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martes, 26 de junio de 2012

Oniria e Insomnia




Y en el bar, La Bohemia fue,
la primera y tercera vez,
de neón, sus arterias ven,
llevan tiempo esperándose

Oniria se pasa las mañanas durmiendo hasta tarde, tumbada en la cama. Cuando la luz y el calor son insoportables se larga al casco viejo, escribe, fuma, se toma un café, o dos, o tres. Depende de si ha dormido mucho o si se quedó insomne hasta las mil y treinta y cinco. Oniria piensa en el año que se fue, vaya año... ha sido capaz de lo mejor y de lo peor. Es lo que ocurre cuando una tiene altas expectativas de la vida y se cruza con personas que se las frustran -o las hacen aumentar, por este orden o simultáneamente- con un par de palabras, una canción o algún texto que otro. Pastillita de realidad y en un par de minutos sus pies descalzos se vuelven a posar sobre el suelo frío de mármol del pasillo. Depende del día, igual se enchufa una sesión de jazz y recuerda aquellas noches de incendio, con ventana cerrada y la carcajada en el abismo de los labios. Miles Davis y John Lewis le traían buenos recuerdos, el piano, el saxo, la trompeta...siempre el jazz. Siempre acaba siendo el jazz el culpable de todo, incluso -posiblemente- de que fume de madrugada. El jazz le hace escribir, compulsivamente, necesita escribir para no soñar, para sublimar -y para todo verbo que acabe en -ar y suene decente. Y de fondo tararea.. Y a veces pienso que en el mundo real, hay tres bandos,los unos que viven y otros que lo intentan.Los terceros... solo sueñan.

Se quitan los pijamas,
pegados a su piel.
"Quizás Oniria sueña,
y él duerme sin saber"




Insomnia era peculiar, le gustaban los sitios raros, los bares de Absenta y de música con sintetizadores, las azoteas de los hoteles. Nunca conseguía conseguía dormir, daba vueltas, las sábanas se enroscaban, le asfixiaban. De vez en cuando desaparecía unos días, unas semanas, tomaba pastillas para poder dormir pero no lo lograba. Se escapaba a una isla, o daba vueltas por su ciudad. Se tomaba un café a solas(en todos los sentidos) y pensaba, leía o vete tú a saber qué se paseaba por su cabeza insomne. Era indescifrable, Oniria no solía entender nada , o  comprendía a medias, o simplemente se dedicaba a acariciar los silencios que mataba con sus palabras que eran, en ocasiones, algo parecido a un dardo. No le gustaba pensar más allá del hoy y era lógico... cuando no logras dormir por las noches los días llegan a perder su sentido y te entregas, en el mejor de los casos, a paraísos artificiales, a pequeñas realidades inconexas que cultivan tu mal hábito de no dormir por las noches.

Ella hace equilibrismos,
él descubre a Fred Astaire,
bailando en la cornisa,
del piso veintitrés.


