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jueves, 30 de agosto de 2012

Silencio / Subsuelo



You tell me that silence
 is nearer to peace than poems
 but if for my gift
 I brought you silence (for I know silence) 
 you would say 
 "This is not silence this is another poem"
 and you would hand it back to me.
-Leonard Cohen-

Aquella fue la primera noche fresca del verano, ella llevaba una chaqueta, pero fina. Era el mismo lugar, la misma hora, y quizá también el mismo cielo anodino de la ciudad, esa de la que siempre deseaban escapar. Pero algo era diferente.Un nuevo peso se acomodaba en el justo medio de su espalda, tenía un color indescriptible, ¿granate, morado?, seré daltónica pero feliz, pensó. Esa nueva piedra -no un canto rodado sino piedra de las amorfas y puntiagudas- venía sedimentando sobre su nuca desde hace tiempo. Sin darse cuenta el grano de arena se hizo guijarro, ahora roca, mañana puede que excavase un túnel en su delgado cuello. Suave era la noche, como la de Fitzgerald, pero las estrellas ausentes tras las nubes de tormenta no brillaban para nadie. Llevaban un año de vacaciones, sin querer alumbrar los insomnios nocturnos y las charlas a deshora. Y no quería hablar de la luna ni ponerse a decir lo blanca y redonda que es y todas esas cosas que se suelen decir de ella, eso es vano, y las estrellas también. 

Últimamente se le escapaba la contingencia entre las manos, le costaba verle la utilidad a las cosas. Todo deviene por inercia, las acontecimientos suceden azarosa y aleatoriamente. Una piedra en la Rayuela, ¿dónde caerá? Cruza la calle, puede que te cambie la vida, o que lo haya hecho ese mes en Berlín o Dostoievski, Cortázar o aquel saxo que sonó al cruzar el río Spree. ¿Qué importa si ha comido pasta con verduras o si se ha mudado de ciudad?, ¿que importa si no se vuelven a hablar o si mañana cambia el ajedrez por las damas? Bueno, seguramente el ajedrez era mucho más entretenido. Llega un momento en el que deja de esperar nada de la vida, un momento en el que no se asoma en cada esquina para ver quién demonios viene por la calle que cruza. Llega un momento que cierra los ojos, anda a ciegas, casi agachada, con las manos en la Tierra y siguiendo sus impulsos telúricos y fantasmáticos. Anda, corre, sigue las venas del suelo, las del subsuelo si me apuras y tienes un mal día, uno de esos en los que se mete el tedio y la finitud bajo la piel y uno ya no sabe qué tapiz debe tejer, o descoser las noches en vela. 

Y claro, el subsuelo siempre anda cerca, con sus dolores de hígado, su rencor y el vicio que todo lo invade y  prende sendas y tickets de metro, y bolsas del pan, y llaveros, y paquetes de tabaco vacíos. Y el subsuelo es esa voz grave, esa roca angustiosa y escarpadísima que llaga las soledades, las talla como figuritas de repisa polvorienta y las envuelve en papel de periódico amarillo, para que no se rompan. El subsuelo es ese rincón de la habitación en el que Gregorio Samsa se escondía, la tetra habitación de Melquíades en Macondo cuando era ya un fantasma, el subsuelo era una cueva -la misma de siempre- los textos y su biblioteca, era su boca que no paraba de hablar -de desear-, las manos que se enredaban en la humedad, buscando su sexo.

Al final, la tautología -en su peor sentido-, de las noches y de los insomnios era tan semejante como dos espejos enfrentados, así: frunciendo el ceño cara a cara, dibujando óvalos con el borde. Un ocho tumbado, haciéndole guiños al infinito. Pasa la página, otra vez, escribe, de nuevo, repite esa canción, vamos, en bucle, el verso, ese puto verso que le cambió la vida, y de nuevo. Grita Encore y luego muere en el silencio. El silencio que todo lo arrasa, el que nos habla del límite mismo del lenguaje, es decir, de nuestra finitud como humanos, carne, venas, amasijo de pulmones y pulsiones, y cabello, y camas sin hacer, y manías, e hipocóndrias y subsuelo, y subsuelo, y subsuelo.

En el subsuelo no se oye nada. Las almas gozan del silencio. El silencio como goce siniestro del hombre que escribe. La frase inacabada como metáfora de falsa eternidad, como promesa de otra vida que no existe. Quizá eterno retorno, quizá. Querer volver a aquel instante, a todos los instantes, pero siempre al del silencio. Las palabras que atormentan golpeando los cráneos. El silencio, la necesidad del silencio interior en el que fenece la pluma destintada de las manos insomnes. En el subsuelo no se oye nada. Ni su respiración. Aunque ese silencio era la mayor catarsis que un poema podía provocar. Y quizá, el silencio, no era sino otro poema más.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Pero el ser



Estábamos quietos
pero/
abajo todo se movía
y se oía el murmullo
de tus venas al pasar.

