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domingo, 30 de diciembre de 2012

El mecanismo de una sonrisa


Querida amiga:

Últimamente no sonríes como antes, pero te sigues preguntando cada día cómo hacer sonreír a los demás. Te gustaría poder aplicar toda tu lógica, tus cálculos y estadísticas para poder desvelar el mecanismo de una sonrisa. Nos estudias, nos diseccionas con tus ojos rasgados mirando al sesgo, pero sigues sin saber quién eres tú. Me sirves un café, otro café, siempre café. Fumas (de nuevo joder, de nuevo). Y te sientas en tu eterna silla de la cocina en perfecta diagonal conmigo. Y no sonríes, y le das vueltas al café como si fuera una prolongación de tu cuerpo, como si con la cuchara girando pudieses luchar contra ese líquido oscuro que gira en su caos particular. Esperas una palabra. Todos necesitamos una palabra a la que poder agarrarnos, una mancha de tinta que nos recoja y nos hable. Le das vueltas al café como a todas las cosas. Todo gira en espiral.


Reescribiendo la espiral de prometer hacerlo bien, 
De cometer un nuevo error, 

De no saber pedir perdón o pedirlo demasiadas veces 
Y aunque ahora escupo una oración helado de terror 
Ningún dios responde aún 
¿Soy yo el que no ve o es que todavía no se hizo la luz? 


Te hablo de las cintas de Moebius, del fin de la historia, de que no podemos pensar en una filosofía de la historia ni en que haya que llegar a un lugar. Ni llegar a un lugar ni volver a casa, el futuro no existe y nuestra casa estaba en llamas, ¿recuerdas?. Todo gira en espiral y vuelve al mismo círculo enfermo. La cinta de Moebius se retuerce mil y una veces para volver al mismo sitio. La historia, nuestra historia, tu pequeña historia no se mueve por relaciones causales, como si fuera un mecanismo de engranajes oxidados, tu historia se mueve a golpe de sonrisa, a grito de odio, de cosas que son de la tierra y no del papel ni de los números. No hay una puta lógica de engranajes que puedas calcular, lo siento amor, pero no. No puedes hacer una gráfica sobre la melancolía ni sobre la depresión a no ser que seas un estúpido psicólogo que hace encuestas por teléfono. Y sigues obsesionada con descubrir el mecanismo de una sonrisa. Y otra vez miramos la misma mancha de la pared.


En cierta manera te digo que ya lo has descubierto. Porque me dices: ves ahora sé que cuando te vayas a casa vas a escribir sobre esto. Y me arrancas algo y ese algo es una sonrisa y es un trozo de verdad y es una parte de mi que se da la vuelta y se queda sin piel y se queda expuesta y aquí está. Hablamos de la felicidad, de por qué fui tan idiota de no recordar que ya habías leído "Un mundo feliz" y te lo volví a regalar. En el fondo cuando lo vi en la estantería de París-Valencia pensé que necesitabas leerlo (en realidad releerlo), ver cómo esa sociedad en la que puedes adivinar el mecanismo de una sonrisa (media tableta de soma por centímetro cuadrado de infelicidad) es una sociedad enferma, en la que hasta la felicidad es un objeto político (y por lo tanto manipulable, y por lo tanto objeto de consumo, como casi lo es ahora mismo en realidad). 

Y discutimos un par de horas, el café frío y los cigarros en el cenicero. La felicidad está sobrevalorada, la felicidad es una silla y tú y yo no queremos (ni debemos) sentarnos, no ahora. La felicidad tiene que ser la silla en la que te sientes el día de tu muerte, feliz al contemplar todo lo que has corrido. Y qué te hace seguir en movimiento si no es ese pinchazo de insatisfacción, ese mordisco rutinario de infelicidad, el ansia de una utopía que sabes que no existe pero que necesitas pensarla (y no alcanzarla nunca) para no pegarte un tiro a los 20. La felicidad era ese objeto total, ese fantasma que (en el fondo) no deseábamos, era solo un punto de luz ficticia que te hacía seguir y ponerte los guantes de boxeo cada mañana para partir mandíbulas a golpe de sonrisa y respuestas mordaces. Esa era la idea. Y me miraste asustada y me dijiste: ¿y tú?, ¿tú ahora qué? Ahora eres feliz y escribirás cosas de mierda. Y te dije, es probable, me cuesta escribir últimamente, y puede que sea feliz, pero esta no es la felicidad como objeto total de la que andábamos hablando. No quiero ser feliz amor, nunca del todo, no quiero sentarme en una silla y sonreír para la eternidad mientras las moscas se posan sobre mi hombro de mujer apagada y decrépita. Que uno puede estar muy vivo por fuera y tener las entrañas y la cabeza más muertas que el pobre Albatros de Baudelaire. Y la gente feliz está muerta por dentro, porque se sientan en su silla y se quedan ahí toda su vida, asimilándose con la madera. 