Oniria se balancea entre cables del tendido eléctrico, como una funambulista de las cornisas urbanas, entre salidas de humo, antenas y tendederos. Las azoteas son lugares perfectos para gritar, para mirar con ojos fijos el horizonte, recortado con perfiles de edificios grises, sombreado por el humo de las fábricas de la periferia. A veces sube allí y le pregunta a Fred Astaire -ese viejo amigo de Insomnia- por qué nunca pudieron -ni podrán- bailar juntos el Cheek to Cheek, con un gintonic en la mano y un cigarro en la otra, girando con la música en sordina, el vestido de charlestón volando a su alrededor y la vida pasando sin que nada importase. Si ya lo decía el loco de Nietzsche "cada día en el que no hayamos danzado al menos una vez es un día perdido". Y ellos perdían los días pues, hablando y hablando, riendo, señalando a otros, recordando, hablando, riendo, mintiendo. Se mentían mucho, ambos lo sabían, pero fingían no enterarse. Pero había que mentirse, era necesario para poder seguir adelante. La mentira, la verdad... al final qué importaba... lo importante era que habían palabras, que no había silencio, que había una voz ahí que hablaba, que lo justificaba todo: las noches de insomnio y las de sueños.  Había una voz que cantaba "No serás capaz de odiarme, si lo he empeorado aún más, que bajen tus labios y me callen,sino empezaremos a silbar". Aunque para que negarlo, sus silencios eran más mendaces que sus palabras, cada uno de ellos escondía una palabra no dicha, una intención enterrada, un arrepentiemiento solitario, un miedo a medias, una locura en tratamiento psicoanalítico, un cambio que no llegaba, un giro copernicano, un gesto escondido, un acto valiente que no existía. Mientras uno de los dos no dijese, bailemos, no existiría. Y Oniria seguiría en la azotea, charlando con Fred Astaire que lloraba por las piernas de la  Roberts.  E Insomnia seguiría sin dormir, amando las sábanas a ratos, poniéndose hasta la ceja de psicofármacos y escuchando, de vez en cuando y en pequeñas dosis para evitar efectos secundarios, algo de jazz.

Será un reencuentro inesperado en noche azul, 
sí, ya lo verás,
cuando me gire entre la gente, serás tú,
 sí, ya lo verás…. 
Después de unir su dualidad, 
ella no sueña más, ni él quiere despertar.
 Se la llevaron entre tres,
 “Siempre se vuelve a escapar 
¿No ves que está mal?” 
y sea cuarta, o quinta vez, 
ella lo vuelve a jurar.

-a la luz de un pequeño planeta azul-

Oniria e Insomnia, Love of Lesbian

sábado, 23 de junio de 2012

Cuaderno de lecturas(II): La mujer rota, S.de Beauvoir


Todo se entremezcla en mi cabeza. Creía saber quién era yo, quién era él: y repentinamente ya no nos reconozco ni a él ni a mí.
Me decía: la muerte es el único  mal irreparable;  si me dejara me curaría. La muerte era horrible porque era posible, la ruptura soportable porque no la imaginaba. Pero de hecho, me digo que si estuviera muerto   al menos sabría a quién he perdido y quién soy yo. No sé nada más.

Simone, Simone... pocas como tú han sabido escribir no para la mujer, sino desde la mujer misma desde su cabeza y sus entrañas. La literatura femenina no dejó nunca de ser un brazado de polillas pintadas de colores pastel, con historias de amor ideales, imposibles y pasadas por la brocha de la grandilocuencia, con palabras del estilo: idílico, azucenas, jazmín, traición, desesperación, turbada, paseo bajo los sauces... Simone, por suerte, nunca nos hiciste ese flaco favor, ni nos vendiste tu obra como producto del feminismo progresista más trasnochado -vamos chicas, quememos el sostén- (que lo que en última instancia persigue, es un amo). No nos quedamos dormidas ante historias de amor pastoriles, ni románticas (ni, con perdón flaubertianas). En la mujer rota o en La edad de la discreción vemos historias diferentes -de amor, sin duda- pero que poco tienen que ver con la tópica habitual. Aunque más que historias de amor, son historias de la vida, cotidianas, de los pequeños (y grandes) apocalipsis de andar por casa, disecciones de la mente atípica de mujeres poco convencionales. (Que bien podrían haber sido, en ocasiones, reflejo de ella misma sobre todo en La edad de...).

