente) abierto. Otro domingo, y el domingo es el abismo de la semana: todo te empuja, hasta llegar al borde de la tierra-semana, y puedes caer, saltar,volar, hacer equilibrismos o tirarte con todo el equipo. Hoy me decanto por los equilibrismos, a pesar del vértigo que perdí, a pesar de mis torpezas y tropezones constantes. Átate los cordones, Núria. Nunca le hacía caso, prefería las deportivas con velcro. 

Esa es la idea, transitar los domingos haciendo equilibrismos inútiles, escapando de la ciudad, escapando de estas paredes tísicas, tan arriba donde la psicodelia no me alcance por unos instantes, tan insegura que el miedo a resbalar me mantenga concentrada en un punto fijo por unos segundos. Concentración, concentración. O caer con todo el equipo. Tampoco fue mala opción. Echar cemento al mundo y au revoir. La cuerda se tensa y mis pies de funambulista se agarran como pueden, de puntillas, sin tocar casi al mundo, sin que la tierra me toque. La ciudad se marcha ahí abajo, llego tarde, no me dio tiempo ni a recordar.