Y esto no significaba que había que vivir escupiendo lágrimas por las esquinas y escribiendo los versos más tristes esta noche. No. Significaba que había que estar dispuestos a sacrificarlo todo (incluso la pretendida felicidad momentánea) por ese objeto total inalcanzable. Me dijiste que no te valdría la pena vivir si no cambiabas el mundo, o si al menos no hacías algo que valiera la pena por mucha gente, porque te valen las sonrisas ajenas aún cuando no conoces las propias. Y lloré de felicidad por dentro, porque volví a ver esa ilusión en ti de saber que no lo vas a conseguir pero sin embargo, tener claro que lo vas a sacrificar todo por intentarlo. (Y ahí ni entran los cálculos, ni la lógica sistémica, ni la historia como progreso, ni la causalidad, ni la fórmula mágica del algodón, ahí solo hay una cosa: pasión). 

Querida amiga, no espero que vuelvas a sonreír como antes, no quiero que seas feliz. Quiero que tu infelicidad sea tu fuerza creadora, la necesidad de alcanzar una forma total, de descubrir el mecanismo de las sonrisas ajenas. Y después, llegará el momento en el que te sientes en tu silla, espero que dentro de muchos años, casi tantos como puedas imaginar, y que en ese momento en el que entres en contacto con la madera descubras, por primera vez, el mecanismo de tu sonrisa. 

Tu amiga que te quiere,

Núria M.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Caótica retrospectiva del caótico 2012 (I)


Echando la vista atrás, no me caben en los ojos la cantidad de cosas que este año han ido desfilado feliz e infelizmente como una sucesión de momentos inabarcables. 2011 cerró algo agridulce (creo que esta fue la expresión que usé), y 2012 ha sido una montaña rusa de sabores y sinsabores, pero, que para que negarlo, ha sido lo más maravilloso que llevo vivido (hasta la fecha). Se me ocurren mil motivos, pero ahí van unas cuantas pinceladas que intentaré en otro post sintetizar/explicar mejor. 

Empezar filosofía, Interpretar en la UIMP, los insomnios, la saga Doinel, Rayuela, Shame, Prenzlauerberg, Alejandra Pizarnik, miércoles de jazz en el B-Flat, jornadas de 15 y 17 horas, empezar la novela, Londres, Bergman, Mauerpark los domingos, terminar mi primera Moleskine, que me regalen otra, regalar una a alguien y que sonría como la primera vez, L'Habitació Blava, Zanahorias, La Mujer Rota, Babel de los Mumford, Contraescritura, La insoportable levedad del ser, Tarkovski, Memorias del subsuelo, La prosa del observatorio, cafés en tu cocina, vivir sin whatsapp, Cosmopolis en el Café Cinema, recibir la primera edición de 100 años de soledad, Fanny y Alexander, el Malestar en la cultura, Historias de Cronopios y Famas, el New-York New-York de Carey Mulligan, Coulant de chocolate en la Plaça del Diamant, leer Modernidad y Holocausto en el campo de concentración, el Santa Tierra Desterrada de Casariego, hablar de Bach en el Biergarten, Show de Beth Gibbons y su puta voz rota, la escena del cine de Masculin-Femenin, One Day de Asaf Avidan, Haneke, Vértigo, traducir a Cavell y a Critchley, Verdad y Método, La Noche Eterna-Los Días no Vividos de Love of Lesbian, comprar billetes para París, El lado oscuro de mi corazón de Subiela, el Valtari Film Experiment de Sigur Ros, entender algo mejor a Derrida, celebrar los 19 acompañada de las personas que más quiero, los seminarios de Llinares, Elephant Gun de Beirut, Zizek, los domingos en el Café de las Horas, el M-10 pasando por el puente del Oberbaum, el mercado de libros antiguos de la Museum Insel, Camden Town,  Von Trier (again), Requiem por un sueño, Jake Bugg, Control-Joy Division, pintar párrafos de Rayuela en la pared (varias veces), llenar otra estantería de libros, las clases de Sevilla, las traducciones literarias, empezar a investigar, Qué es Metafísica con Jiménez, elegir destino Erasmus, siestas épicas en Tiergarten, casi perder dos vuelos, el capítulo 7 de Rayuela, el 21, el 28, el 36 y el 56, andar por los cables, Vivre sa vie de Godard,  las primeras frases de mi sobrino, enviar cartas a mano, el Kind of Blues cada domingo, el concierto del Royal Albert House de Adele, decidirme a comprar el Ulises, empezarlo, Incendies, volver a Poeta en Nueva York, rendirme ante Memoria Iluminada, Con todo el dolor del mundo en el rostro, Belice y mil veces Belice, Houellebecq, Mustafa's Kebab, los post de domingo, los post de Nueve Tragos, el corto pseudoconceptual, Samson de Regina Spektor, volver a caer en Dylan una y mil veces, volver a hundirme en Joplin un millón y medio de veces, Freud explicado por Sevilla, la entrevista a Cortázar, Hannah Arendt, la edición de los fragmentos póstumos de Baudelaire, la poesía a medias, escribir casi sonámbula, seguir llegando irremediablemente tarde a todos los sitios, quedar finalista en el premio nacional de Blogs, Kastanienallee, Anticristo, el Café Ubik, el Mercat dels Encants, Feeling Good de Nina Simone, cantar Wonderwall en el Mauerpark, domingos de invierno felices, Sacrificio de Tarkovski, que suene un saxo de noche al cruzar en puente del Oberbaum, el punto siete del Tractatus, la sección de Ofertas de París Valencia, Castoriadis, González-Requena, Tame Impala, el secuestro más feliz de la historia, empezar a negociar con Pre-Textos una traducción, Theo Angelopoulos y el artículo que publicaré sobre él, los Hermanos Karamazov, el Acoso de las fantasías de Zizek (y Seis reflexiones marginales sobre la violencia, y En defensa de la intolerancia y apuf), las últimas cinco páginas de El amor dura tres años de Beigbeder, Hey Jude, Hey Jude, Hey Jude, Alegrías del incendio, Brown Eyed Girl y nuestra lógica de lo inefable, la primera página de tu Moleskine, sobrevivir al Apocalipsis.

