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domingo, 29 de diciembre de 2013

Última carta del año

A quien corresponda:

Hoy escribo todavía lejos de casa, pero en casa en cierta manera. Todos están aquí al fin y al cabo. Me quedé en Alemania estas Navidades por alguna extraña decisión interna, disfrazada de excusas, y fechas, y vuelos, y cosas sin importancia. No quería salir de este lugar. No quería volver a ver el árbol de neones de la plaza del Ayuntamiento, ni ese horrible Belén que ponen por allí. No quería tener que ver los programas especiales de Nochebuena, Navidad, la gala de los Inocentes ni el mensaje del Rey. Ni las luces de El Corte Inglés o el reciclaje del famoso del año en el anuncio de rebajas. Todo eso, ahora que estoy tan lejos, me parecía la misma capa de caspa de España, esa que tan poco añoro, esa que me da miedo, porque estará esperándome cuando vuelva. Y los anuncios de juguetes y los catálogos (saben, cuando tenía 8 años me di cuenta de que todo lo de los Reyes era mentira por culpa de los malditos anuncios y los catálogos, la excusa de mis padres de que muchos niños tenían cumpleaños en esa época ya no coló). Y todo eso que ustedes ya saben y que mejor o peor llevan. De vez en cuando me llegan ecos desde allí, leo el periódico casi cada día por no perder el contacto con la realidad, buscando esas líneas amargas y saber, en cierto modo, que esto es sólo un paréntesis, un poco de aire. Me llegan tristes noticias, pocas alegres de aquel país, España me dueles. Los que aprueban la ley del aborto, los mismos que no dan las ayudas a la dependencia y condenan a los vivos. Que España irá mejor el año que viene, que si recuperación económica y otros monólogos del peor Late Night. Malabares con las becas (yo hasta febrero, no veré ni un duro, después de 4 meses fuera, y veremos qué llega). Subida de la luz, aumento del consumo de velas, pistas de hielo en el centro de Valencia y todo el dolor del mundo en el rostro.

Aquí, sin televisión, me he ahorrado buenas dosis de hipocresía navideña y buenos deseos. Germersheim se quedó absolutamente vacío, parecía una ciudad fantasma (más de lo habitual). Las calles, oscuras de por sí (aquí no conciben la idea-Rita de farola cada metro y medio y a toda potencia), eran el lugar perfecto para disfrutar de ese silencio que tanto echaré de menos cuando me marche de aquí. Aquí, las luces de Navidad de las calles no te hacen creer que estás en un club de mala muerte, son pequeñas, amarillas y blancas, discretas, acogedoras y no estridentes (aún recuerdo el árbol de Navidad diseñado por Agatha Ruiz de la Prada en la Puerta del Sol...). Aquí los árboles son de verdad, hasta el que tomaron prestado las compañeras de piso para subirlo al balcón de casa. Aquí el calendario de adviento no es un cartón con chocolatinas, son saquitos de tela que alguien llena para ti cada día. Y no ha nevado, eso es cierto, y me siento profundamente engañada con la Navidad alemana por ese hecho en concreto, pero lo voy a pasar por alto por todo lo demás. En cierto modo, aquí el relato todavía te envuelve un poco, el frío y el vino caliente, los hijos pequeños de los vecinos sacando sus botas.

Pero tampoco vayamos a decir que las postales son aquí mejores. Aquí la Navidad no hace distinción a los que tienen minijobs, ese GRAN invento alemán que parece la panacea de nuestra época. Aquí trabajo con un contrato con el que es legal no pagar impuestos, ya que no superas el nivel de renta mínimo, aquí con ese contrato no tienes derecho a vacaciones, ni a baja, ni a paro, ni a cotizar para tu jubilación, ni a que te paguen los festivos, ni a la paga extra (me regalaron chocolatinas en el hotel). No te contratan por horario, sino por horas, aunque tú tienes que estar disponible durante ese horario aunque luego no trabajes. Facturas cada cuarto de hora y no tienes horarios fijos. Para los estudiantes es la mejor opción por la flexibilidad, pero cada día, en el trabajo, veo a señoras de más de 55 años, mirando el reloj a ver si ya ha pasado la manecilla de y cuarto para ir a firmar la hoja de horas y que no les descuenten un cuarto de hora más. En el sector servicios, más de la mitad de personal es contratado así (en el hotel, con más de treinta trabajadores, hasta las recepcionistas están de minijob y contratadas con cotización, quizá tres personas). Ven, aquí no hay paro. Y si está usted en paro, el servicio de empleo le da un trabajo en el sector público al módico precio de uno o dos euros la hora, y claro, si lo rechaza, le quitan la prestación. Aquí no hay paro señores, pueden venir todos a buscarse la vida a este lugar, no sé qué hacen todavía en sus casas. Aquí todos producimos, ¿saben?

El problema no está aquí o allá, aquí saben meter los platos rotos debajo de la alfombra, legalizar el suicidio de la clase media. Aquí todavía no han dejado que explote, los socialistas pactan con los conservadores, y después de cuatro meses de análisis de discurso para Interpretación, yo ya oigo el mismo texto con diferentes comas. Aquí han sabido poner tapones en los pozos negros, pintarlos de blanco y echarles perfume. Aquí no hay paro señores, pero búscate tres minijiobs para poder vivir y el plan de pensiones ya te lo sacas de la chistera. Aquí, o compites, o te caes, ¿saben?, cuando un niño tiene diez años ya deciden si va a ir a la universidad o va a ser un currante de pico y pala, los separan de escuelas y sin mayor drama, y aunque luego hay posibilidades de cambio, todo se reduce a excepciones afortunadas.

Esta carta no sé con qué propósito está escrita, ni a quién o qué apunta. Es una carta algo harta del mundo, incómoda en su sobre. Aquí en Walden/Germersheim no me entero de casi nada de todo eso, a no ser que quiera autoflagelarme un poco y encienda la radio o lea el periódico. Aquí, me paso los meses en la estación de tren mirando el cuadro de llegadas, despidiendo con gesto triste al que se marcha, corriendo por una universidad increíble, también ajena al mundo, donde se traduce incluso a mano y se prohíben ordenadores, escuchando las jam session que se montan en casa con un piano, un chelo, dos guitarras, un bajo, el saxo y la voz de Tabea, que es de otro mundo.

Pronto empieza un nuevo año y  mañana vuelvo donde empezó de verdad para mí este 2013. Mañana volvemos a Berlín con la colección de cámaras, que va creciendo, bajo el brazo.

Feliz año a todos, volveré en febrero, sin hacer mucho ruido.

Núria


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Desvíos (Traducción literaria): Hesse&Goethe

[Estas traducciones no tienen ningún fin comercial etc. etc. o lo que se tenga que decir para que la SGAE no me empapele]

Fragmento de Narciso y Goldmundo, H. Hesse:

Goldmundo: Superior…¡yo a ti!», balbuceó Goldmundo, sólo por decir algo, ya que una extraña rigidez había invadido su ser.

Narciso: «Cierto es eso», añadió Narciso. «Las naturalezas de los de tu clase, los que tenéis un sentido tierno y fuerte, los inspirados, los soñadores, los poetas, los amantes, todos vosotros sois casi siempre superiores  a los hombres de espíritu. Vuestro origen es la madre. Vosotros vivís plenamente, a vosotros se os es dada la fuerza del amor y la posibilidad de vivir sintiendo. Nosotros, hombres de espíritu, aunque a menudo, parecemos los adecuados para dirigir y gobernar, nosotros no vivimos plenamente, vivimos en la aridez de la vida. A vosotros os pertenece la plenitud de la vida, el jugo de los frutos, el jardín del amor, el bello paraje del arte. Vuestra casa es la tierra, la nuestra la idea; vuestro peligro es morir ahogados en un mundo de los sentidos, el nuestro, morir ahogados en un espacio sin aire. Tú eres artista, yo soy pensador. Tú duermes en el regazo de tu madre, yo estoy en vela en el desierto. Para mí, brilla el sol; para ti brilla la luna y las estrellas, tú sueñas con muchachas, yo, con muchachos…».