En La edad de la discreción (uno de mis escritos preferidos de Beauvoir) vemos una caída libre por el precipicio del paso del tiempo. Un matrimonio: ella vital, él viejo. El cansancio, el nihilismo, la vida relativa y contingente del marido desesperan a la mujer -escritora y profesora de universidad- que acaba de publicar su último libro. El problema llega cuando su nuevo libro recibe críticas funestas e inesperadas, por lo que ella se convence de que no tiene nada más que aportar a la sociedad -después de dedicar años y años a ese libro que ahora resulta inútil. En ese momento empieza a drenar la desesperación de su marido, que ya había aceptado lo que Freud decía en unas cartas, que a una cierta edad uno ya no inventa nada más y es desolador. Esta obsesión que empieza a apoderarse de ella se entremezcla con otro gran problema: Su hijo Philippe, a quien quiso hacer a su imagen y semejanza... pero finalmente no fue como ella hubiera deseado. Su marido le dice algo cruel, pero cierto:

-Es molesto para un joven tener padres que todo lo  han conseguido demasiado bien. No se atreve a creer que marchando sobre sus huellas los igualará. Prefiere apostar a  otros números.

En unos pocos días todo lo que había construido en su vida se desmorona: su brillante carrera, su figura de eminencia en estudios literarios, su matrimonio y sobre todo, su legado, su primogénito que renuncia a sus convicciones políticas por un puesto de trabajo bien remunerado. Este estado sin rumbo, con la brújula rota y la mirada extraviada nos deja fragmentos maravillosos como:

En el océano del tiempo yo era una roca batida por las olas siempre nuevas y que no se mueve ni se desgasta. Y repentinamente el flujo me arrastra y me arrastrará hasta que me hunda en la muerte. Mi vida se precipita trágicamente. Y no obstante en este momento con qué lentitud gotea -hora a hora, minuto a minuto-. Hay que esperar siempre que el azúcar se derrita, que el recuerdo se esfume, que la herida cicatrice, que el sol  se oculte, que el fastidio de disipe. Extraño corte entre estos dos ritmos. Al galope mis días huyen y en cada uno de ellos languidezco.  

Poco puedo añadir tras semejantes líneas, supongo que callo, lo releo una y otra vez... y algo se mueve en mis entrañas. Siempre es triste pensar en el desierto de lo pasado cuando el presente y el futuro se presenta arido, punzante, yermo y desolado. Esa imagen de la roca batida por las olas, del cuerpo inane movido por la fuerza de la novedad, arrastrado a un pecio submarino, a compartir vida con una estatua pretérita que los romanos dejaron caer de sus barcos, por naufragio o por descuido, quién sabe. Como le dice su marido: "Es cierto que la historia de la humanidad es hermosa, lástima que la de los hombres sea tan triste".

En La mujer rota vemos una historia similar -pero opuesta al mismo tiempo. La protagonista es la mujer antagónica a la de la Edad de la desesperación: mujer de casa, sin estudios, dedicada por completo a ser la madre y esposa perfecta. Su vida no gira alrededor de los libros ni de la cultura, sino de su marido y sus hijas (ya mayores, que se han independizado). El golpe de gracia le llega cuando su marido le confiesa que tiene una aventura con una joven abogada -culta pero snob, sofisticada, moderna y amante de la novedad y las frivolidades-. En ese momento su vida se desmorona y empieza a transitar un proceso de culpa que no le permite salir del precipicio. Como dice en un par de ocasiones "me quedé paralizada, con todo el dolor del mundo sobre el rostro" . Se culpa por no haber cultivado su intelecto, su figura ya madura, sus hábitos, sus costumbres tan hogareñas que aburren a Maurice -maravillado con la sofisticada Noëllie-. La historia de Monique es una denuncia, una crítica nada velada a todas aquellas mujeres que construyeron su vida alrededor de la figura de un hombre y dejaron de ser ellas para ser la esposa de, la encantadora señora de...y que acabaron rotas por dentro, consumidas por los años a la sombra; y cuando la sombra se fue a buscar tierra más joven sobre la que proyectar su figura, ellas se quedaron al descubierto, cegadas por el sol, faltas de protección y de cariño -pilares fundamentales de su vida-; por lo que se escondieron en casa, languidecieron en la cama, mirando por la ventana esperando el amable abrazo de su sombra, los pedazos, los restos del naufragio, unas migajas de lo que fue su vida. Pero como acaba Monique diciéndonos al final de la novela, para estas mujeres solo queda rezar en un mantra: Tengo miedo. Tengo miedo. Tengo miedo.

