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viernes, 28 de septiembre de 2012

Buhardillita, tú

Supongo que me podrías acercar la mano y apenas llegar a tocarme. Que solo se quede un resquicio de aire imperdonable entre tu mano dudosa y mis hombros cansados del peso del mundo. Ya te dije un día que odiaba a los cobardes, ¿lo recuerdas, amor? No sé si grité aquello al mundo, o si te lo dije a ti, a la sombra de otro, o si fue un grito interior. De noche te acercabas silencioso y te daba por regalarme vendavales de palabras, cosidas en asonante. Y no, no quiero que todo vuelva a salir por los aires, en un alarde de caos maravilloso e imperfecto. No necesito más subordinadas para reformar mundos oníricos, me sobran verbos y adjetivos en esta existencia falta de respuestas y desbordada de castillos de humo peligrosamente difusos. Quiero olvidar el significado de la palabra imaginar(te), al menos por un tiempo.

Supongo que podrías traerme un café. Sentarte conmigo para que hablemos de todas esas cosas de las que no nos importa hablar, mientras dentro nos bullen mil preguntas que no nos haremos, que va. Porque nunca diremos nada. Shhh. Un sobre de azúcar, yo dos gracias. Café doble, doble, por favor. Cultivando insomnios, así es como vivo yo. Y llega un momento en el que ya no importa ni el café, no, no. Ni el cigarro que lo acompaña, no tampoco. Las caras se vuelven borrosas y todo parece una paleta de colores desmenuzados, rojo con verde, azul con amarillo y negro en mí. Es el mismo cuadro que se repite primero como tragedia y luego como farsa. Estoy harta de museos mudos sin claridad. Nunca me fue lo abstracto, acabo cayendo de rodillas por tratar de entender manchas oscuras, y rojas, y una linea, y otra palabra, es un juego un juego sin fin, un ocho acostado, literatura a medias/media literatura. Llega un momento en el que una sabe perfectamente cuál es la imagen mental a perseguir, el desfiladero por el que cruzar haciendo equilibrios sabiendo que justo al final, tras los precipicios y las cobardías existe un gran punto de luz que todo lo invade. Una luz que a veces se cree roja, otras solo blanca y otras ni siquiera ilumina. Pero es una luz, mi luz. Así que corro por el desfiladero evitando sin pensar en la madera carcomida, saltando como a la rayuela entre vacíos y volando por encima de mis posibilidades en un intento de quemarme con el Sol. Una llaga en la piel, piel en llamas, nunca estuve tan viva. Así que me voy, a mi buhardillita parisina me voy.
-Me preguntaste-
-Te respondí-
Eso es justo lo que voy a hacer, intentaré morir de hambre en una hermosa (o no tan hermosa) buhardilla de París. Pagando quizá un alquiler de 1000 € por apenas 20 metros cuadrados de felicidad envasada entre paredes. Y seguramente no me sigas, este es un camino propio, una imagen que no quiero compartir (te/os). Solo necesito una cornisa en mi ventana, y poder escribir sentada en el vano mirando cómo la bruma se hace dueña de los tejados bailando un swing con las antenas y los pararrayos. Alinear ginebras en el dintel, coleccionar colillas a ratos. Fumaré por encima de mis posibilidades (también), y la buhardillita se llenará de un humo condensado que nublará las noches en vela. La ceniza se despedirá en un último abrazo con el aire y se dejará caer tan libre como cuando no existía. Intentaré acertar los puchitos en el centro (en mi centro) o puede que trate de ponerlos en equilibrio en el sombrero de algún paseante despistado. Dibujaré una rayuela digna de ser borrada,y con tiza blanca en el suelo, y pasaré los días saltando por el mundo y por los versos, y por bocas ajenas, y por camas desconocidas, y por calles de gatos, y por librerías desiertas, y por vanos de puertas desquiciadas que no cierran después de tantos portazos, desilusiones y despedidas.
Y allí arriba creo que ya no escucharé tus/vuestras voces. Quizá trompetas o pianos si paseo por las calles que huelen al Sena. Mucho jazz como elemento constitutivo de la felicidad inmediata. Todo es tan aburrido aquí. ¡Yo quiero ingenio, un poeta! y no dudes ni por un momento que iré a buscarlo a las profundidades de la rive gauche si es necesario. Tiempo al tiempo y el tiempo se pasa, tic-tac, y las manecillas dibujan giros de muerte. Y en la buhardillita se acumulan libros, libros, montañas de libros sin orden, y papeles arrugados con poemas malos, algo de vino quizá, algo de polvo, seguramente. Unas velas verdes goteando lágrimas de cera y un libro abierto y abandonado justo a los pies de la cama, como una puta de madrugada. No queda tanto para eso, ya no. Iría hoy porque mi voz me llama desde allí. Solo 3 años más, buhardillita. Te haré una corta visita en marzo, te daré besos desde la estación y te enviaré cartas los miércoles. Te profeso amor buhardillita parisina, eres mi kibbutz solitario, lo único que siento seguro en esta vida, lo único que creo que me pertenece en  la mente. Y justo allí, en tres años... terminando filosofía, traduciendo a duras penas y quién sabe, igual he muerto de catarsis o de hambre como me decía algún tipo sin sueños. En caso contrario... buhardillita, espérame, hazme un hueco en tus maderas innobles, prepara tinta para traducir las cartas de Sartre y Beauvoir. Pero de momento, esto es solo una ceremonia del adiós adelantada, solo eso. Eso sí, déjame que antes vaya a Père Lachaise a saldar una deuda, tengo que dejar allí una carta, por mí, para ellos dos.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Complícalo