En fin, literatura.

PD. Yo, me quedo aquí. Mirando el Spree desde la orilla de Kreuzberg, y creo que en el reflejo de sus aguas, me vuelve a venir toda esta caótica serie de imágenes del año en el que el mundo no se acabó.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Prosas para el fin del mundo

Let the show begin
Let the clouds roll
There's a life to be found in this world [...]
But it's all just a show
A time for us and the words we'll never know
And daylight comes and fades with the tide
And I'm here to stay
(Beth Gibbons, Show)

Desde la ventana se veía un planeta azul. Las gentes corrían, gritaban, se mesaban los cabellos, escapaban hurgando en la Tierra. Pero afuera solo había un planeta azul. Las gentes lo lloran. Solo es un planeta azul. Aferrada a su luz, en un acto estético surrealista viene parapetada la orquesta del fin del mundo. Los siete ángeles con las siete trompetas, Wagner resucitado dirigiéndo la comitiva. Suena el preludio. Tristán e Isolda. Huele a muerte. Pero quizá muerte de fénix, muerte estética en el fuego azul, cenizas con sentido. Por primera vez con sentido.
 

 
Desde la ventana pienso en esa vieja fantasía de "y si todo desapareciera", si el cristal no fuese más cristal, si todos los ojos del mundo se cerrasen, si hubiese de una vez silencio. Imagino, en un acto de dudosa validez metafísica, un mundo de Nada. Me topé con Heidegger, vuelta a las palabras y a la estúpida trascendencia que no hace que el planeta azul se vaya. Un mundo de simple nada. Incluso un mundo en el que las cosas no fuesen más de lo que son. Hay un planeta azul a lo lejos, la gente grita. Solo es un planeta azul. Construimos realidades y objetos con palabras, es un planeta, solo un planeta. Lloráis por todas las palabras que le habéis echado encima, gritáis porque el planeta azul se va a llevar todas las palabras y os sumirá en un silencio insondable.

Al principio fue el verbo, al final es el silencio. Pero suena el preludio, como una única palabra que merece despedirse del mundo, o al menos de este mundo tal y como lo entendemos. Me duele el pecho y no tiene nada que ver con el planeta azul que se ve por la ventana. Simplemente me duele el pecho, me duele la piel. Son los gritos ahogados entre huesos, resistencias inconscientes ante el silencio que nos invadirá.

Hay demasiado ruido en el mundo, demasiadas palabras, demasiados significados que cada vez quieren decir menos. De qué nos sirve una palabra que no logre cambiarle la vida a nadie. Solo para llenar angustiosos vacíos de silencio. Afuera hay un planeta, y puedo seguir diciendo lo mismo para que no tengas que escuchar tu silencio o voz interior durante unos minutos. Afuera hay un planeta, afuera hay un planeta.