miércoles, 13 de junio de 2012

La chica de la Pérgola



Aquella mañana me levanté tarde, otra vez corriendo por el pasillo, abotonándome la camisa mientras hacía café y me lavaba los dientes. A las 8:01 perdí el bus, otra vez, joder, otra vez. Corrí al metro, 8:05, siempre es el chico feo al que coges cuando no hay otra cosa. Subí al metro, 8:14, voy mejorando las marcas de velocidad a medida que el curso se termina. El vagón, galera, los trajeados se aferraban a los postes y a su maletín, le miraban el escote a una pseudoentrenadora de yoga y paseaban la palma de la mano por la corbata, el pelo,  el cuello de la camisa. Yo iba a lo mío, haciendo equilibrios entre la gente, con la Mujer Rota de Beauvoir en una mano y un subrayador en la otra, maldiciendo el lecho de Sartre, repitiéndome a mí misma que algún día traduciría algo del Castor. Que sí, que algún día, venga no te duermas, piensa en el día que veas la edición de las Cartas al Castor con tu firma pequeñita en la contraportada, venga no te duermas. 

Y los cincuenta escalones de la estación de la Alameda se me hicieron algo más insufribles que de costumbre, mis zapatos viejos eran autómatas sobre la piedra fría, el sol me golpeaba en la cara -dónde he puesto las gafas de sol-, me tropecé con uno de esos que corren por el río por las mañanas. Perdón le dije, no me contestó. El paso de peatones fue una reja bajo mis pies, un camino bipolar. Blanco, me quedo. Negro, me voy a casa. Blanco, qué buen día va a hacer hoy. Negro, viva el Apocalipsis.

Atravesé el parque de la Alameda y me encontré con los mismos personajes que cada mañana actuaban en aquel escenario de vodevil de tránsito: los cuatro sin techo que habían dormido en los bancos de madera incómoda y ahora desayunaban vino barato antes de empezar su jornada laboral como gorrillas. A pocos metros, los banqueros -bueno, sus mujeres- que habían dormido en una cama de madera japonesa y cómoda, dejaban a sus hijos rubios y uniformados en el autobús escolar que llevaba a toda la prole a un cole-super-de-la-muerte, con profes bilingües y todo, tía. Dejaban a los niños y se iban a desayunar un Frapuccino y luego a hacer jogging (ellas no corren, qué cutre). Yo pasaba por allí, medio dormida, medio soñando con café o con la Beauvoir. Pasaba por allí, aburrida de ver cada mañana esas dos escenas de antagonismo brutal, esos dos espejos deformes del Callejón del Gato.

Y un poco más hacia delante, estaba la Pérgola. Yo preguntaba como todas las mañanas. ¿Estará la chica de la Pérgola? Llegué al semáforo que está junto al bar, 8:27.

Allí estaba ella, en el puesto de cocina que hay junto al susodicho bar, pelando tomates. Todas las mañanas pelaba tomates. No ha habido día desde el 29 de septiembre que ella no estuviera allí pelando tomates. Da igual si yo llegaba pronto, o con prisas. Allí estaba ella con las manos sucias, del rojo rutinario, con la mirada vacía, la coleta alta y el polo de uniforme. Era joven, muy joven, tendría apenas tres años más que yo. Cada día solía inventarme quién podía ser aquella chica, por qué había acabado pelando tomates cada día a las ocho y pico de la mañana.

