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lunes, 29 de octubre de 2012

Soneto XII-W. Shakespeare

 

Cuando oigo la voz del reloj que dicta el tiempo
Y contemplo el luciente día hundiéndose en la aterradora noche;
Cuando observo la violeta marchita tras la flor de la vida
O los antes azabaches rizos,
ahora de blanco argentados
 

Cuando a los pies de los majestuosos árboles solo quedan yermas las hojas
Que un día fueron abrigo y calor para los rebaños
Y el verde del verano quedó prisionero en gavillas
Llevadas en andas de canas y erizadas espigas
 

Entonces me vuelvo hacia tu belleza
Que a pesar de los embates del tiempo fenecerá
Pues los encantos y la belleza por sí solos se evaporan


Y sucumben tan rápido como otros brotan
Y nada contra la guadaña del tiempo puede proteger
Salva pues a los niños, para burlarla cuando te lleve.
 
Traducción de Andrea Grau y Núria Molines
 
Sonnet XII-W. Shakespeare
 
When I do count the clock that tells the time,
And see the brave day sunk in hideous night;
When I behold the violet past prime,
And sable curls all silver'd o'er with white;
When lofty trees I see barren of leaves
Which erst from heat did canopy the herd,
And summer's green all girded up in sheaves
Borne on the bier with white and bristly beard,
Then of thy beauty do I question make,
That thou among the wastes of time must go,
Since sweets and beauties do themselves forsake
And die as fast as they see others grow;
And nothing 'gainst Time's scythe can make defence
Save breed, to brave him when he takes thee hence.
 
 

miércoles, 24 de octubre de 2012

Jaulas de vidrio



No hay mañana, 
en las estrías del tiempo 
quietas y acompasadas,
derretidas a segundos
de un mundo sin horas.

No hay mañana,
en la palabra desbordada
por el acontecer puro del ser
por la voz ahogada ante la nada.
No lo hay al borde de la voz,
que muda queda ante la nada.

En la angustia compañera,
bajo gravilla mil veces pisada
de suelas impares que marchitan flores,
tierra humillada de huellas humildes,
humillada de pies sin nombre.

Un día perseguía al hoy,
en una imposible extensión de ahoras
que quebranta impíos relojes,
jaulas de vidrio a solas,
relojes de nada y de horas.

Y no hay mañana posible,
para el ave que migra
y es una mancha exiliada en el cielo;
ni para el que anda, a ciegas bajo la lluvia,
hundiendo su ser en el asfalto.
Tampoco para el que adora altares 
de noche y de ventanas.
Pero quiero mañana para esta hora.

Y en la nada a la intemperie,
que sujeta paraguas amarillos
o en el vuelo raso bajo tierra,
de raíces de árboles eternos
y en aquellos que no saben,
de andar recto,
o en aquellos que no preguntan,
si mañana existe,
o es tan solo,
otra invención más
de los relojes que no quieren morirse.


martes, 16 de octubre de 2012

La escritura, el porqué (Primer aniversario)

Hoy hace justo un año que empecé a escribir por aquí. Echando la vista atrás me encuentro con 65 entradas, 65 voladas de cabeza, algunas mejores, otras rematadamente malas, pero al fin y al cabo, son mías con todas las consecuencias. Leyendo algunas recuerdo grandes momentos de este año: las horas con Simone de Beauvoir, Von Trier, Dostoievski... descubriendo a Truffaut y a Bergman, amando a Doinel/J-P. Léaud, recordando días pretéritos, y a Lorca, a Benedetti, a Baudelaire, a Cortázar. Quizá otros no tan buenos, algo llenos de melancolía, humo e insomnios, palabras rotas sin sentido en la puerta trasera de algún bar, incendios políticos de rabia e impotencia, incertidumbre. También andan por ahí algunas cosas que translucen de mi psicótica Moleskine, a la que le debo una entrada, que hoy la he terminado; las primeras entradas en Contra-Escritura , Berlín, París, Rayuela (ay, Rayuela) y todos los amigos que van y vienen, los que se quedan, los que abren la ventana. En fin, un pequeño cajón desastre de una existencia algo caótica en el que una suele verter pasiones, obsesiones, dilemas y sandeces varias (por ese orden). Hoy, me gustaría recuperar un texo que publiqué hace tiempo en Contraescritura, donde intenté explicar mi porqué de la escritura. Hoy es un buen día para recordarlo, y quizá matizar algunas líneas. Gracias a todos por perderos por aquí, por los comentarios, por vuestras palabras.

Núria M.