Original:

»Überlegen - - ich dir! « stammelte Goldmund, nur um etwas zu sagen, er war wie von einer Starre befallen.
»Gewiss«, sprach Narziss weiter. »Die Naturen von deiner Art, die mit den starken und zarten Sinnen, die Beseelten, die Träumer, Dichter, Liebenden, sind uns andern, uns Geistmenschen, beinahe immer überlegen. Eure Herkunft ist eine mütterliche. Ihr lebt im Vollen, euch ist die Kraft der Liebe und des Erlebenskönnens gegeben. Wir Geistigen, obwohl wir euch andre häufig zu leiten und zu regieren scheinen, leben nicht im Vollen, wir leben in der Dürre. Euch gehört die Fülle des Lebens, euch der Saft der Früchte, euch der Garten der Liebe, das schöne Land der Kunst. Eure Heimat ist die Erde, unsere die Idee. Eure Gefahr ist das Ertrinken in der Sinnenwelt, unsere das Ersticken im luftleeren Raum. Du bist Künstler, ich bin Denker. Du schläfst an der Brust der Mutter, ich wache in der Wüste. Mir scheint die Sonne, dir scheinen Mond und Sterne, deine Träume sind von Mädchen, meine von Knaben…« […]

Aus Narziss und Goldmund, Hermann Hesse, Suhrkamp, 2012 S. 60 – 66ff, 1332 Wörter

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Monólogo de Fausto, Goethe:

Fausto:
¡Ah!, he estudiado Filosofía, Jurisprudencia, Medicina, e incluso, a mi pesar, también Teología. Todo lo estudié en profundidad, con mi mayor afán y encono. Y aquí sigo, ¡yo, necio de mí!, que sé tanto como antes. Acumulo títulos de Maestro, de Doctor, y ya desde hace casi diez años confundo a mi capricho, y veo, ¡que nada podemos saber!  Mi corazón casi se consume. Cierto que soy más inteligente que todos esos necios petimetres, doctores, maestros, escritores y párrocos. No me atormentan ni escrúpulos ni dudas, no temo al infierno ni al diablo. Y aún así, toda alegría me ha sido arrebatada. No me hago ilusiones con lograr certezas, no me hago ilusiones con poder enseñar algo, ni con mejorar a los hombres o convertirlos. Tampoco tengo bienes, ni dinero, tampoco honra ni esplendor ante el mundo. Ni un perro querría seguir en este mundo un minuto más si viviera así. Por eso me he consagrado a la Magia, como si por la fuerza del espíritu y de la palabra las verdades me fueran a ser reveladas. Para que no sea menester que con este mi sudor amargo siga yo diciendo todo lo que ignoro; para  poder ver lo que el mundo alberga en sus profundidades; para contemplar su fuerza creadora y su simiente, y no volver a rebuscar entre las palabras.  

Original:
Faust:
Habe nun, ach! Philosophie,
Juristerei und Medizin,
Und leider auch Theologie
Durchaus studiert, mit heißem Bemühn.
Da steh ich nun, ich armer Tor!
Und bin so klug als wie zuvor;
Heiße Magister, heiße Doktor gar
Und ziehe schon an die zehen Jahr
Herauf, herab und quer und krumm
Meine Schüler an der Nase herum –
Und sehe, daß wir nichts wissen können!
Das will mir schier das Herz verbrennen.
Zwar bin ich gescheiter als all die Laffen,
Doktoren, Magister, Schreiber und Pfaffen;
Mich plagen keine Skrupel noch Zweifel,
Fürchte mich weder vor Hölle noch Teufel –
Dafür ist mir auch alle Freud entrissen,
Bilde mir nicht ein, was Rechts zu wissen,
Bilde mir nicht ein, ich könnte was lehren,
Die Menschen zu bessern und zu bekehren.
Auch hab ich weder Gut noch Geld,
Noch Ehr und Herrlichkeit der Welt;
Es möchte kein Hund so länger leben!
Drum hab ich mich der Magie ergeben,
Ob mir durch Geistes Kraft und Mund
Nicht manch Geheimnis würde kund;
Daß ich nicht mehr mit saurem Schweiß
Zu sagen brauche, was ich nicht weiß;
Daß ich erkenne, was die Welt
Im Innersten zusammenhält,
Schau alle Wirkenskraft und Samen,
Und tu nicht mehr in Worten kramen.



Goethe, J.W. Faust Eine Tragödie: Erster und zweiter Teil 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Theo Angelopoulos. El paso suspendido: punto de encuentro (Shangrila Ed.)


Señoras, señores y cómplices del otro lado de la pantalla. Hoy, en lugar de una entrada, os dejo esta pequeña maravilla que ha salido de los hornos de Shangrila sobre el bueno de Theo Angelopoulos. Es todo un honor para mí haber podido formar parte de este volumen en compañía de personas a las que admiro y respeto muchísimo. Podéis leer mi capitulito bajo el título Destrucción y reconstrucción narrativa en el cine de Theo Angelopoulos y dos traducciones de los textos de Irini Stathi y Ángel Quintana.

Aquí el enlace, feliz lectura: http://shangrilaediciones.com/pages/bakery/shangrila-revista-18-19-95.php


No podíamos volver a casa, Theo.




domingo, 24 de noviembre de 2013

Canciones imperdonables (II): New York, New York a la voz de Carey Mulligan



De repente, como de casualidad, volví a toparme con el New York New York de la Mulligan. Había estado andando por cornisas de aire cuando esa voz volvió a inundarlo todo, esos ojos que se mueven como hojas de afeitar de un lado a otro de la pantalla, meciendo el mundo y arrancándole a la pantalla todo resquicio de serenidad y entereza. Mulligan traspasaba la pantalla, no sé si su voz o sus ojos, no sé si su boca casi mueca que se acomodaba a la letra de una canción en la que no creía.

Por unos momentos, sólo pude concentrarme en aquel pedazo de oscuridad que volvía a salpicarme la cara. Subí el volumen por instinto, conecté los altavoces para poder escuchar bien el fragmento a capella. Pensé que la habitación se llenaba de humo, que alguien lloraba en un rincón entre colillas y las jeringuillas que se amontonaban en los recuerdos de aquella mujer, que se vestía con enormes abrigos de pieles que la hacían parecer un pájaro disfrazado, un poco de piel refugiada en la piel de otros. En sus ojos, que cantaban otra canción, había esa lucidez absurda de la nada, ese sentir profundo de que todo se derrumba a nuestro alrededor y que una estúpida canción de Music Hall pretende acallar, cantar sobre la orquesta de la catástrofe, la orquesta de una ciudad inmisericorde que arrasa con la piel y con la carne, con las manos y los dientes que se caen, los pelos canos, los tacones desgastados y todo el humo del mundo en el rostro.



Empecé a pensar en aquella novela que había comenzado a escribir allá por los primeros meses del 2012. Pensé en cómo directamente todo lo que estaba en mi cabeza y necesitaba estar en papel se fue a Nueva York, a esas calles que ensucian la estampa impecable de la ciudad que nunca duerme, las pequeñas historias de trastienda y contrabando sentimental, las conversaciones que se cuelan por las grietas de un asfalto mil veces aplastado con el peso de la ciudad. Volvió esa imagen de mí misma allí plantada, con unos diez u once años, creyendo que estaba en otro mundo, que esos rascacielos me iban a devorar y que la marabunta iba a arrastrarme en cualquier momento.