Seguramente se había graduado hace poco, un año o dos. Puede que hubiera sido la mejor de su promoción, me la imaginaba en Historia, en Biología o incluso en Sociología (ya se sabe, de esas carreras sin salida, a las que los estudiantes se meten por vocación -en el mejor de los casos-  o porque era la quinta opción que pusieron en la lista sin pensar que la nota para Medicina no les llegaría). Se graduó y con el título bajo el brazo se fue al INEM, a hacer cola junto a tres obreros, un electricista -niña, qué mal está la construcción, ya no hacen Marinas Dors. Puede que allí la mandaran a un curso de formación, de mecanografía, macramé o informática for dummies, puede que en uno de ellos conociera al amor de su vida. Aunque no creo. La familia le decía que estudiara inglés. Los amigos, que se apuntara a la ola ni-ni. Ahora ya estás graduada, tienes la excusa perfecta para no pegar palo al agua hasta dentro de unos seis años. Ya tienes tu título, no hay trabajo, no lo busques, vente a Punta Cana, vamos a ponernos morenas, estás de vacaciones indefinidas. Al final acabó donde muchos acaban, bajo el ala del negocio familiar, teniendo que aguantar las viejas cantinelas de "Ya ves tú para qué te ha servido la carrera" , "Historia, decía... si es que vaya pájaros tenía en la cabeza, si hubiera estudiado ADE..." Así, la chica que pelaba tomates a las ocho y pico de la mañana tuvo que guardar sus apuntes, sus libros, artículos e ilusiones. Se puso el mandil y se dijo a sí misma "esto es algo temporal, ya encontraré algo de lo mío". No lo harás. Tu talento se iba con cada piel que tirabas a la basura, cada año de estudio y de dedicación se despedía sin gesto alguno de cortesía. No lo harás. Te quedarás allí. La carrera no empieza el día que acabas. La carrera empieza el primer día de tu primer curso, cuando aún estás explotándote los granos de adolescente tardía y arrancando de la carpeta a tus iconos mojabragas. El título no sirve para nada, creo que eso es algo que he aprendido este año. Dan igual los másters, cursos y carreras que tengas si eres capaz de conformarte, si no mueves cielo y tierra desde el minuto cero para que este país desolador no te coma, para que la cola del paro no acabe cobrándote alquiler, para no ser un ni-ni más que tiene su título como excusa.

Espero no verte allí el año que viene, espero que los hayas mandado a coser vientos a todos y te hayas ido al extranjero, a dar clases, a recibirlas, a ver mundo, a alejarte del asqueroso olor del tomate maduro. Espero que no estés en este país que nos ha pintado a los jóvenes un cuadro sádico, podrido del goce siniestro de los salvadores, de aquellos que manejan el lenguaje como una cuchilla de afeitar oxidada de mentiras. De verdad lo espero, (y que no leas esto, porque vaya especulación sobre tu vida me he marcado; igual eres muy feliz pelando tomates).

8:30, cruzo el semáforo, ya llego tarde,  corro, se me cae el libro de la Beauvoir, se me ha roto la contraportada. Qué irónico. Maldigo la mañana, era una edición de los 70. Giro la cabeza, la chica de la Pérgola sigue allí, a lo suyo sin darse cuenta de que la he mirado cada mañana y de que ahora estoy escribiendo esto. Espero no pelar tomates, lo espero de verdad, espero vivir muy lejos de este país que cada día siento más ajeno, que me duele en el costado, justo abajo del pulmón. Espero poder traducir las Cartas del Castor, algún día. Claro que sí. 



domingo, 10 de junio de 2012

Newspeak, rescates y Eurocopas


Hace unos días Rajoy terminó de leerse el 1984 de Orwell y tuvo una idea brillante -por una vez en la vida- se dijo: hostia, qué bueno esto del Newspeak, la Neolengua que se inventa en inglés este. Con esto ya está todo solucionado. Si en 1984 el Ministerio de la Paz se dedica a invadir continentes o el Ministerio del Amor se encarga de torturar a ciudadanos... ¿por qué un rescate no puede llamarse "crédito con condiciones favorables"? 