Complícame las calles 
por las que me arrastras,
complícalas,
su empedrado y las colillas que la habitan,
las monedas olvidadas.
Complícalas.

Complícame el cuello 
con un nudo en la garganta,
un lazo en los huesos
y ropa sucia,
y pliegues de carne desnuda.
Complícamelo.

Complícame las manos, 
escribiendo por mí esos versos
que olvidé anotar,
complícamelas con tu abrazo 
y tus uñas que se clavan.
Complícamelas.

Complícame los pasos y llévame al horizonte
del último lugar de la Tierra,
arrodillados sobre el mundo,
oliendo la noche viva,
complícamelos.
Y hazme funambulista de insomnios,
que camine por los cables de la ciudad,
por las venas grises de tu casa,
justo hasta tu ventana.
Complícamelos.

Complícame el oído
gritando silencios y mentiras
y que sean desgarradas;
y augurios de un descenso inevitable.
Complícamelo y grita, complicado.

Complícame los cristales,
rómpelos y entra en mis ojos,
mira la línea de tu risa como yo la veo,
tus abismos que miran frágiles,
desde una calmada tempestad malograda.
Complícamelos.

Complícame la espalda,
camina con tus dedos sobre ella,
escala los escollos de mi columna,
arranca las pieles que no supiste coser.
Complícamela con una gota de vino,
sin rumbo, a merced de las curvas de la piel.
Complícamela.

Complícame el humo,
la pose decadente,
las bohemias de mañana
y las copas de vino de madrugada.
Complícamelo.

Complícamelo todo,
aunque sea complicado,
pero complícalo.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Los primeros días de la psicodelia y el caos



Cuatro pitidos, o tres, no sé, estoy dormida. Manotazo al despertador, el pobre con más heridas que un ex-combatiente de Vietnam. Y se va al suelo, busco a tientas por allí mientras con la mano libre me quito el antifaz, solo un poco, lo justo para tener que cerrar los ojos por la luz. Mi vida en oxímoron, dormir con la persiana subida y el antifaz puesto. Y sigo buscando, alcanzo una zapatilla, un bolígrafo, una hoja de libreta arrancada con desdén, ese poema era malo de narices. Vale, por fin, una mutilada esquina de plástico, el preludio del cuerpo del despertador. Lo rescato, le doy a retrasar alarma y se vuelve a quedar ahí en la mesita, mirándome acusadoramente desde su cuadratura perfecta.



A la tercera va la vencida, es tarde, demasiado, corro por el pasillo, una vez, otra, cafetera en el fuego, olla preparando comida, cepillo de dientes eléctrico taladrando mi cabeza, suena Dylan, que todo no es tan terrible por las mañanas. El café se sale, apuf. La olla se desborda, apuffff. Y el cepillo eléctrico, bueno, ese sigue monótono a los suyo, rrrrrrrr. Early one morning the sun was shining, I was lying in bed; wondering if she'd changed at all, if her hair was still red. Café, café, café como objeto total de deseo. Libros, bolsa, otro libro, este también, por si acaso el metro no es una lata de sardinas y tienes espacio para pasar páginas. Salgo corriendo, me dejé algo, seguro, no importa corre. Buenos días, tardes, noches, yo qué sé. Los parados del bar de abajo ya están con el carajillo... siempre con prisas niña, y sonrío y pienso, siempre borrachos de buena mañana, pero sonrío y digo bueeeenas. El bus pasa delante de mis narices, el conductor, que ya sabe de mis carreras me mira con cara, de lo siento, hoy no te pude esperar (a veces lo hace). Cambio de calle y acabo descendiendo al metro, ese agujero de prisas, y estudiantes agobiados, y codazos, y trajeados venidos a menos que ya no tienen chófer. En el metro es casi imposible leer. En el bus aún es factible. Aún recuerdo con cariño las odiseas del año pasado, con el primer tomo de Verdad y Método en una mano, la Moleskine en otra, y los subrayadores donde se podía, haciendo equilibrismos entre bostezos, gente con Ebooks y manos que whattsappean.