Y Carey Mulligan volvía a hacer ese sonido indescriptible al cantar la palabra York, como si se le partiera la garganta cada vez que tenía que pronunciar el nombre de aquel lugar, el nombre de aquella pesadilla llena de delirio y conciertos para trajeados a cien metros de altura. A la Mulligan se le partía la boca y el rostro al cantar, y no era más que un pájaro asustado tras el micrófono, un hilo de voz amarga y aguda, un grito de socorro tras el telón. A mí se me partió el corazón. Y a él Brandon también. Luego se tenía que chutar las variaciones Goldberg. Yo luego miraba el techo. De verdad que se nos partió el corazón a todos.



PS. Y por si quieren saberlo, a la Mulligan, me la volví a encontrar, un siete de junio, en los Cines Babel, prometiendo amor eterno a un tal Gatsby y diciendo aquello de, qué camisas tan bonitas. Aquel día nos volvió a partir el corazón, amor, a ti quizá por primera vez -debí haberte avisado-, aunque por aquel entonces tú todavía no sabías nada, ni tan siquiera que volveríamos a llorar en el cine o que llegarías a amarme.



martes, 19 de noviembre de 2013

Tableros (II)


#0: Ida

Llegó a aquella ciudad  en uno de esos días de calor impensable tan al norte del continente. Yo no había vuelto a jugar desde aquellas tardes del primer verano en los aleros de Ruzafa, apurando los bares hasta horas de cierre y las copas hasta ver madera en el fondo del vaso. Yo odiaba echar el rey por el tablero, signo de derrota, y peleaba aun teniendo desventaja material. Quizá la partida era lo de menos y lo que importaba era quedarnos allí unos minutos más. Llegó sin esperarme en el aeropuerto y al poco ya estábamos corriendo bajo los laberintos de metal de Berlín que nos llevaban hasta Prenzlauer Berg.


#1: Permanencia


Era de mi padre. Aprendí con esto. Tienes que leértelo. Está en notación antigua, pero te enseñaré.
Tenemos tiempo. 
Sí, tenemos tiempo.
Está todo comentado. Le corriges a tu padre.
No analizaba bien las partidas, fueron años extraños.
Mira, India de Rey. India... 

#2: Permanencia

Aparecí sin que lo esperara. Estaba sentado en una butaca más vieja que sus manos en Shakespeare and Co. Había ido allí a olvidarse un momento de la ciudad, de una lengua que no conocía y de gente que se apresuraba. Leía, bebía té. Le arrojé un tablero a la cara. Herí las casillas blancas. Me habló de Capablanca y de Fischer, de los niños que miran asustados a sus padres a cada movimiento esperando recibir una aceptación de la jugada. De todos los que se vuelven locos cuando entran en ese agujero. De lo psicótico que hay en ver la vida como un tablero, o sólo ver un tablero durante la vida, o eso lo dije yo o nadie o no lo recuerdo. Aquel día me equivoqué poco jugando, me miraba en diagonal, con esa mirada que frisa la incredulidad y el amor, esa mirada que es como una cornisa donde hay viento todo el año. Nos cerraron el lugar y acabamos en un banco del parque, niños y borrachos conviviendo. Tú apuntabas haciendo equilibros en aquella Molskine que habíamos comprado un par de días antes para apuntar las partidas. Por un momento, al verte escribir, imaginé una estantería llena de Moleskines con partidas archivadas y comentadas, como álbumes de fotos o cadáveres que uno guarda en el armario; pero cadáveres de tiempo, de jugar sin relojes, de tableros congelados en el tiempo y traídos a la memoria una tarde de sábado o un domingo por la mañana... ¿te acuerdas de cuando 1. d4 Cf6 2. Cf3 g6 3. c4, Ag7...? Esa la aprendí más tarde.


#3: Permanencia

Muggelsee

¿Vais jugar aquí, en el lago?
Y, ¿por qué no?
Aquel tablero plegable de madera que teníamos desde junio nos acompañaba a todas partes. Y allí, jugar allí bajo un sol inusual para Berlín, jugar cerca del agua. Y que todos acabaran jugando también, o al menos moviendo las piezas. Mi rey no tiene miedo, y aquel loco tan adorable que estaba empeñado en no repetir tipo de cerveza en Alemania para probarlas (casi) todas sacaba el rey al centro del tablero, mientras le mirábamos con cariño y amistad. Era un buen amigo, ¿sabes?


#4: Retorno

Y apuramos agosto y apuramos septiembre, como colillas de relojes, agarrando las manecillas para que no avanzaran, apurando los últimos cines y las últimas carcajadas y llantos en última fila, los dolores de espalda de fumar películas tumbados en la hierba, observados por los gatos del río y los borrachos exiliados de sí mismos. Apuramos los tableros como chustas psicóticas que se colaban por cada agujero de aquellos días. Perdí un par de piezas dentro de la lógica de mi torpeza y el tablero plegable se guardó como símbolo del fin de una época, acababa el verano y yo empecé a hacer las maletas.

#5: Norte

En aquellas tardes en las que el frío ya se empezaba a notar por estos lares, yo seguía obsesionada pensando en aquel tablero de la Bauhaus de Berlín. Quise haber podido comprártelo. Quise. Llegaron cartas, empezó a oscurecer pronto. Compré madera y herramientas, compré pintura. Te hice un tablero y unas piezas que todavía recordaban a las de la Bauhaus. Olía a pintura por todas partes, el serrín se metía en mis sábanas. Iba con la bici de aquí para allá, con listones y sierras. Los vecinos me maldecían en secreto.Te hice un tablero lo suficientemente grande para que no te lo pudieras llevar y tuviera que quedarse aquí, como un señuelo para tu vuelta intermitente y goteante cada veintitantos días. Cuando lo tuviste entre tus manos, eso fue otra gran historia.Yo sigo leyendo a Fischer, ahora Anand y Carlsen juegan el campeonato del mundo y las partidas parecen cuadros ahora que empiezo a entender, sus movimientos- estoques no tan inescrutables y todo vuelve a ser un juego; encuentro folios con partidas anotadas que hay que pasar a la Moleskine y los guardo juntos para enviártelos. Yo sigo leyendo a Fischer aunque sea más duro que Nietzsche y tú, tú aprendes alemán y te armas de paciencia con mi incapacidad para memorizar las coordenadas del tablero. Pero: 

Wir haben doch Zeit || Tenemos tiempo, por supuesto. 

lunes, 7 de octubre de 2013

Tableros (I)

|#1

Hace ya años, bastantes, debo reconocer, vi a mi padre jugar a ajedrez contra él mismo. Movía unas y luego las otras, haciéndole trampas a su propia mente. Me senté a mirarle durante un largo rato, quizá era otoño, le iría bien a esta historia melancólica de lunes, pero francamente, no lo recuerdo.

Pasaron años desde aquellos días en los que yo no tenía más que siete o ocho años. A veces jugábamos con el viejo tablero de madera y cuando tuve la suficiente edad como para no romper cosas (iluso, sigo siendo igual de torpe que entonces) sacó aquel extraño objeto aurático que me fascinó durante años y todavía ejerce sobre mí una hipnosis particular, el ajedrez de mármol de Venecia. (Lo había guardado más de diez años desde que yo nací para que no se rompiera y de repente, un día, allí estaba, tan majestuoso y monstruoso a la vez).