Éramos hielo
pero/
en tu cabeza y en la mía,
los insomnios cantaban de madrugada.

Queríamos ser inmóviles
no sentir, no pensar,
ser la Tierra, ser sus hojas;
fundirnos en un abrazo 
del no-ser absoluto
pero/
éramos, y respirábamos
y nos dolíamos.

Dijiste, me pesa la piel,
odio la procesión de mi sangre,
el frío en los pies,
y solo quiero ser Tierra,
y me encorvo hacia ella
pero/
siempre lejana vive,
y respiro, y soy.

Contesté, me duele el aire en los pulmones,
que me crezca el pelo,
los insomnios que colecciono,
la carne que se arruga,
los alientos que me abandonan
pero/
te contesté gritando, y grito, y soy.

Callamos, mármol, quietud,
no había luz,
la tetra mano de terciopelo nocturno,
y la cara contra el suelo,
era la Tierra y todo,
y todo se movía abajo;
ella también es,
venas, pulmones, insomnios
pero/
con las manos enterradas en su polvo
dijiste,
ella es y yo,
 ya no soy.

sábado, 25 de agosto de 2012

"Memorias del subsuelo" F.Dostoievski



“Pero al margen de las cosas que se ignoran y de todos los amaños, a pesar de todo, hay algo que termina por dolerle a uno y cuántas más cosas ignore, tanto más fuerte se torna el dolor”
No me pregunten el argumento de esta pieza desolada. No sabría contestarles. No esperen que hoy les cuente una historia, con su planteamiento nudo y desenlace, tampoco descripciones físicas ni aquel típico qué gris era la ciudad. Memorias del Subsuelo es precisamente una anti-historia, con un anti-héroe a los que Dostoievski nos tiene acostumbrados. Estas memorias son como un grito desde las profundidades del ser, un grito ahogado por la indiferencia del mundo, solitario -desde el polvoriento rincón de una triste habitación- e impotente ante un tiempo fugaz que avanza inmisericorde, ignorando su memoria, su grito, su palabra.

domingo, 19 de agosto de 2012

Poemas de Moleskine: Noche amarilla y estrellada



La noche está amarilla
como una vela goteante
llama que suspira
entre vientos de tu risa,
que la mece constante.

La noche está estrellada
y es mentira,
en la ciudad no hay estrellas
hay antenas y neones,
y humo de cigarros
y de vida consumida.

La noche está amarilla
y las sombras son
teatro,
tragedia de callejones
de la palabra no dicha
a la que me consagro.

La noche está estrellada
y de papeles perdidos
letras con canas
y versos encontrados
huyendo entre las ramas
y de tu pelo muerto
tendido en la cama.

La noche está amarilla
y la luna tan exiliada
que ni alumbra ni ensombrece,
las cartas de mi soledad amarga.

La noche amarilla y estrellada,
y tan rebelde, sombra y clara
que acaricia con cristales,
el insomnio de tu palabra.