Próxima parada "Alameda", o "Facultats", depende del día. Y paso por la arena polvorienta que se me pega a las piernas, en un arrebato de cariño no recíproco; alguna piedra deshauciada se me cuela en el zapato. Ya podrían hacer un parque de hierba. Y los indigentes duermen en los bancos, algunos empiezan sus jornadas de gorrillas, y las madres llevan a sus gemelos rubios al autobús escolar -arrugando la nariz cuando pasan por el lado de los gorrillas-, que les lleva a algún colegio cinquilingüe de las afueras. Tic-tac-tic-tac... la Chica de la Pérgola sigue pelando tomates, genial. La quiosquera empieza a sacar los periódicos y me mira esperando a que le pida un paquete de Lucky; lo siento, me pasé al lado de liar de la vida. La cajera del Opencor, pone etiquetas con la maquinita de turno, plic, plic. Pero no me da tiempo ni a saludar. Me pesa la bolsa, un poco menos de lo habitual, me dejé la comida en el microondas; y me pesa el sueño, y el pelo, y las manos.

Cambio de chip, ahora pienso en alemán, las guturales duelen si estás constipada, y los verbos kilométricos atracan a mi pobre memoria/mi memoria pobre. Cambio el chip, pienso en inglés, and you know what... summertimeeee and the living is easy, shit it's not summertime anymore. Fuck you Joplin. Pausa, máquina-de-lo-que-sea, algo desciende a mi estómago, café, barritas, basura envuelta en colores atractivos. Recuerdo que alguien nos pasó el año pasado una encuesta sobre barritas de chocolate. La gente se aburre mucho y el márketing más. Y bueno, cambio el chip un par de veces más. Se me trastoca la concepción lingüística del mundo.


15:30, como una pelota de tenis sin raqueta contra la que golpearse deambulo por Blasco Ibáñez buscando el Aulario III y la clase 9320498828-JKL, (bueno, algo hiperbólico, pero se entiende), y nada que parece que en el exilio del sótano del aulario es donde han decidido meternos a los de primero, para que no nos deprimamos y esas cosas. Presentación-discurso-presentación-charla-fuckingBolonia-"la profesionalización de la filosofía"-una larga lista de cosas tediosas-café-café-cigarro-novatos. Nunca mentéis a Heidegger en vano. Aquí no se habla, se tienen diálogos socráticos.



Las venas de la buhardilla van al ritmo de unos brazos de un batería rockero. A-pum. A-puf. Arrrg. Me lo busqué yo solita, la psicodelia y el caos. Ein Kaffee, bitte. Digo... un café, o a dormir mejor. A-pum. Cuatro pitidos, o dos, o tres. Estaba dormida. El eterno retorno de los días de la psicodelia y el caos. Necesito ir a Ikea a comprarme un organizador de mentes modelo Hajkigafekainefrfar. Se admiten sugerencias.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Cartas desde el Lager


[...] Negra leche del alba te bebemos de noche
 te bebemos a mediodía, la muerte es un maestro venido de Alemania 
te bebemos en la tarde y la mañana bebemos y bebemos
 la muerte es un maestro venido de Alemania, sus ojos son azules 
te hiere con una bala de plomo con precisión te hiere
 un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete
 azuza contra nosotros sus mastines nos sepulta en el aire
 juega con las serpientes y sueña la muerte, es un maestro venido de Alemania
tus cabellos de oro Margarete
 tus cabellos de ceniza Sulamita.
Paul Celan, "Fuga de muerte"

Y aquellos meses de julio y agosto, bajo un sol que no era sol  -solo tenía algo de su forma y solo daba algo de su calor- me paseaba por la tierra de ceniza del Lager. Aquella imagen que se clavó en mi retina hará ya más de cuatro años volvió a golpearme en el justo medio del iris, volándome la cabeza con aquel olor a nada, aquel recuerdo de ceniza, y hierro, y fuego, y chimeneas. 