Dejamos de jugar con los años, yo nunca tuve mucha concentración y solía enfadarse conmigo. Me dejaba ganar muchas  veces, o rectificar los movimientos hasta el infinito. Las piezas no se movieron del tablero en años. Yo volví a verle jugar solo, o resolviendo los ejercicios que salían cada domingo en el periódico. Siempre pensé que era tarea imposible para mi mente ilógica y caótica ser capaz de calcular futuras jugadas... abandoné por cansancio o por pereza y creo que me dediqué a otras cosas, a empezar proyectos sin acabarlos, sobre todo a empezar cosas.

#2

-¿Juegas al ajedrez?
-Solía jugar con mi padre hace años, recuerdo un par de cosas, mover las piezas... poco más.

Aquel día le saqué el polvo al casi olvidado tablero de mármol. Estaba en un hueco del mueble del comedor, con los discos viejos, un par de facturas y el cadáver del VHS. De una pasada arranqué los años de sueño y de suciedad, acaricié aquella piel fría con un mohín de desesperación, de nostalgia e incluso de miedo. No había vuelto a jugar desde entonces, y precisamente tú. Supongo que aquel día te di ya una parte de mí, inconscientemente, y que tú en realidad ya lo sabías. Me mirabas asombrado desde la otra esquina de la mesa, es decir, desde la otra esquina del mundo. Movías las piezas con un gesto rápido, un baile de máscaras y de dedos, como quien ha trazado esos caminos millones de veces, yo andaba torpe y de vez en cuando hacía caer alguna pieza. Me contabas que llevabas en esto desde los cuatro años, que te había atrapado, que era parte de ti. Y movías arrinconando mis piezas, no recuerdo exactamente cómo (cuántas veces habremos tratado de reproducir aquella partida, pero sólo recuerdas los primeros veinte movimientos, yo sé que abrí con peón de dama, nada más). 


#3



-¿Tienen tableros pequeños?

-¿Tableros cómo?
-No sé, pequeños, para llevar en la mochila, plegables.
-¿Madera o plástico?
-Madera, claro.
-Tercer pasillo, después de el material escolar y las carpetas.
-Gracias, supongo.


-¡Mira lo que he comprado!
-¿Cuánto te debo?
-Costó 5 €, pero no te preocupes, así me lo quedo yo que tú tendrás muchos tableros.
-En media hora paramos de estudiar y empezamos.


Las mueves, ¿sabes?, condenada, las mueves...

#4


Ruzafa/18:30h/Cosecha roja



El tablero se volvió entonces un entramado de calles y posibilidades por donde iba a deambular nuestra vida. Miraba el tablero tan fijamente que podía quemarme los ojos en forma de cuadros blancos y negros, aquella peculiar y exquisita café-librería (sólo novela policíaca, de hecho) nos miraba con ojos ansiosos, el camarero también. No recuerdo cuántas horas estuvimos jugando. En aquel tablero plegable me habría quedado a vivir un par de años, moviendo las piezas (igual de torpe que siempre) como si fueran decisiones vitales. Que de hecho lo eran, aunque sólo blanco y negro, aunque sólo ataques por el flanco de dama.


Se me hace tarde


Mirada perpendicular al cielo


Sale el bus


#5


Me regaló un libro de estrategia, me llevó al Gestalguinos, jugamos con reloj. Odio jugar con reloj, me pongo brutalmente nerviosa y soy incapaz de pensar bien. Tampoco sé jugar con el ordenador, las piezas en plano no me gustan, me gusta jugar con madera o en mármol, pero siempre en volumen. Empezó a darme clases.

-Hoy vamos a ver aperturas. La sicilana veremos, ¿vale? Es muy compleja porque crea una posición muy abierta y no podrás enrocarte seguramente, pero es emocionante por todas las variantes que tiene.
-Vaya, ¿y hoy podré aprenderla?
-Necesitarás unos cuatro años para dominarla completamente.
-Tenemos tiempo.
-Sí lo tenemos.

#6
Gestalguinos, Siciliana

1.e4 c5 2.Cf3 d6 3.d4 cxd4 4. Cxd4 Cf6 5. Cc3, a6 6.Ae3, g6 7.f3, Ag7 8.Dd2, Cbd7 9.Ac4, b5 10.Ab3, Ab7 11.0-0-0 (enroque largo) 11...h6 12.Rb1, Tc8 (aquí tu plan es presionar por la columna "c" y, sobre todo, ocupar la casilla de "c4" con un caballo negro para mantener la presión en las casillas críticas de b2,d2,e3 y a3; así, las maniobras siguientes a realizar, teniendo en cuenta las ideas de las blancas [profylaxis], son Cb6-Cfd7-Ce5-Dc7 e instalar un caballo en c4. Así, es posible también instalarlo allí sin realizar todas las jugadas de tal maniobra, es decir, podrías ponerlo sin hacer Cfd7-Ce5 o sin hacer Dc7)

Tenemos tiempo.

Continuará.

viernes, 4 de octubre de 2013

Cartas a/desde Germersheim (I)


Aquí suenan las campanas. De verdad, cada mañana, suenan. Me despierto enterrada en un silencio nuevo, roto de campanas, verde en las esquinas, lleno de aire frío. Las persianas, siempre inmóviles, fueron inútiles desde el primer sol, había que agarrarse a cada rayo y guardar la luz para más tarde.

Desde que llegué a esta ciudad -y digo ciudad siendo generosa- una sensación de calma y té caliente y sol frío y hojas cayendo y paseos lentos y aire blanco y corriente de agua gélida se ha metido entre mi ropa, bajo la cama y también entre los nudos del pelo. Curiosamente, mi reloj se atrasa cada mañana exactamente veinticinco minutos (de verdad) patafísicamente pensando, creo que simplemente aquí el tiempo funciona de otra manera. Todo es más lento, la cadencia de las hojas, el simple gesto de abrir la ventana o esperar a que salga el café. Todo ocurre como en un tarro de cristal transparente, una pecera de horas que flotan; y yo miro, me miro a mí misma a través de un cristal que existe en mi cabeza y contempla el mundo como un acuario, y me veo andar despacio, arrastrar los pies entre los cientos de hojas amarillentas y rojas y ocres y mostaza y marrones y hojas también muertas.

Inexplicablemente me gusta este sitio. Este entramado de calles silenciosas, vacías la mayor parte del tiempo. Inexplicablemente me gusta esta ausencia de ruido, nunca había podido leer en el absoluto hasta ahora, y mis manías con los ruidos siempre me han ayudado generosamente a no concentrarme demasiado. Inexplicablemente me gusta este frío húmedo (ya dejará de gustarme en un mes, pero dejadme disfrutar mientras) que carcome la piel y poder llevar bufandas de lana una tras otra. Pasear por el Rin observando su tormentosa corriente y los barcos comerciales que cruzan, las bicicletas y ponerle una cesta a la mía.

Suelo salir a la terracita a pasar frío, me siento con los ojos apoyados en el canal que bordea mi casa y paso frío un rato con una taza de té caliente ardiendo entre las manos. De momento escribo poco, poco, pero pienso mucho, tengo tiempo para pararme a mirar las cosas más segundos de lo habitual. Pienso en que desde hace unos meses empiezo a ver las sensaciones de otro modo, las palabras de otro modo, casi como objetos sensibles de los que puedes notar el peso y el ruido que hacen al caer o moverse. Es una sensación extraña, que aquí ha crecido como el musgo en las piedras. Aquí las palabras pesan más, caen haciendo sonoros aspavientos, puedo casi asirlas sin que se rompan. Las palabras y las sensaciones eran aquí como esas piedras en las que pensaba Celan al escribir poemas, un recuerdo sempiterno, una especie de epitafio del verbo no escuchado. Tú siempre envías poemas de Celan y cartas trasnochadas pasadas por sombra. Y canciones, eso también. 

