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miércoles, 28 de noviembre de 2012

Reflejos

Yo soy la que sonríe a medias y finge no saber quién eres. La que al olvidar recuerda.
Yo soy un universo ajeno que rompió las reglas. La que siempre hace que las cosas se rompan sin sentido.
Yo soy la que busca a pesar de todo, y se equivoca estrepitosamente. La que vive en nombre del goce.
Yo soy la que llora en el altar de ella y lo vela cada día en nombre del amor. La que enciende velas para otra.
Yo soy la que mira muerta desde el suelo contigo en la pupila. La que necesita remedios de Edipo.
Yo soy la que no es y quiere ser y no es ella. La que tiene problemas metafísicos.
Yo soy la que mira un cuchillo para ver algo menos mortal que tu cara y se esconde tras un filo.La que se esconde.
Yo soy la que se pinta de rojo los labios antes de matar. La que apura el rouge como la sangre.
Yo soy la que sueña con un poeta en Père-Lachaise. La que vive en nombre de la estética.
Yo quisiera ser dentro de muchos años ese trozo de piedra. La que se rinde ante los pies del castor.
Yo soy la que mira sin mirar y se ahoga por dentro preguntándose por qué te vuelves loco. La que se vuelve loca con Love will tear us apart.
Yo soy la que escruta la negrura en busca de un planeta azul, la que no tiene una palabra. La que piensa en el Apocalipsis.
Es difícil de entender, yo soy otra. La que quiere ser otra.
Todas ellas, ninguna
Yo siempre soy otra
Yo siempre tengo ojos de otra
Y siempre miro con temblor
al encontrar otros ojos.
 
 
[Copia certificada-Domicilio conyugal-Fanny y Alexander-La habitación verde-Los amantes del círculo polar-Vértigo-La peau douce-Paris Je t'aime-Control-Melancolía-Vivir su vida]

lunes, 26 de noviembre de 2012

Barcas de piel


/Lapeaudouce/

Una sonrisa planetaria
que orbita sin rumbo 
alrededor de las bocas.
Tan hecha constelaciones,
oscura brecha de universo,
como un salto de agua al vacío.

Una sonrisa grapada
insumisa de la tristeza
elevada sobre montes de piel
rebelde como la primera rebelde.

Una sonrisa anclada
en el fondo de la mejilla
de salitre con miradas ajenas
que son partida, pañuelo y puerto.

Dos sonrisas miméticas
que libremente coinciden siendo una
dos sombras que se hacen la misma sombra
y se arrojan toda la luz del imposible mundo de tierra
y se imitan, nunca solas
y se ríen, rompiendo silencios
dibujando barcas de mares sin calma,
pero con tempestad alegre,
y desiertos de piel curvados.

sábado, 17 de noviembre de 2012

De silencio

(Robert Frank, en "Los Americanos")
La fuerza del silencio es la de un eco negador del lenguaje. Es posible amar calladamente, pero quizá solo hasta cierto punto. La auténtica incapacidad de hablar viene con la muerte. Morir es dejar de hablar." (G.Steiner, La poesía del pensamiento)
"No podemos pensar lo que no se puede pensar, por tanto tampoco podemos decir lo que no podemos pensar" (Wittgenstein, Tractatus, 5.61)

Dentro:

Yo no sé de pensar el silencio. No sé de pensarlo porque no hay palabras de silencio, son inefables vestigios de la angustia del ser. Ni sé pensar en silencio interior. El silencio interior no me existe, no lo conozco y lo busco. Solo a veces. Las voces en el cráneo son sonatas a deshora, cada una viene con su canción desde una esquina diferente de la cabeza y se unen en el mismo epicentro de los huesos para que ese orfeón caótico acabe rompiendo las venas y los recuerdos. Yo solo pido un silencio atronador que haga estallar los tímpanos de quietud, que un blanco de leche de estrellas manche hasta el último poro de la piel de la mente. Quiero un silencio egoísta y solo propio, no quiero un silencio fuera de los ojos ni más allá del aliento seco que se alimenta del invierno. Un silencio de paz interna, sin voces, ni versos, ni recuerdos, ni utopías.Un silencio de labios para dentro, enraizado en los dientes y clavado en la garganta como el más dulce de los hierros. Cosido por la piel con voces calladas, para que no se vaya fácilmente y tenga siempre un reducto silencioso en alguna parte de dentro, cosido en la parte de detrás de la piel Ni murmullo de venas, ni huesos quejosos, ni gritos internos que me condenan al insomnio crónico. No. Quiero que muera la voz.  And all the rest is silence. O, o, o. [dies].