La gran puerta de metal nos recibía a todos con una promesa de libertad fallida, a los lados, los jardines que brotaban verdísimos, con flores que crecían torcidas y culpables, porque sabían de su alimento, y de los llantos que corrían por su savia y sus hojas ovaladas. Y piedras grabadas con los sempiternos nombres de la historia, ahora cubiertos de tierra, más tierra y mucha más tierra. Y yo pasaba mi mano por las piedras, como acariciándolas, pero eran ellas las que me acariciaban a mí, a los recuerdos. 

Y al cruzar la verja y sentir los pasos y los uniformes a rayas, el dolor de la historia se aferraba a la garganta, como un hueso de fruta podrida. Aquel día llovía, llovía de veras, con fuerza, con rabia, a trozos y luego clareaba, y luego volvía a caer esa fina lluvia crispada que nos calaba la ropa. Pero no me importó, estaba allí, y sentía que a pesar de que algo oprimía mi pecho y me costaba respirar, tenía y necesitaba estar allí. Saldando deudas con una misma y con la propia historia. Y después de la lluvia, y de los barracones, y de los espacios yermos donde solo habitaban piedras muy grises, una se sienta en una esquinita, saca de la mochila de cuero su edición más que agredida y subrayada de "Modernidad y Holocausto" y se queda allí, leyendo esa obra que le ha acompañado todo el verano y le ha despertado de nuevo esa obsesión que estaba algo aletargada, y vuelve al Lager. Y leo "La carretera a Auschwitz la construyó el odio y la pavimentó la indiferencia", y sigo leyendo. Pasan las páginas y pasan las horas; los turistas van de lado a lado, sacando fotos en el crematorio, y el guía con el paraguas amarillo en alto conduce ríos de japoneses que disparan sus Réflex último modelo contra las paredes desconchadas de la "enfermería" o el barracón 28. 

En esa situación la racionalidad de las víctimas se había convertido en la mejor arma de sus asesinos: la racionalidad de los dominados es siempre el arma an de sus dominadores. Y yo estaba allí sentada, pasando los dedos por estas frases una y otra vez; y el progreso, y la ciencia y los totems del siglo XX y XXI se me escurrían entre las manos, tan líquidos, como diría el propio Bauman. Y aquel capítulo sobre la colaboración de las víctimas que tanto me voló la cabeza, sin pedir permiso, simplemente entró como un torrente de magma caliente y letras, y frases, y más prosa, y verdades como puños. Cuando se ha elegido la propia conservación como criterio de actuación supremo, su precio iría subiendo lenta pero inexorablemente hasta que se devaluaran todas las otras consideraciones, se rompieran todas las inhibiciones religiosas y morales y se rechazaran y desestimaran todos los escrúpulos.

Y ahora veo a la gente pasearse entre los barracones, murmurando con incredulidad y horror, rezando e intentando creer aquel viejo salmo de jamás ocurrirá de nuevo, esto fue el producto de la barbarie.( Y acto seguido se van con la mente limpia y tranquila), y ahora me sale esa  sonrisa o mueca indescriptible, que no sabe si llorar, reír o gritarles que todos llevamos a Auschwitz dentro, que si se repitiese pocos se negarían a ponerse la esvástica (o el símbolo que se estile por allá la Tercera Guerra Mundial), y que seríamos el producto necesario (o mejor, consecuente) de la Modernidad, por mucho que tratemos de apartarlo del imaginario colectivo y no sentirnos culpables ( ni capaces de ser parte de un Holocausto). Era como si la antigua sabiduría se hubiera reformulado: parecía que cuando Dios quería destruir a alguien ya no le volvía loco, le volvía racional.

Por eso, la noticia más aterradora que nos dejó la Shoah, no fueron los millones de víctimas y el horror de chimeneas, pasteles de carne con sabor a ceniza, lámparas de piel judía, pogromos y Kristallnachts, ni la probabilidad de que nos pudieran hacer "esto", sino la idea de que nosotros también podíamos hacerlo. Y por eso mismo, no hay expiación, no la hay. Nos mostraron la segunda cara de Jano, y nos dijeron "también es la vuestra", aunque no la mostréis. Forma parte de nostros, está ahí inevitablemente. Y no sé cómo podemos librarnos de ello. Quizá con el "Erbarme dich" de Bach, aunque sea momentáneamente. Cerrando con Dostoievski "Todos somos responsables de todo y de todos los hombres sobre todo y yo más que todos los demás". Y me pregunto, ¿cuándo quedaremos libres?, ¿cuándo?