La neolengua hacía esclavos a los ciudadanos, no eran libres porque la palabra libertad no existía. No podían sentir porque no había palabras para expresarlo. La angustia ante los límites del lenguaje era claustrofóbica. Limitaban su pensamiento limitando su lenguaje, el eufemismo era la mejor arma política del gobierno. No es un rescate, es un muffin de chocolate. No es un rescate, es un regalo de la vieja Europa, que nos admira tanto por ser campeones del mundo (oeoeoeoeoe) Si ya lo dijo Philip K.Dick, "La herramienta básica para la manipulación de la realidad es la manipulación de las palabras. Si puedes controlar el significado de las palabras, puedes controlar a la gente que debe usar las palabras." No es un rescate, no lo es, no lo es. Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. No es un rescate, no lo es, no lo es.

Y podría pasarme un par de horas haciendo un análisis lingüístico de los dos discursos, el de  De Guindos y el de Rajoy, pero oye, una debe cuidarse mentalmente de vez en cuando y no hacer según que cosas por higiene psíquica e intelectual. Prometo que lo he intentado, pero me sale la carcajada siniestra, esa que no sabe si es risa o llanto. Por una parte admiro su esforzada capacidad por retorcer el lenguaje hasta puntos insospechados (superando incluso a Zapatero, cuando decía "no es crisis, es recesión económica"), por otra parte siento asco. Terrorismo lingüístico señores. (Como rezaba hoy un ingenioso tuit, "Follémonos a la lingüística también, que está sola y es cobarde") Siento asco al ver al presidente de mi país compareciendo un día después del rescate - cuando por fin consiguió salir de debajo de la mesa- para decir que se larga a la Eurocopa, que la situación está arreglada. ¿Arreglada para quién?, ¿para los hijos que quizá no tendré para que no vivan en un país como este?, ¿para los hijos que quizá no tendré para que no tengan que seguir pagando la deuda de los 100 mil millones?, ¿para los hijos que quizá no tendré para que no sufran sus programas educativos y sus recortes?. ¿Cómo se atreve a afirmar que esta "ayuda en condiciones favorables" no va a tener ninguna repercusión negativa sobre la ciudadanía? ¿A quién le van a caer los impuestos cuando haya que mantener el déficit estable? A nosotros, señores. (Absténgase iglesia y defraudadores fiscales, que entre la Amnistía fiscal -eufemizada regulación- y las excenciones del IBI al clero no tienen nada por lo que preocuparse) Puede que este sea un rescate al sistema financiero, pero es el Estado el que se compromete a devolverlo. Si los bancos quiebran, el dinero saldrá del bolsillo de los contribuyentes, no del del señor Rato (ah, no, ese ya ha dimitido y está disfrutando de su indemnización). 

Señor Rajoy, no voy a entrar en discusiones nominalistas, no esta vez: es usted un hijo de puta. Por cobarde, por intentar ser sofista y sobre todo por irse a la Eurocopa. Así,  sin rubor. "Porque la selección necesita nuestro apoyo".¿Y a las 200 familias que desahucian cada día, las apoya usted?, ¿y a los compañeros que no se matricularán el año que viene en la universidad porque les ha quitado las becas y les ha subido las tasas, les apoya usted? No, claro que no. Usted se va a Polonia, preocupado por no poder verla final del Roland Garros, se sienta en el palco y se fuma un puro tranquilamente, oeoeoeoeoe yo shoy eshpañol, oeoeoeoe, y cortina de humo que si ganamos mañana nadie se acuerda de que estamos en manos extranjeras.

Como dijo ayer De Guindos, "no nos han presionado, nos han arropado". Sí, Europa es una Boa Constrictor y arropa dulcemente a todos los países que precisan de su abrazo mortífero. Pero no importa, nos partirá las costillas y nos ahogaremos, como de costumbre. No importa, estamos en la Eurocopa y somos favoritos. Circo sin pan. (pero sigue habiendo circo, oeoeoeoeoe)



miércoles, 6 de junio de 2012

La primera noche en el Paradiso



El comienzo de una historia por la que pasarán personajes inconexos, miradas divergentes, músicas desafinadas que poco tienen que ver, desconocidos y amigos reencarnados en personajes... todos con un lugar en común: El Paradiso: http://www.contra-escritura.com/2012/la-primera-noche-en-el-paradiso

viernes, 1 de junio de 2012

Good Bye Lenin!