Yo necesito ese planeta.
-La Tierra es cruel, nadie la echará de menos.
-A veces te odio tanto Justine.

Necesito que una luz azul se lo pueda llevar todo, y recomenzar, recomenzar. Que de la ventana me venga la luz de un mundo nuevo, o un mundo negro o un mundo de Nada. Pero otro, con montañas cóncavas y mares escarpados, cielos verdes en el suelo y guijarros poblando las nubes. Donde la gente no sonría cuando quiere matarte, y nadie ande cuando no quieran sus pies.Quiero que el preludio de Tristán e Isolda sea lo único que quede antes de volver a recomenzar bajo una luz azul de nada.

Afuera hay un planeta, las gentes lo lloran, los árboles se rompen bajo su luz, la tierra sacude su manta de estepa y todos salimos volando. Los ríos escupen sus aguas y las montañas quiebran sus picos. El silencio le gana a las palabras, absorbe su tinta y todo se hace negro color nada. La gente llora, solo es un planeta.



Y yo solo le escribo cartas, cartas como esta o esta (Retórica apócrifa para el Apocalipsis) las últimas cartas y me vuelvo a esconder detrás de las palabras, que son mi cabaña, mi casa, el refugio de todos los silencios. Y se acabó.




 

lunes, 10 de diciembre de 2012

Mi cine de las cafeterías: un café con Doinel y compañía

Por aquel entonces andaba yo dejándome caer por las cafeterías de un París en blanco y negro. El Café de Flore, el Deux Magots, aquel que no tenía nombre. Me asomaba de vez en cuando, en esos momentos en los que el reloj miraba hacia otra parte, me colaba por la pantalla y andaba como un intento de funambulista, entre la realidad y el cine, siempre tambaleante, siempre indecisa a la hora de caer de un lado o del otro. No me importaba caer en el suelo frío de los cafés parisinos, allí encontraba a los cómplices. Andaban por aquellos lugares el viejo de Truffaut, Godard y el pobre, pobre de Eustache... y toda su maldita prole, claro.

Os lo voy a confesar, volvía una y otra vez a las cafeterías para encontrarme a Doinel. Y digo Doinel, porque él es más Léaud que el nombre de Léaud. Da igual donde me lo encontrase, si se llamaba Alexandre o Paul. Él ya no era Jean-Pierre Léaud, era siempre Doinel, tenía los ojos de Doinel, sus ademanes y su incapacidad para hacer las cosas bien. No tengo claro hasta que punto uno era el personaje y el otro la realidad, o si al final fue el cine quien se tragó al pobre Jean-Pierre. Problemas de identidad aparte, ya os he confesado que andaba siempre buscándole por allí. Quizá por esa cara blanca de niño perdido o esa mueca de indecisión permanente, o por aquellos ojos que solo sabían ver y desear a la vez. Él tomaba incluso más café que yo, y fumaba con la pasión de esconderse del mundo tras el humo. Yo me encendía un pitillo y lo miraba desde la barra, acompañada solo de un café y un periódico al estilo francés, es decir, con aspiraciones a sábana. Él, con su habitual mirada aleatoria y maravillosamente perdida leía a Balzac y abordaba a todas las mujeres que pasaban. A algunas simplemente les preguntaba su nombre, otras las paraba porque le recordaban a Christine o a Sabine. Solo quería verle aparecer, como por casualidad, con esos andares aleatorios, como si el mundo le empujase a cada paso sin dirección foja. Sonaba Delerue y en su cabeza un niño daba vueltas en un artificio de feria con la sonrisa más verdadera del cine. Esa sonrisa que volvía años después en L'Amour en Fuite.



De vez en cuando también andaba Nana por allí, con su sempiterna melena francesa y esa cara de ser bella hasta que duele ser bella. Entre servicios y cambios de medias se sentaba a fumar tranquila, abordaba a cualquiera que quisiera escucharla un rato. Paradójicamente pedía silencio. Aún no lo recuerdo de alguna vez que me decía, ¿por qué no podemos vivir en silencio?, a ella le dolía el lenguaje tanto como a mí, su dictadura era un cristal a medias entre la piel y el aire. Filosofía barata de cafeterías, pero no por ello menos necesaria y urgente. Un poco de metafísica entre polvo y polvo nunca venía mal e incluso, cabría decir, que era necesario para ella. Con un ansia de levedad, de no ser más de esta tierra ni de las palabras que aquí crecen, con deseo de despegarnos del lenguaje y del asfalto y poder así, de una vez, ir a oler la lluvia al lugar en el que se inventan las tormentas.