¿Por qué escribo?, dime, ¿por qué?, hoy me sorprendo frente a la pantalla a solas con las letras y las comas preguntándome el porqué. Supongo que es una elección vital, unos beben, otros muchos se drogan, otros compran sin control, yo escribo. Y escribo porque me quema, porque hay algo que me corroe las venas por dentro, que llena de óxido mis pretéritas entrañas y sopla vientos negros como palomas sucias del polvo de la historia entre los recovecos de mis huesos doloridos. Y sé que no es excusa, ni pretensión de cobardía, que quizá sería más valiente subir a las azoteas del mundo y gritar por el dolor, por los vendavales de la vida y por todas las palabras que no llegaste a decirme. Pero yo elegí las subordinadas como modo de vida, y puede que haya perdido la apuesta, pero solo sé vivir así, no hay otro puente entre precipicios ni camino bifurcado en este bosque de hoja caduca. Y escribo porque estás en la ventana, y las cornisas queman, y los cables de la ciudad son caminos de cristales por los que hacer equilibrismos de noche.
Y escribo porque quema, ya lo dije, ¿no?, pero es que no hay otra razón, escribir para entretener, para pintar un cuadro colmado de estética y claroscuros…es pintar con aceite en agua. Y que de las heridas que la vida te regala (sin envolver ni nada, la muy maleducada), yo coleccioné algunas y otras se las envié de vuelta, a muchas las hice texto, a otras poesía en una vieja Moleskine de cuero negro, pero no podía quedarme con ellas entre los dedos, se caían, goteaban y se rendían suicidas al suelo frío de mármol. Se me escapaban de las manos, desbordantes y majestuosas, de terciopelo cuarteado, susurrando las notas finales de aquel texto que lancé sin dudar a la basura. Cuando las cosas llegan a los centros no pueden arrancarse, igual que una lágrima no se detiene a mitad de mejilla, no me pidas que pare de escribir cuando tu fantasma vela mis noches, no lo hagas o te odiaré escribiéndote a ratos, cada minuto, cada hora, cuando lo necesite. Y puede que no lo entiendas, que pienses que ya me he vuelto a subir a mi torre de marfil a enviar cartas por el aire. Y puede que ya me sea indiferente, todo lo que tenía que decirte te lo escribí, de mil maneras, con rima rota y asonante, saldé mi deuda conmigo misma, con mi herida que se me quería escapar de entre las manos.
 La sutura de las subordinadas nunca es definitiva, es dolorosa, existencial; es una cicatriz magullada, a golpes por la prosa que no te entiende. Puede soportar un tiempo los embates de la memoria, lo que tarda el papel en amarillear, pero al final, entre los hilos trenzados entre herida, carne, letra y piel aflora de nuevo esa palabra que te cambió la vida, ese libro que se te cayó de las manos y te provocó la peor catarsis de todas: la que te hace entender que el dolor es verdadero, el cuerpo finito y el tiempo fugaz. Que el cuerpo es la mayor tragedia del hombre, el cuerpo que siente y desea insatisfecho, siempre persiguiendo un ideal irresoluble, un cuerpo que se consume, se encorva como llamado por la Tierra; y puede que sea bella, puede que sea hermosísima pero no dejará de ser una tragedia. Algunos beben para verla borrosa, otros se drogan para verla de colores, yo escribo porque quiero entenderla, representármela mentalmente; vivir de tal modo que pueda narrar y que valga la pena, una vida que valga la pena ser contada. Y vale, fumo, quizá me guste desdibujarla un poco de vez en cuando, que desaparezca entre los grises mantos de la nicotina, pero sigue detrás de la espesura del humo, como silueta, sombra o representación que me dice: escríbeme.
Y esto no quita que mañana te escriba las líneas más alegres del mundo, llenas de luz, de primaveras a puñados, que te lance las amapolas más rojas desde la torre de marfil y que con ellas te mande las sonrisas blancas que te gustaba recordar los días impares. También son heridas esos días de sol, también son cicatrices, quizá más bellas, pero marcas en la piel al fin y al cabo. Porque mañana no sabremos cómo será, ¿y viviremos del recuerdo?, ¿y por qué no?, siempre me gustó leer viejas cartas y volverlas a escribir dejando que entrase luz por la ventana, mezclada de melancolía, y de saxos, y de pianos desafinados, y de cintas viejas que nos hicieron soñar a ratos.
¿Ves por qué escribo?, hay letras que una necesita unir, para entender, para entenderse, para olvidar, para olvidarse. La palabra como salvavidas, como madero al que agarrarse a la deriva, los libros como refugio más seguro y traicionero a la vez. Cuántas lágrimas por Lorca, cuántas por Benedetti, cuántas por los versos negros de Baudelaire. Porque eso era la vida, ahí estaba todo, el amor, la muerte, la soledad, los amigos, el exilio, la enfermedad, el tempus fugit irreparabiliter. Quizá ellos escribieron para no volverse locos, o se volvieron locos escribiendo, enfermos de prosa y adjetivación malsana, de ver escrita su verdad y tener que aceptarla. Unos hacen deporte, otros tocan el piano, algunos muchos se dejan llevar por las luces de neón; otros se casan, tienen hijos hipoteca y perro. Yo escribo, es la manera que tengo de enfrentarme al mundo. El fuego se controla con literatura, con la palabra a horas insomnes, a veces una se quema, a veces quiere arder en un éxtasis de palabras encadenadas, a veces los incendios los provoca ella, a veces intenta apagarlos vertiendo la lava que le corre por las venas en unas líneas. No me pidas que lo explique, es una elección vital, es jugárselo todo a doble o nada en este tablero de versos en el que decidí construir ese pequeño refugio donde poder habitar. 

lunes, 1 de octubre de 2012

Sucede que no tengo


Tengo dos angustias silenciosas
que callan y lloran,
que lloran y callan,
en habitaciones sin nombre
en camas deshechas y desiertas
entre sábanas mudas que se ensayan.