Miro el buzón cada día, pero hay cartas que se pierden y llegan a otros destinos que no soy yo y enamoran o hacen llorar a otra persona que recibirá una carta que era para mí. Lacan y Derrida tenían algo dicho al respecto, sobre cartas y envíos, y las que se pierden y su destino, pero sinceramente, no lo he leído. Quizá algún día de estos lo haré. O quizá poco importe. Sólo quiero que llegue el cartero de una maldita vez, quiero verle aparecer desde la terraza, cuando paso frío, tirarle la taza de té ardiendo encima de esa ridícula gorra amarilla si no la trae. Pocas cosas amo tanto como recibir una carta. Es triste que la primera recibida haya sido del banco, pero la rompo un poco y empezamos a contar de nuevo. Todo sello contiene una promesa, esa no llevaba. Voy a sentarme a esperar.

Cada día a las siete suena el carrillón de la plaza Nardini, de verdad, cada día suena, y yo, yo salgo a fumar.


jueves, 5 de septiembre de 2013

Coalesco (I)

Teufelsberg, 2013


Empezar.

Los días abarcan un ilimitado sentir. Los días escupen horas. Los días no me acompañan. Los días son herida de la que está al otro lado, de la que no sabe, de la que niega. Los días no son días desde hace tiempo.

Todo el calor de septiembre en el rostro y los fotogramas pasaban desde el perfecto blanco y negro y la estridencia de un color en la noche. El sudor, las gotas del dolor de la piel, la necesidad de la sombra por oscura. Mi cara agotada, ojos que ven gris, la fuerza en una palabra. Los gatos iban a dormir al cauce seco del río, maullaban acompañando horas de cine en la hierba, se apostaban en la piedra de los puentes, creando figuras imposibles de equilibrismo abstracto. Nos veían llorar ante la patata hervida de El caballo de Turín o delirar con aquel frame  de La jetée. Y yo, ajena del pensar, exiliada de la escritura y por la escritura. El dolor del papel en blanco por demasiado tiempo. Atisbo de belleza. Intuición del silencio puro. Atravesada por la imagen.

El viento ausente de aquel verano, el cielo de Berlín, los ángeles suicidas en las esquinas, metros de madrugada, aquella vieja Polaroid que compramos, amanecer a las cuatro de la mañana con ropa ajena  y el dolor del tiempo fugaz entre nuestros dedos agarrados a una ciudad que era la vida misma, nuestra misma vida. Cartas de ida y de vuelta, textos que no se escriben, que dejan de escribirse (cuesta tanto escribir ahora, duele escribir cuando las palabras son blancas, son falta, son vacío/son desbordamiento, insuficiencia, escasez).

Y ahora,

las luces se apagan en una procesión sin fe

caigo en unos brazos de hiedra

te miro desde la esquina del mundo

las pestañas cierran una futura ausencia.


Y ahora,

que todo fácil y sangre

que todo es oxímoron 

surges como un alucinado entre la multitud

susurras desde allá la palabra de la ausencia

y la distancia entre los ojos es la distancia de los sexos.


Y ahora,

me arrodillo sin saber ante qué

ante un tiempo mutilado de relojes de nada

llorando una terrible felicidad 

y es mi ser de sombra cegado 

y es un amarillo que no fui a llamar

pero estuve ansiando desde la esquina del mundo

desde donde te contemplo y puedo ser. 

martes, 2 de julio de 2013

Inscripción: Tiempo. Permanencia.

~Inscripción 1 (asociación libre)

[El día de hoy, este 2 de marzo 2 de julio, nunca volverá, pero habrá otros 2 de marzo 2 de julio como ha habido otros tantos. La fecha es irrepetible en tanto que marca una sucesión en continuo flujo, pero en tanto estación de un discurrir cíclico, encierra en sí la promesa de su retorno: "¿Cómo datar aquello que no se repite si la datación apela también a una cierta forma de retorno, si ella recuerda en la legibilidad de una repetición? ¿Pero cómo datar otra cosa que aquello mismo que se repite?
(Cruzando límites, A. Carreres, citando a Derrida, Schibboleth pour Paul Celan

She He comes from somewhere and she  he never stops
coming.
(Bukowski, She comes from somewhere)

Dar. El tiempo. Donner.Le temps

Cada vez iré sintiendo  recordando menos y recordando sintiendo más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso, adelantándose solapados a la cosa en sí, al presente puro, entristeciéndonos o aleccionándonos vicariamente hasta que el propio ser se vuelve vicario.  (Rayuela, c. 21) ]




~Inscripción 2 (asociación presa)

Dar el tiempo. Dar todo lo que hay dentro del tiempo, no el tiempo en sí. Puedo regalarte relojes, pero no sus horas ni su baile de manecillas. Puedo comprar unos días de vacaciones, incluso calendarios enteros, con todas sus absurdas páginas de números y fotos de niños rodeados de flores o gatos que alguien le parecerán adorables. Puedes/Puedo. Pero, no se compra el tiempo, se compra el espacio que crea ese tiempo, ese marco difuso resuelto con las fronteras de las horas y los días (otra absurdez necesaria).

Cuando te escribo que te doy mi tiempo, te estoy dando, en realidad, un espacio para la posibilidad del acontecimiento, una carta en blanco para que me escribas (por favor, escríbeme cuando esté lejos), aire para que tus brazos me encuentren y yo trate de escapar inútilmente, y me deje caer (y nunca deje de caer, déjate caer golondrina, déjate caer) por torpeza, necesidad o desvanecimiento. Cuando te doy mi tiempo, te doy todas las cosas que podría haber hecho en él: mirar la grieta de la pared, escribir en una terraza soleada del Carmen, leer en la hierba, esconderme en la filmoteca, escuchar en bucle canciones obsesivas, salir, beber, el rollo de siempre. Te doy los movimientos de mi cuerpo, la cadencia del pelo, los ojos achinados por un maldito sol de verano, y todo el malhumor del mundo. Y, la posibilidad infinita de un recuerdo.

Y el recuerdo. Y los fantasmas. Y el recuerdo es recuerdo cuando entraña más herida que cicatriz; la cicatriz cierra, la cicatriz olvida, disimula un abismo en la piel y en el tiempo, la herida simplemente es, simplemente never stops coming, acontece, acompaña irremediablemente, emana voces casi olvidadas, que susurran y vuelven oscura la mirada. Y esto no es cuestión de que hoy venga ante ti con la frente marchita  y quieras lavarme la cara, sino que hoy [hoy es hoy, pero es el retorno de las horas de mañana y de las de ayer y de las que no vendrán, es decir, hoy es siempre] llevo ceniza en la frente y en el pelo y en las manos y en los ojos y en la espalda y entre las uñas, pero no me entiendo/no me puedes entender sin ceniza, no me laves la cara, no soples para que se vaya toda a exiliarse por el viento. Hoy, los fantasmas pagaron su cuenta al salir; hoy, pagaron los impuestos de fronteras de exilio mental [y ahora me exilio del suelo, y caigo en diagonal por la atmósfera]. Los fantasmas están en la cola de la lavandería después de un viaje tan largo por mi habitación. Y ya no huele a cerrado, ya subimos las persianas. 


~Inscripción 3 (asociación de permanencia)

Cuando el tiempo inscribe [inscribe la fecha, lo que ocurre y lo que no [aunque quede inscrito como falta/ausencia], el peso de los segundos sobre los ojos que aguantan una mirada o un pulso contra la luz] araña en la piel [herida/cicatriz] la cadencia de los segundos. El tiempo, cuando es permanencia, puede sentirse, parece que no huye, se queda entre las sábanas, enredado en el pelo sucio lleno de sal, arena y alquitrán. El tiempo que permanece ya no es presente, ni pasado ni futuro, no es recuerdo, ni memoria, ni un adiós muy buenas minuto 106007845 de mi vida. Ese tiempo [raro de encontrar, peculiar entre la colección de minutos, especie en peligro de extinción en el calendario] es una infinita partida de ajedrez, tablas con el calendario y un lacerarse dulcemente, que es un continuo jaque mate de ojo a ojo/ de palabra a palabra / de reloj a reloj.