Christiane, la historia no iba a esperarte. La historia no espera a nadie, corre desbocada entre abismos y cimas, sombras confusas y fogonazos de luz cegadora. A ella todo le es indiferente: tu mirada incrédula, tus atávicos botes de pepinillos Spreewald, tus viejas canciones patrióticas que los niños de voz blanca cantaban en tu lecho.  Todo eso no le importa.

Alexander quiso que la historia fuese diferente, quiso que todo hubiera ocurrido como en la utopía soñada. Los habitantes del Oeste, enfermos de capitalismo huyen hacia el Este, que misericordioso los refugia de las garras de las multinacionales y el consumismo. La Coca-Cola fue un invento comunista, la RDA salvó a los ciudadanos del Oeste y rompió el muro voluntariamente. Pero la historia no fue así, como nos hubiese gustado. Tu hija se dejó la carrera para trabajar en el Burguer y dar las gracias con voz de loro a todos los obesos que pasaban por allí con el coche y pedían menú doble con patatas. El muro cayó bajo martillazos orientales, de ciudadanos que fueron recibidos en la RFA con las promesas de trabajo, dinero, propiedad privada, ropa occidental, música moderna, veinte variedades de pepinillos y coches con nombres diferentes al Trabi.

Nadie quiso quedarse, nadie siguió cantando las viejas canciones. Todos fueron a Ikea, a cambiar el dinero a marcos, a empaparse del "progreso", a ser parte de ello, sentados en un tejado en ruinas de alguno de los edificios cercanos al Muro. Desde aquella cornisa los ojos de Alexander miraron a Berlín a la cara, sabiendo que la ciudad era en esos  tiempos el centro de mundo, el lugar donde se había librado la batalla que cambiaría el mundo. Todo fue diferente desde aquel 9 de noviembre. ¿Recuerdas, Christiane? Claro que no lo recuerdas. Estabas en coma.

Cuando despertaste, Alexander te quiso evitar un infarto. ¿Cómo te iba a explicar que en ocho meses el mundo en el que tu vivías no era más que ceniza amontonada bajo los escombros del muro?, ¿cómo te iba a explicar que ya se podía cruzar a al otro lado? Alexander montó un escenario anacrónico en tu habitación; nos regaló escenas maravillosaas y conmovedoras. Guardó cada bote de judías, cada bolsa de café, cada lata de conserva de los desaparecidos productos del este para que siguieses creyendo en tu soñada RDA. Los telediarios falsos te daban las informaciones de años pretéritos, pero seguías pensando que nada había cambiado. Y si algún dato exterior se escapaba -el cartel de Coca-Cola- no pasaba nada, para eso estaban los informativos falsos que grababa con un amigo, que soñaba con ser director de cine. Y tú te lo creíste todo, o por lo menos quisiste creerlo.



Y mientras, Lenin salía volando sobre el cielo de Berlín, se cruzaba con un Zeppelin, hacía sombra sobre las carreteras infestadas de coches de importación. Y mientras tu vecino veía la televisión occidental, tu yerno se inventaba una vida para evitarte disgustos, tu marido vivía en una casa sin piscina y Alexander vivía a tu lado, sentado junto a tu lecho para evitar que nadie rompiese tu burbuja. Incluso el bueno de Sigmund Jähn, el primer soviético en viajar al espacio, colaboró haciendo de presidente de la RDA. Y mientras la historia seguía su curso, en las aceras de Berlín se amontonaban los muebles nuevos, las lámparas de diseño y las dietas macrobióticas.Si ya lo dijo Godard, somos hijos de Marx y de la Coca-Cola.