(Robert Frank, en "Los Americanos")

Fuera:

Y que a partir de mi boca no haya silencio. Que haya una palabra que rompa el aire para que luego pueda entrar yo en el mundo, una voz que se parezca a la mía y que casualmente sea la mía, una voz que sea adalid de mi boca ajena y exiliada del mundo silencioso. Una linterna, una vela, puede. Una palabra y un sonido que vayan unidos y alumbren lo real, que lo atraviesen lo rompan algo más de lo que está y me lo devuelvan hecho un pedazo de oscuridad comprensible. Y un poco más allá quizá haya otra boca luchando contra el silencio de más allá de los labios. Un museo de luchas contra el silencio en el que de repente una palabra colisiona contra la otra y nace una luz que atraviesa piel y retinas. En esa batalla perdida de antemano hay dos sillas, una frente a la otra que sostienen piernas plegadas para que no caigan. Y sobre las sillas dos sombras con los ojos tan reales como gotas suicidándose contra el parabrisas. Ojos tan reales que se pueden atravesar con un portazo, con una caída de párpados tan pesada como ola que se desploma en vertical. Cuando los ojos no son reales son de plástico. Son simples bolas redondas y pintadas con la dirección prefijada para saber dónde mirar, con la vista marcada para toda la vida y un silencio envasado incapaz de decir nada más que la palabra plástico, son ecos de ojos. Los ojos de plástico no sufren, ni se lloran, ni se inundan, ni sonríen, ni enrojecen conquistados por la rabia. Es difícil no andar topándose con miradas de plástico por las calles, pero de repente, un ojo vulnerable y brillante te mira y te da una palabra para habitar en el silencio.

Pero aquí están las sillas sobre las que había dos piernas pegadas con dos sombras y dos ojos reales, estos ojos son los que saben gritar. Cada parpadeo empuja un grito hacia el vacío, desplazando el aire con los hilos de pestaña, que arañan el viento en un intento inútil de agarrarse al aire y quedarse ahí suspendidos y volando a medias. Y de los ojos y las bocas brota un puente de tinta y sonidos que son voces distantes, pero que colisionan y se rompen la una a la otra; y una vez rotas, crean juntas mundos lingüísticos en los que quedarse y solo entenderse entre ellas. Incluso en estos puentes de tinta y voz puede haber silencio, silencio de los que callan porque hay demasiadas cosas que decir, y para poder rozar esa enorme verdad que se esconde en la quietud, solo queda el silencio y solo el silencio puede expresarlo. Una palabra ahí sería una triste imitación, sombras chinas en la pared. La N de nada. También hay otro silencio, el silencio peligroso de cuando no queda nada por decir. Ahí los ojos se vuelven de plástico y se obligan a sonreír. Quizá digan palabras sin sentido y huecas, que no dejan de ser otra forma de silencio. Ya sabes, Words, words, words.

Conjunto:

Si hay silencio fuera de la boca, que sea silencio de la palabra que nos sobrepasa, no de la que no existe. Hasta que llegue ese momento, por las comisuras se seguirá escapando tinta, el cuello se seguirá manchando de tinta derramada en forma de letras que se escapan. Y quizá algo de esa tinta llegue a romper la realidad para escribirla a mi modo. 

La batalla interior, creo que la doy por perdida. Tengo la cabeza inundada de tinta negra que grita de madrugada. De vez en cuando la dejo salir para que no ahogue los recuerdos, ni la memoria, ni las ideas. Normalmente queda ahí, estancada y pantanosa, tratando de adoptar mil formas caóticas y no tan caóticas. A veces se escapa en un grito, a veces me crujen los huesos, a veces simplemente, hace ríos finos por la mejilla. 

En el principio fue el verbo, al final solo el silencio quedará. Entre medias, busco una palabra.

(Robert Frank, en "Los Americanos")

sábado, 10 de noviembre de 2012

Remembering Berlin (I)

-Siestas épicas en Tiergarten-

Por la mañana el sol entra atropelladamente, en Alemania tienen la curiosa costumbre de no tener persianas. Me encanta. Me encanta despertarme maldiciendo la luz y no al despertador. Antes de salir de casa miro el enorme mapa que está colgado en la pared del salón, aleatoriamente y cerrando los ojos apunto a un lugar de nombre casi impronunciable. Cargo la mochila de libros, la cámara de fotos, la Moleskine, y a volar. Bajo de cuatro en cuatro los escalones de los cuatro pisos que se despliegan en forma de escalera bajo mis pies. Bajar puede llegar a ser incluso divertido. 