Y es: [#apertura: 1. Peón de dama- Peón C5 2. Caballo F3 y a partir de ahí...mil variantes de táctica y estrategia y tableros de piel y ojos, de conexión mental profunda, de hipnosis en blanco y negro, de poder pesar el tiempo a golpe de reloj, de acelerarlo avanzando piezas, de desencajarlo de la línea temporal con una duda sin resolver]

Y es: un mate en escalera. Otra partida que termina igual: un choque de manos que permanecen suspendidas sobre un tablero que era más que la vida, un barrer las piezas, buscar las que se han caído por un suelo infinito, un guardar -con desdén y tristeza- un tablero [que era el tiempo plegado en dos tablas de madera a cuadros] donde el tiempo no existía, permanecía. 

Y es: te echaré de menos.

Y es: un me voy lejos, pero vuelvo, un me marcho pero vienes pronto y podemos seguir jugando a ser en el tiempo y no sobre el tiempo o mecidos/arrastrados por el tiempo. Nunca supe si los Cronopios eran relojes, pero eran el espacio/medida de mi tiempo. 





viernes, 7 de junio de 2013

Canciones imperdonables (I) "Hurt"

Hace siete días recibí una carta. No tenía remitente, pero la letra hablaba por sí misma. Ya nadie envía cartas, joder, hasta para eso tenías que hacer las cosas a tu manera. Eras demasiado épico, pero para ti mismo. Querías que todo en la vida fuera una escena perfecta, con el mejor encuadre, la mejor interpretación y un diálogo sangrante, de los de morir a los pies de la pantalla. (Yo siempre te ponía High Hopes cuando venías a casa y tú hacías como que no la escuchabas, mientras apoyabas la espalda en el marco de la puerta y ensuciabas la madera con la suela). 

Recuerdo el día que te largaste, a vivir la vida que siempre habías soñado. Ibas a viajar me dijiste, a ver mundo. Ya no había nada aquí que pudiera hacerte feliz, ni tan siquiera yo. Una amiga no es suficiente. Ya no había nada que pudiera hacer de tu vida esa película con la que habías soñado, sólo un puto plano secuencia del metro al INEM  del INEM al metro. Y claro, la soledad de tu apartamento no era épica, más bien una acumulación de latas de comida, ceniceros de publicidad y pañuelos llenos de semen. Odiabas que fuera a verte sin avisar, odiabas que viera así tu casa, que no te quedase café o que lo máximo que tuvieras para cenar fuera el teléfono del chino. Odiabas ver como otros veían la trastienda de tu película, el backstage destrozado y con manchas en la moqueta. Un set de rodaje abandonado, en el que la productora no quiere meter pasta, y entonces, se acaba la historia, se acaba todo. Había días en los que me echabas la culpa, y me ponías Don't Let Me Down. Yo hacía como que no escuchaba, mientras vaciaba ceniceros y abría las ventanas. Cierra la puta ventana, me decías. Ibas corriendo y echabas las cortinas. Se oye a los niños jugar, y no quiero oírles, odio sus risas, ¿sabes?, están ahí fuera y no saben lo que hay allí, no saben que en unos años su vida será un fracaso, probetas de reformas educativas y universidades públicas sin fondos. Me dabas miedo algunas veces, tan impenetrable, tan mecánico. No sé qué quedaba de aquel tipo que quería rodar la cinta más maravillosa de la historia del cine. Y me volvías a echar la culpa. Y apagaba a los Beatles, que ya me daban dolor de cabeza. Recordé aquella escena de Domicilio Conyugal, y te imaginé hablando como si fueras la pobre Christine, cuando el cabrón de Truffaut  nos arrojó esto ante los ojos: 


Aquello era imperdonable, tú eras imperdonable, pero no podía evitar seguir visitándote a deshoras, dejarme caer en tu sofá, esperando a que sacases (con suerte) un café. Me gustaba el desorden de tus libros, coger uno de debajo de la cama y recordar cuándo todavía podíamos mirarnos a la cara, insultarnos y dejarnos de hablar por haber amado/odiado un libro. Yo seguía sin perdonarte que jamás te hubieras leído Bodas de Sangre y que no me siguieras los diálogos del 3r. acto (en el fondo, sé que no lo leíste para no entenderme). Entonces, rescataba de los bajos fondos del somier, entre pelusas y monedas de céntimo, aquella vieja edición de Kavafis (tú y tu Ítaca, tú y tú), y te recordaba citándolo, colgado de una farola en noches de borrachera: 

Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca
ruega que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.


Y luego me cogías de la cintura, y me levantabas al vuelo. Me hacías correr por las calles de madrugada, pensando que todo iba a ser así siempre, una carrera sin fin, con el nudo en la garganta, el aire frío de la noche azotándonos como cuchillos en la nieve, los cordones desatados, las baldosas con las que tropezar, las risas, las risas de cansancio, el flato, la carrera, dos tarados con la vida por delante, haciéndose muecas y apostándose hasta las uñas por un instante de libertad absoluta. Unos minutos en Ítaca. 

No encontrarás trabas en el camino
si se mantiene elevado tu pensamiento y es exquisita
la emoción que toca el espíritu y el cuerpo.

Pero allí estabas, rebuscando en tu cocina a ver si quedaba azúcar, pidiéndome que bajara a comprarte un paquete de tabaco y somníferos. Aquella tarde yo la presentí como cualquier otra: miradas en el vacío, preguntas vagas, respuestas tristes. Reproches por perder el tiempo yendo a visitarte. Me dijiste que necesitabas escapar, necesitabas salir de esas cuatro paredes, de un país que que te daba la espalda, con tus títulos bajo el brazo, y vivir, simplemente vivir. Que te largabas a viajar, y todas esas cosas que se hacen para escapar de uno mismo y de la mirada de los demás. Siempre habías dicho que te largarías, que estabas harto de verme sentada en el sofá y no en la cama, que ibas a hacer tu vida de una vez por todas. Nunca te creí, hasta ese día, claro. Me dijiste que me enviarías cartas (¿cartas?, peliculero de mierda), que volverías algún día y tal. No te acompañé al aeropuerto, estaba de exámenes, (y era cierto, y eso te dije). 

Ruega que sea largo el camino.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que - ¡con qué placer! ¡con qué alegría! -
entres en puertos nunca antes vistos.


Supe de ti cada dos semanas, una carta llegaba religiosamente a mi buzón. Nunca te respondía, te llamaba y punto. Te conté que me iba a Alemania a estudiar, que vinieras a verme. Me contabas banalidades, sin precisar, parecías feliz, lo parecías. Hace siete días recibí tu carta, unas pocas líneas: 

Estimada:

No me fui a ninguna parte. Sigo aquí, entre libros por el suelo, con las ventanas cerradas. Hace dos meses me puse Hurt como despertador en el móvil. La escucho todos los días, no era capaz de entenderla, me obsesionaba. Hace dos meses empecé a pasar por la existencia de puntillas, a vivir rozando el mundo. Creo que hace más tiempo del que quise creer que estaba así, apenas tocando la vida. Nada era real. Nada lo era. Por fin entendía Hurt, por fin entendí al hijo de puta de Cash. Quiero volver a vivir. Aunque sólo sea un instante, y ¿sabes?, entre el dolor y la nada, elegí el dolor. (¿Quién dijo eso?, me encantaría agradecérselo, es lo único con sentido en estas líneas). Y todas las mañanas me levanto con Hurt, y cada vez entiendo más que esa guitarra y esa voz están rasgando lo Real, están dejando que el caos se cuele por los acordes y destruya maravillosamente la canción ( a la vez que la hace indestructible, no me la saco de la cabeza, ¿sabes?). Y al final, no sé, al final el dolor no es suficiente. No lo es. La puerta de casa está abierta. Odio cerrar las cartas. Cuídate.