Tengo dos espejos,
de mentiras y de ventanas,
de ventanas y mentiras,
en noches sin sueño
en oscuridades exiliadas
que se pierden por los gritos
y por las sombras,
por las sombras ignoradas.

Tengo estrofas sin nombre ni casa,
sin casa sin nombre
sin nombre al que enviarlas
sin abrazo ni palabra,
con muecas rojas y calladas.

Tengo un caos que compartirte,
un vendaval de inútiles palabras
de letras y de desorden,
de letras inútiles y desordenadas;
que no quiero decirte, que quiero gritarte
solo a veces, a veces solas y desordenadas.

Tengo voces, voces tuyas
que corren y lloran
que lloran corriendo por la cara,
entre los ojos y la boca,
entre la boca de tus ojos corren
y corres rápido por mi boca 
y rápido, y tus voces
voces tenues de noche y de madrugada.

Tengo ventanas abiertas,
abiertas de pulmones y de caras;
de cara vueltas a la negrura,
con la espera de cristales, y de palabras.
Palabras acristaladas y tan áridas
desiertos de tinta y de ramas,
de bosques verdes y amarillos,
de tus manos entrelazadas.

Tengo manos, manos tuyas,
manos quedas y caricias locas
y paseos sin rumbo por tu espalda,
y por tu cara, y por tu cara,
cara honda y tan surcada
de los rumbos perdidos de todas las lágrimas.

Tengo sueños de vivas vidas,
no vividas de muerte a oscuras y amargas,
sueños de vida en la amargura,
sueños sin muerte, sin nada.
Sueños de buhardillas,
de humo a medias y
medio humo de la tarde deshojada,
sueños escritos, sueños besados
sueños de tu mano sobre mi mano.

Tengo días, días inútiles,
simples números de calendario;
días de horas, horas que son días,
siglos de soledad sin tu abrazo.
Tengo días a miles y relojes de prestado,
y amarillos que cubren crueles,
las páginas que ya han pasado.

Tengo labios cicatrizados 
con reseñas de tu fuga,
labios-herida, labios-grito,
abismos de verso y llanto amoratado.
Guillotinas de humo, de verdades inseguras,
de locuras a medias, y de medias locuras.

Tengo una calma en el rostro,
calma de máscara que no asoma,
faz de otro, faz de otra,
gestos tensos y muecas de un niño que llora.
Tengo una calma procelosa y rebelde
que fugaz la frente remonta,
alquila mis ojos y te miente,
alquila mis ojos y llora.

Tengo una vida que no es mía
hecha de pasos y fugas postergadas,
una vida que son letras muertas en tu mente,
tu mente que vive bulliciosa y eterna,
eterna como las horas, como las horas.

Tengo corazas de escamas y humo,
escamas clavadas en corazas
de carne pobre y finita,
y son susurros, son desvelos, 
y son cartas blancas impresas
de tu voz dudosa y marchita
de tu voz callada y olvidada.

Tengo una melancolía,
azul y planetaria
es un destello, es un desgarro,
eres mi desgarro de azul y de cera,
eres la lágrima de la vela consumida,
de la habitación enferma de abrazos.

Tengo una sucesión de verbos prohibidos
que se asoman entre muros de mármol
que dicen, y dicen bajito,
para que no los oigas,
y dicen, y se ahogan,
verbos náufragos entre las olas.

Tengo el reflejo de tus ojos,
solo el reflejo, 
y los cierras, y me ciegas,
y parpadeas y me ciegas en la sombra,
parpadean las mariposas
y vuelan bandadas de miradas
que huyen, exiliadas a la nada.

Tengo tinta en las venas,
negra sangre que se asoma,
y escribo, y me desangro.
Y esta carne seca que no vive,
sin tinta, sin sangre, sin palabra;
santa tinta voz de las entrañas
que dibujas manos de dedos quebrados,
y versos que se duelen y son estacas.

Pero sucede que no tengo,
sucede que no tengo nada,
que en mis manos vacías
derramados, goteantes,
 todos los sueños que imaginabas.
Sucede que no te tengo,
sucede que no tengo nada,
y no te tengo, y te pienso,
y te escribo cartas desquiciadas;
y se suceden las cartas, y los días,
los silencios y retales a deshora,
las piedras grises en la garganta
y las resacas de ausencias desoladas,
que me escriben, que me dicen, 
que sucede que no tengo nada.