-Originalmente publicado en http://www.contra-escritura.com/2012/2925-

miércoles, 15 de agosto de 2012

Historias de Berlín I: Tres tristes músicos en el B-Flat


Al final serán los músicos del B-Flat de Berlín los que me hagan volver por aquí...
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Sus dedos recorrían el bajo como si fuera la espalda de una mujer, dibujaba las curvas como si fueran los mechones de pelo cayendo sobre la espalda desnuda. Miraba un punto fijo, puede que a alguien del público, puede que a una silla vacía, ¿sabes?, quizá ella no vino y la madera se quedó fría esperando el roce de sus vaqueros gastados o su falda de satén gris, depende del día. Y sus ojos rojos vibraban con cada nota, con cada salto sobre la partitura una enorme gota de sudor le caía suicida por la frente, una gota al abismo que no oyes jamás caer. Y puede que ella no venga, claro que no; y que se quede mirando las cuerdas que son mechones de su pelo, y puede que no venga y tenga que acariciar la madera desnuda para recordar la suavidad de sus brazos colgados de la cama cuando es de madrugada hace horas y los primeros rayos empiezan a dibujar claroscuros manieristas sobre los pliegues de sus piernas confundidas con sábanas, almohadas y brazados de colillas en la cornisa sin cortina de alguna habitación de hotel. Y puede que no venga, y que no, que no. Y que la única silueta que vea a contraluz sea la de su contrabajo, madera pulida, fría, fiel, vieja y siempre vieja. Y aunque ella no venga, y no, siempre tendrá las cuerdas tensas dibujando líneas de perfil, y las gotas de sudor en la frente, y no vino, y no.
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Sus manos negras, negativos sobre las teclas blancas del piano. Como dientes afilados que mordían el silencio del B-Flat -solo interrumpido por alguna jarra que chocaba o una silla arrastrada sin cuidado-, silencio roto con saliva de mil compases y fa sostenido. Y la silueta tetra del piano sombreaba la pared y la moqueta, una curva, una recta, una preciosa línea de ébano. Me preguntaba de dónde vendría aquel negro, incluso si realmente sería del alguna parte. Tenía una de esas caras que esconden los mil aires del mundo. Supongo que se habría pasado la vida corriendo detrás del piano perfecto, de la melodía eterna que a todos nos acompaña en la cabeza, como si resonase tras la última puerta de un pasillo algo infinito, solo alumbrado por unas velas azules de cera goteante.. Y sí, habría alquilado más pianos que mujeres; es la cruz de los pianistas: un amor en cada bar y un piano en cada ciudad, no se les podía coger demasiado cariño, ni a ellas ni a los pianos. Y cada tecla un día diferente, otra canción rota guardada en el trastero, una factura sin pagar y esa mancha negra en la mirada que se extiende poco a poco, era hora de marcharse, de cambiar de mujer, de piano y de aire, otro viento que cicatriza en la cara... no importa si es invierno o verano, si la ciudad es un fallo del mundo o si se toca en el Black Note, en el  B-Flat de Berlín o en aquella cripta de Friedrichschain donde los lunes veinte locos del jazz se unían para que la pintura de las paredes se fuera a vivir entre tablones del suelo  manchados de vino derramado por manos embriagadas que se habían pasado la noche hablando de Rayuela confundidos por el humo de un cigarro casi consumido. Sí, en Berlín se podía fumar dentro de los bares (y en las criptas de las iglesias), digamos que se podía hacía hacer cualquier cosa. Entre ellas tocar el piano creyéndose -con razón- un tenue reflejo del mismísimo John Lewis y luego marcharse sin tan siquiera decir adiós. Toca cambiar de ciudad, de pelirroja y de piano.
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Cómo tocaba el saxo aquel tipo de la boina. Llevaba tirantes, camisa blanca y pantalones de franela y pinza. Parecía sacado del Chicago de mitad de siglo. Era demasiado blanco para tocar así de bien. Podías llegar a ver sus venas palpitantes cada vez que sus dedos bailaban por las teclas del saxo. Todos los músculos de la tan tensos, la cara una mueca indescifrable, el dolor de la música impreso en sus ojos cerrados con fuerza... pero de aquel manojo de piel y pliegues, de dedos y metal, de sudor y aire... salían las maravillosas notas de aquella canción que nos encantaba.¿Era Nature Boy? Creo que sí. The greatest thing you'll ever learn is just to love and be loved in return. Claro que era Nature Boy, siempre acabábamos volviendo al viejo de Nat King Cole, pobre diablo. Y el tipo de la boina y los tirantes seguía tocando, y yo soñaba por un momento con el Moulin Rouge, ay Satie, ay pobre tuberculosa. ¿Qué sonaba mientras estabas en la torre de la mansión? El tango de Roxanne, que aunque no tenga gran cosa que ver la mente me ha llevado hasta él sin pedirme explicaciones, quizá suene igual de desgarrado que lo que toca el tipo del saxo, como si ambos fuesen música salida de los pulmones, del justo medio de las entrañas, como el aire que se arranca en las cornisas de los besos que roban. Y el tipo de la boina y los tirantes seguía tocando, y en el B-Flat no cabía ni un alma y todos respirábamos al mismo tiempo.There was a boy a very strange enchanted boy, dream a little dream of me, it's only a paper moon...and the living is easy. Si seguía tocando de aquella manera acabaría con los dedos ensangrentados, las llagas del si bemol que se olvidó de tocar. Oh baby, dream a little dream of me. Y entonces se paró, se apoyó contra la pared, dejó caer el saxo sobre su costado, solo sujeto por una correa negra. Se encendió un cigarro, dio una calada. Todo era silencio, se podía oír el crepitar del pitillo muriendo en su boca, y allí estaba él, más digno que un cuadro de Hopper, y más solitario que un callejón a medianoche en Brooklyn.

A mis amigos Ángel, Eden y Sergio.

Att: Núria, ya de vuelta y con ganas de seguir escribiendo.