PD. Pon Hurt cuando entres, no es Atmosphere, pero tampoco soy Ian Curtis. Ah, y leí hace años el tercer acto de Bodas de Sangre. Te odié mucho. Mi edición está bajo la cama, te la puedes quedar. 

Ítaca te ha dado el bello viaje.
Sin ella no habrías aprendido el camino.
No tiene otra cosa que darte ya.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado
sabio como te has vuelto con tantas experiencias,
habrás comprendido lo que significan las Ítacas.

( O no)
Fdo.  Tu amigo, que te quiere como nadie. 

lunes, 3 de junio de 2013

Un verano con Mónica. El que termina/el que empieza

La noche que entré en "Un verano con Mónica" (Bergman, 1953) recordé que había sitios donde no debía entrar.

Llegaba el verano,  pero aún quedaban días de encierro y café, y más café. De termos de café con sal (le puse sal a un termo de café esta semana, no sé quién era yo aquella mañana, no lo pregunté). Quedaban montones de folios y hojas rayadas, como muros de papel que no dejan ver las ventanas, ni que entre luz. Ni un poco de luz. El flexo como sol y  la brisa al pasar hojas como metáfora mediocre del viento de primavera.  Colocarse con olor de los subrayadores y el de las bibliotecas. Crear estúpidas listas de reproducción para estudiar que son horribles e inútiles. Pon a Rodríguez a toda hostia y déjate de gilipolleces, el empirismo se entendía mucho mejor con Cold Facts. Y entre todo esto, andaba yo buscando lo sagrado en Pasolini y me quedaba pegada a la puta pantalla porque no se puede filmar tan bien, no se puede. Y los rostros en blanco y negro, y el Erbarme dich, y los textos ajenos a los que les daba vueltas e intentar escribir algo decente, y ponerse Il Vangelo en bucle. Las horas no son horas, sólo es tiempo, tiempo informe, da igual martes, sábado, da igual las siete de la mañana o las tres de la madrugada, el tiempo no existe, sólo es un horizonte incierto de continuidad infinita, de cafés y cigarros en la puerta de las bibliotecas, de bostezos y dolor de ojos.

Entre medias, me escapaba al cine o algún reducto de tranquilidad con césped y sol. Volvía a Pizarnik y volvía a Bergman. Volvía a la angustia y a la tranquilidad del blanco y negro, a lo perturbador que tienen las cosas lentas, que trabajan la imagen y la palabra con una lógica del tiempo que no es de este mundo. Y que es justo la ló(gi)ca temporal que se necesita cuando el tiempo ya no existe. Hay veces que hay que volver a crear relojes entre tanto frenesí, parar a escuchar los textos, dejar que hablen, medir las palabras sin metro, sólo a peso interno (las que caen duras, las que arañan las venas, las que pasan sin rozar). Recordar palabras pretéritas (y los relojes saltan por los aires, y vuelvo a vivir en una jaula atemporal de deshoras y meses muertos, y cronologías del azar) y recordar todos los tipos que no entendían por qué se me iba la olla con Von Trier o con Haneke o por qué era importante ir a la filmoteca los domingos o enchufarse tres cintas seguidas, sin dejar que el humo de la habitación se escape. Gente feliz, y esas cosas. Gente que bosteza con los planos secuencia y que no llorará con el funeral del niño albanés de La eternidad y un día



Hace poco discutía a propósito del pesimismo con un tipo optimista, y al final sólo pude decirle que el pesimismo, en el fondo, me hace vivir mucho más feliz que si fuese una persona optimista, el pesimismo me hace no tomarme la vida tan en serio. Entenderla en clave de gran broma final. Y así se avecinaba otro verano, tan maravilloso y terrible a la vez, con mayo largándose sin decir ni adiós y junio llegando sin pedir permiso. Llegaba el verano y el verano con Mónica se terminaba, y cómo se terminaba. Hay veranos que no hay que vivir, y en ese puede que no debería haber entrado, pero la cinta andaba por ahí, exiliada desde hace tiempo, y las apátridas de la estantería siempre me cayeron bien (a pesar de por qué las mandé al exilio) .Recordé ese rostro y el olor de verano, las carreras en plena calle, las cartas sin destino y charlas sin tiempo. Pero había que hacer algo en la vida, había que volver a casa y cerrar el verano, vivir bajo un techo seguro, comer a las horas justas, tener cerrojo en las puertas. Y eso, eso no cabía en un verano, en esa gran metáfora que construye Bergman de la juventud.


Y el tipo hace volver a Mónica a casa, el mismo que bostezaba en el cine, el que sabe que hay que sacar adelante una familia a la que va a venir un niño, el que dice todo va a ir bien (¿cómo iba a ir bien?). Y Bergman se venga, por que Bergman estaba tan enamorado de ella que la filmó como a pocas mujeres, porque retrasó el rodaje con excusas horribles, sólo para quedarse con Harriet Andersson unas semanas más. Y ella, ella no quería volver, (como tampoco Bergman); no se podía volver a casa después del verano, después de vivir con todas sus consecuencias. Volver era crecer, era olvidarse de todo y hacer cosas de persona responsable y normal. Y Mónica no era nada de eso.


Y es que esa mirada de niña/mujer/postadolescente, esa mirada directa a la cámara, que Bergman mantiene durante casi medio minuto, creando una sensación de desasosiego y empatía brutales son imperdonables; porque esa es la misma mirada que seis años después, el pequeño Doinel de los 400 golpes lanzará desde un mar que se abre ante él como el final de su escapada. Y aquí, no podemos escapar a la mirada de Mónica (Bergman no podía escapar a la mirada de Mónica/Harriet) y es quizá, esta mirada a cámara, una manera de autojustificarse, una manera de decir, no estoy loco. Y esos segundos son quizá, unos de los más bellos y tristes de la historia del cine. 


Y se cerraba este verano, y llegaba el mío, llegaba otro incierto camino por tierras del Norte. Pero los veranos no pueden durar para siempre, y luego, luego sólo queda mirar las ruinas en el suelo,(y con suerte, coleccionar fotografías), los calendarios tachados, los días de juventud que se le escaparon a Mónica. Y volver a poner en marcha los relojes. Luego siempre hay que volver a casa. Y ya saben todo lo que implica eso.  Este, en realidad, era un post de domingo, pero se me hizo tarde. 

domingo, 12 de mayo de 2013

"La cuestión humana": 5 notas inconexas

[No voy a ser capaz de escribir un texto coherente sobre La cuestión humana, no quiero sistematizarla ni simbolizarla para entenderla y que no golpee con tanta dureza. Sería terriblemente injusto. Lo único que hoy puedo hacer con ella es arrojar cartas inconexas a modo de collage psicótico. Disculpen las molestias]


(I)
Control- Incineración de Curtis


El Lager-Sachsenhausen


 "De aquí sólo se sale por la chimenea" P. Levi Si esto es un hombre
Fábrica (I) La cuestión humana
Fábrica (II) La cuestión humana

(II)
Estaría bien eso de montar un cuarteto entre los trabajadores que tocan algún instrumento en la fábrica. 