Aire fresco, Jablonkistrasse número 19, Prenzlauer-Berg (o el mejor barrio del mundo).Milagrosamente hace sol. Parece que alguien haya sobornado al verano para que desencadene al sol más de lo habitual. En todo caso, ¿qué importa? Corro para coger el tranvía, aunque pase uno cada dos minutos, una no se quita la manía de Valencia de ir corriendo a todas partes. M-10 dirección Kreuzberg. Y con la cara aplastada contra el cristal, y los ojos brillando de fascinación absoluta, de reproche por una pérdida anticipada y por un echar de menos antes de hora, la ciudad atraviesa el tranvía, o al revés, o simplemente la ciudad está en mis ojos y mis ojos se construyen en la ciudad atravesada por mi mente, por las vías del tranvía y por mis ojos que brillan. Siempre escucho a algún español hablar más alto de lo normal. Me imagino si quizá en unos años estaré yo hablando por encima de mis posibilidades y tono de voz en el M-10 volviendo a casa o cortando la ciudad con la mirada. Cruzo Frankfurter Allee, hoy no toca ir a clase y enredarse con casos, género, verbos irregulares y demás cosas que ahogan a una en la ciudad. Y por Warschauer St. se me escapa una sonrisa, recordando noches de insomnio y de electrónica, neones, jazz, Club Mate, lugares que no sé recordar, pasos poco decididos, trastabillantes buscando el letrero del M-10 para volver a casa. El tranvía flota sobre el puente del Oberbaum, y se me encoge algo dentro. Es LA vista, ese es mi Berlín, el del puente Oberbaum, el que llevo tallado en la retina. Creo que he cogido el tranvía cientos de veces solo para cruzar el puente y que esa cosa que se encoge ahí dentro, detrás de la piel, se encoja tranquila con la Fernsehturm de fondo, el río Spree serpenteando ancho y colosal. La vista solo dura unos segundos. El tranvía avanza inexorable. Me encojo. Quiero atravesar el cristal de la ventana. Pero huye hacia la última parada y ya queda atrás el Oberbaum.

La gente no se agolpa en la salida. En un par de pasos estoy en la estación de metro, para hacer transbordo. Qué aburrida es la palabra transbordo. Pero en Berlín ni hacer transbordo puede ser algo normal y rutinario. Una se coge una cerveza/Club Mate/Fritz-Limo para el camino y se sienta a observar el estampado de los asientos del metro. Llego a la conclusión de que las los psicotrópicos calaron hondo en Berlín. Probablemente los alucinógenos más. Viva el imperio del kitsch. 

 Y bueno, por casualidad el dedo sobre el mapa había dicho de ir a Kreuzberg. Señores, el dedo manda. Bergmann St. esquina con Schleiermacher St., los pies empiezan a golpear el empedrado rítmicamente. Huele a Kreuzberg, sí, profundamente. Huele a dulces turcos, huele a librerías viejas, a vinilos girando, huele a un mercado de fruta. 


Los libreros tienden libros en el escaparate. Probablemente alguien estuvo leyendo el Werther en algún rincón de la cueva en cuestión y lo inundó todo de lagrimas con manía de hacerse mares. Busco entre los títulos en español. Alguien me regala un libro de Kerouac. Por tu cumpleaños adelantado, y esas cosas. Doy gracias a que mi alemán sea una cosa triste por definir, si pudiese leer bien todas las joyas que hay en estos sitios... me hubiese gastado la herencia (¿qué herencia?) al completo. No sé si he hablado en algún momento sobre mi fijación con las librerías de segunda mano y la compra compulsiva de libros que ni con días de 60 horas podré leer. Bueno, si no lo he hablado nunca, pues ahora: hablo. Me arrancan de las estanterías, y otra vez los pies en la calle. Es domingo, hay Flohmarkt  (mercado de segunda mano de cosas inimaginables que molan que no veas). Lugares curiosos los Flohmarkts... uno encuentra todo lo que jamás hubiese pensado.

Un bolso en forma de pez, ediciones con grabados originales del Quijote tirados en el suelo, una dentadura, un abrigo de visón por 25 €, vinilos inencontrables, vinilos esperables, uniformes soviéticos, ay me quiero quedar aquí,  guías de viaje, el Principito en japonés, máquinas Polaroid, la porcelana de la abuela, flores de fieltro, dejarlo todo e irse a Berlín, y cosas por el estilo. Y respiras ese aire que entra tan limpio, que te cose por dentro y te transmite una calma que parece inimaginable en una gran ciudad. Suena música, alguien toca la trompeta como Dios. La gente sí se para a escuchar, la gente sonríe, no todos, la gente echa monedas, y suena Little Girl Blue. Y llegados a este punto, ¿cómo no decir que esto me ha cambiado?, ¿como tener la poca consideración al negar que no vuelvo siendo yo-como-yo-antes? Cuando una ciudad alquila una habitación detrás de la piel y acaba colonizando toda tu casa, sabes que nunca se irá de allí. Es una inquilina, una inquilina maravillosa, un centro, un kibbutz, un recuerdo que te puedes leer en la piel y en los nudos de la melena, en las arrugas de sonrisas, en los ojos mirando hacia arriba, justo de ese modo en el que sabes que has vuelto a estar allí, aunque solo sea con la mirada cruzando la ciudad que existe en ti.