Nana se marchó rápido aquel día, tenía un cliente, y a esos la metafísica les importa poco.  Al poco vino Doinel, aquel día se llamaba Alexander. Se cruzaron un momento en la puerta, y ya fue raro que no cayera a sus pies de diosa de bares. Pero aquel día él andaba triste y detrás de una mujer, como siempre. Creo que la quería. Traté de oír algo de su conversación. Me estaba metiendo en terreno muy pantanoso, en celuloide asesino, aquel que Eustache llenó con fotogramas de los que se te quedan clavados en la retina para siempre. Aquel cine cruel de las cafeterías. 








En ese momento entendí muchas cosas. Entendí que quería quedarme en aquella cafetería. Llorar esos fotogramas. Sentarme frente a Alexander/Doinel/Léaud, mirarnos de frente y vernos como hermanos de la misma maldición. Querría haber corrido con el por aquella playa finita de Los 400 golpes, haber mirado después de esa carrera contra la vida a la puta cámara para romper al espectador, sentarme un par de filas más atrás en el cine de l'Amour à vingt ans. Ir a ver Juana de Arco y bajar la cabeza porque estábamos tristes, esta no era la película de nuestras sueños, no era la película total que cada uno lleva dentro, esa película que querríamos hacer, y sin duda , que querríamos vivir. No era mi película. Yo solo estaba de paso por esas cafeterías, solía estar allí los domingos, cuando me entraba la nostalgia del blanco y negro y las calles parisinas. El mundo se cambiará en las cafeterías. Mi mundo cambiará en las cafeterías con cómplices y ajenos a horas intempestivas. Todo era un más allá del café dulce o amargo, una transmutación ontológica de los posos de café o cualquier estupidez que se nos ocurriera. Pero necesitábamos hablar, lo siento Nana, pero tu silencio era imposible y era cruel. Y Doinel lo entendía, sabía que de la tragedia se habla con un café delante. Que nada importa, ni mayo del 68, ni la revolución, ni los ascensos o la casa de veraneo en primera línea de playa cuando todo tiembla bajo tus pies. Y la tragedia era un amor más grande que la piel, la mediocridad, la cobardía, la lucha insomne contra lo normal, contra la vida ordinaria. Abajo la república de los cobardes, que decía Léaud en Masculin-Féminin. Los cobardes piden café descafeinado y aman solo con la mitad de los ojos. Nunca llegan a brillar del todo por miedo a ver nacer lágrimas. Y por no llorar, se acaban secando.




Luego llegó otra chica, a ella sí que le brillaban los ojos. Llevaba un manto negro como su piel vista por detrás de las venas. Miraba arrojando piedras por los lacrimales. Ella era un caso grave de Doinel. No se puede explicar con palabras. No se puede. 


Creo que no se le puede perdonar a Eustache ciertas escenas. Después de filmar La Mamá y la Puta su suicido estaba escrito. Quizá desde el minuto 10 de la película. Quizá. Pero a pesar de la Mamá y la Puta -cinta sobre la que creo que en un buen tiempo no me atreveré a escribir-, a pesar los pesados párpados de Nana, la sonrisa siempre insatisfecha de Doinel, qué queréis que os diga. Aquellas cafeterías eran lo más grande de la vida, eran la vida y a mí, no me hubiese importado quedarme allí sentada mirando desde la barra cómo iban y venían todos, enfermos de modernidad y amores imposibles, enfermos de humo y de café, de París, de putas, de amantes, de escritura, de cine, de tanto cine. Quizá en las cafeterías en color ya no se salva a nadie, se habla de fútbol y de paro, de política barata. Pero joder, mayo del 68 ya no importaba. Decía Pizarnik: la revolución es mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos. Y Doinel, aunque era un desertor, era un rebelde de la vida, que amaba siempre por encima de sus posibilidades y enfermaba de grandeza estética cada día, tenía un hijo y le decía "o será Víctor Hugo, o no será nada", le ponía velas a Balzac y yo se las pondré a él. Cómo enfermábamos de cine. Todos podríamos enfermar de cine, esa dulce enfermedad de querer quedarse a vivir en la pantalla. Pero en realidad, lo único que quería era decir: -Doinel, ¿me invitas a un café?, quiero volver a recordar tu vida, todas tus vidas. Quiero que mientras suene l'Amour en fuite me vuelvas a contar esa historia que me encanta. La del hombre que nunca aprende a amar y aún así, es imposible no caer a sus pies de niño apátrida, hijo de las minisalas y de Balzac, huérfano de un corazón que no es de este mundo, condenado a llevar su peso por mucho que la película cambie y quiera hacernos creer que es otro. Doinel, no le eches azúcar al café y mírame a los ojos otra vez.