Orquesta de Auschwitz  (Auschwitz Museum)
La cuestión humana
La cuestión humana


Simon es psicólogo en una gran empresa del sector industrial. Allí, por una parte, se dedica a establecer perfiles de los empleados, para ver quién debe ocupar qué puesto o irse a la calle; por otra, crea dinámicas de grupo para poner al límite a los empleados y ver sus reacciones, o monta raves para que la chavalada se desfogue bien a gusto (como hacen los hijos de todos sus empleados, qué se pensaba). Hace relativamente poco tiempo que la empresa ha sufrido una reestructuración, pues se tuvo que despedir/eliminar de la plantilla a miles de empleados. Simon se encargó de establecer los criterios y perfiles de los que debían marcharse: rebeldes, alcohólicos, absentistas etc. Como es lógico, estas personas no interesaban a la empresa, entorpecían la producción, no cumplían las medidas de seguridad... fue racional prescindir de ellos.

Cuando se refiere a estas personas lo hace con el nombre de unidades (Stück-unité), aunque el subtitulado oficial, en este caso, desactiva toda la potencia que tiene esta palabra, una de las claves de la película, la traduce por empleado. Y NO SEÑORES. Traducir en este caso unité por empleado es una injusta humanización que trastoca el sentido de la película. Y puedo llegar a pensar que, 1) El inconsciente de quien lo haya traducido ha querido humanizar el texto, por lo aberrante que pueda llegar a sonar el referirse a los empleados como unidades (y de aquí podría salir otro texto sobre la mediación ideológica del inconsciente en traducción, pero no es el caso), o 2) Que el traductor era un incompetente de primera. Y yo, mientras me cabreaba con el traductor no podía parar de darle vueltas a las cartas de los camiones Saurer, y efectivamente, un poco más tarde en la película, salen a relucir como anónimos acusadores, poniendo en evidencia la inevitable conexión entre la lengua (y digo lengua) de los Campos y la de la Fábrica, ese idioma técnico que crea y permite mundos diferentes, un Newspeak aberrante y homicida. Pero volvamos al origen, al Stück alemán, hay una barrera inconmensurable entre Stück y unité. Se está cometiendo ya un crimen cuando se emplea la lengua para referirse a una persona como Stück, que no quiere decir unidad (sólo en el sentido de algo contable por separado, pero pierde el matiz de unicidad, de único, de unido), sino todo lo contrario, pedazo, pieza, trozo... no es ni tan siquiera una unidad personal (ya ni hablemos de identidad), no hay un uno, es una escisión de una amalgama confusa (de cadáveres amontonados, de hombres grises en la fábrica todos a una, de colas de personas que son un número, de una cifra en un informe). Y en los despachos de la empresa, se habla de unidades para referirse a los despedidos. Y en los informes de los camiones Saurer se habla de unidades para referirse a los muertos. Y el lenguaje puede ser un arma de destrucción y ocultación masiva.


(III)

La cuestión humana es una de las mejores (por no decir la mejor, aunque tampoco sé si hay otras que vayan en esta línea) lecturas fílmicas del Modernidad y Holocausto de Bauman. Toda la escena final podría estar extraída de algún epígrafe de la brillantísima obra del polaco. Aquel mantra que no olvidaré jamás y me repetí cien veces: Era como si la antigua sabiduría se hubiera reformulado: parecía que cuando Dios quería destruir a alguien ya no le volvía loco, le volvía racional.
Esto es: "Había que conseguir el objetivo y la forma de hacerlo dependía de las circunstancias, de unas circunstancias valoradas por los 'expertos' teniendo en cuenta la viabilidad y los costos de vías alternativas de acción"
Esto es: "La deshumanización comienza  ahí cuando, gracias al distanciamiento, los objetos a los que se dirige la operación burocrática se reducen a un conjunto de medidas cuantitativas.

Esto es: "Los objetos humanos [Stücke] reducidos como todos los otros objetos de la administración burocrática a puras medidas, sin cualidad, pierden su carácter específico. Ya están deshumanizados en el sentido de que en el lenguaje en el cual se narran las cosas que les ocurren o que les hacen salvaguarda a sus referentes de cualquier evaluación ética. [...] Sólo los seres humanos pueden ser objeto de los enunciados éticos. 

Esto quiere decir:
-"El único contexto en el que se pudo concebir, desarrollar y realizar la idea del Holocausto fue en una cultura burocrática que nos incita a considerar la sociedad como un objeto a administrar, como una colección de problemas varios a resolver. 
-"Fue el mundo racional de la civilización moderna el que hizo que el Holocausto pudiera concebirse"
                          [Citas extraídas de Modernidad & Holocausto, Zygmunt Bauman]
                                                         
                                                               (IV)
Esto es, La cuestión humana es una cinta valiente que se niega a dar carpetazo al pozo de la Historia y no tiene el más mínimo pudor en poner delante de nuestros ojos, en tonos aberrantemente fríos-fabriles-muertos, la confirmación de la supervivencia del horror. La cicatriz de Auschwitz sangrando y cayendo en forma de lágrima. La cicatriz de la música que aullaba en Auschwitz, la Winterreise que se cuela por las esquinas de esta película, un signo obsceno más de la locura compartida; las locuras psicofónicas de Syd Matters all the kids against the wall, all the kids against the wall. El dolor del propio lenguaje, que remite a alambres de espino, a tratamiento de unidades, deslocalización, Endlösung. El propio director de la empresa,  cuyo padre fue un comandante de las SS, censurando su propio lenguaje, atravesado por la prohibición de un lenguaje que es abismo, que es 'selección (Ausfall), reinserción (Wiedereingliederung), Plan de Restructuración (Umstrukturierungsplan), deslocalización (Auslagerung). Y era un lenguaje tan doloroso, como si el propio Celan hubiera estado redactando esos informes, con la lengua de los asesinos de su familia. Y en ese momento, leyendo esas cartas y documentos, Simon se da cuenta de qué no hay casi diferencia entre las cartas de los Saurer y la manera en la que él habla cada día o redacta un informe para hacer un perfil de acción. No la hay. Y ese momento, en el que uno ve la semilla de Auschwitz inoculada en lo más propio y genuinamente humano, en lo que hace a uno ser quién es, su propio lenguaje, en ese momento algo se rompe. Algo tiene que romperse. Saber: "no fue la probabilidad de que nos pudieran hacer "esto" sino la idea de que nosotros también podíamos hacerlo". Saber que somos la sociedad más racionalmente enferma. Saber que tenemos soluciones para todo. Incluso para la vida de los otros. 

(V)


 [Hay que separar mirada y deseo]
[El deseo siempre te persigue a ti, alma de cántaro]


[Paso de baile 1]
                                                       [Paso de baile 2]
[Paso de baile 3]


El problema de Auschwitz es que nunca podremos dejar de usar las mismas palabras con las que allí hablaban. No es obsceno seguir escribiendo poesía después del Lager, es imperdonable no haber arrancado la eficacia simbólica que tenían todas aquellas palabras, teñidas de modernidad, y que hoy en día, sigan produciendo estructuras paralelas (no digo iguales que me lapidáis) que ordenan nuestra sociedad.  Por eso, uno de los pocos gestos válidos que quedan es truncar el lenguaje, forzarlo, negar su gramática, sus normas. Ya lo hicieron los Pink Floyd en The Wall, We don't need no education. (Y responde Syd Matters en la cinta, all the kids against the wall). Y yo, yo me enciendo un cigarrillo y me aprieto la sien, y salgo a respirar al balcón, y alguien llama por teléfono y no lo cojo, y respiro por el balcón y veo las flores y odio las flores, y echo la ceniza por el balcón y guardo silencio por no poder hablar. Y creo que entonces puse algo de Avishai Cohen, creo que sí. 

Y allí estaban todos, especial agradecimiento a :

Nancy, Huberman, Bauman. Y de fondo, sólo quedaba Avishai Cohen. Sólo eso.