Páginas

miércoles, 25 de abril de 2012

Anti-apología del Kindle (o sobre el fetichismo de los libros en papel)


Qué sería de mí sin vosotros, 
 tiranos y, a la vez, embajadores, 
 de la imaginación, verdugos del deseo y, 
al mismo tiempo, mensajeros suyos, 
 libros llenos de cosas deplorables
 y de cosas sublimes,
 a los que odiar 
 o por los que morir.

L.A. de Cuenca

Es de sabios rectificar, y aunque de sabia solo comparto las últimas dos letras de mi nombre, tengo que reconocer que cada vez que leo la entrada que escribí hará unos cuatro meses haciendo una Apología del Kindle me dan ganas de borrarla (o al menos algunas partes). Espero que mi mini-biblioteca particular no la haya leído, y si es el caso, que me perdone, fue solo una pequeña infidelidad pasajera.Dejémoslo claro desde el primer momento: El E-Book es útil para ahorrar y para evitarse pesos en el bolso. Nada más. Tampoco me arrepiento de que me lo regalasen (a caballo regalado...), puede que en ciertas ocasiones sea práctico por el hecho de poder consultar definiciones o poder llevar muchos libros en el bolsillo. ¿Pero saben qué? No me suele ir lo pragmático.

1. Sobre el peso y las sensaciones: Me gusta que el bolso me pese recordándome que llevo un libro (o dos, o tres, depende del día y de como tenga una la cabeza). Sentir el peso reconfortante entre las manos al hojearlo es radicalmente diferente a sujetar un E-Book (que es como un libro anoréxico). Luego viene el tema del tacto... el libro electrónico es como cuando vas a visitar a un recién nacido a la incubadora y solo puedes mirarlo desde el cristal. Te quedas con cara ausente mirando con las manos apoyadas en el fría ventana ascética. Sí, algo así sería. Un libro real no se lee, se experimenta en todos los sentidos: acariciar sus páginas, darte golpes contra los párrafos (literal y literariamente) sin miedo a romper la pantalla, olerlos cuando son nuevos, cuando son viejos y los amamos más, llorarlos sin temor a provocar un cortocircuito... Si no puedes hacer todo eso no estás leyendo un LIBRO estás leyendo un texto. 

2.Sobre la acumulación y los rituales: Otro de mis argumentos a favor del Kindle fue su gran capacidad de almacenamiento, que evitaba la sobrecarga de estanterías. Me retracto en mayúsculas porque mentí vilmente y lo digo en voz alta: ME ENCANTA ACUMULAR LIBROS Y QUE NO HAYA NI UN HUECO EN LA ESTANTERÍA. (Cosa que se traducirá en una visita a Ikea a comprar otra) Me niego a que mi modesta biblioteca se reduzca a una carpeta en el ordenador con el ingenioso nombre de: E-books. Siempre he defendido que una de las mejores cosas después de comprar un libro es el ritual que una sigue para colocarlo en su justo y preciso lugar. (Vale, son manías, pero se me llevan los demonios en casa ajena si veo a García-Márquez junto a Lucía Etxebarría, bueno y solo por la presencia de ésta última también). En mi caso, aunque mi espacio sea algo reducido (ya lo expandiré cuando me independice) suelo tomarme mi tiempo para dejarlos en el lugar que se merecen, por temática, otro día por autor, otro por preferencia... (incluso tengo una balda de la estantería dedicada al ostracismo de libros infumables que nunca debí comprar. Es la más alta de todas y hay que subir con escalera, por si a alguien le entra la tentación de leer algo de lo que se esconde en ese Tártaro literario) Así, todo este ritual de los fetichistas de libros es algo que con el libro electrónico se pierde -y yo me niego-, se vuelve un acto frío de almacenamiento rutinario, fabril y estéril. 

3. Sobre el coleccionismo: Algunas personas están orgullosas de su coche y lo tratan como si fuera su mayor tesoro (quítate los zapatos antes de entrar, mira qué bombos, no toques, no mires); otras de su colección de sellos, vinilos, polaroids... . Imagínense la escena análoga en casa de un fetichista de libros, el día que viene visita y una quiere enseñar su colección, enchufa el Kindle para mostrarla ante la estupefacta mirada de los presentes, que le responden: tú no coleccionas libros, coleccionas archivos. Y tendrían toda la razón del mundo. Otra de las acciones necesarias para el fetichista de libros es poder admirar su colección en todo su esplendor, mirar la estantería con orgullo, ver el desnivel entre los lomos, la variedad de colores, editoriales, grosores...recorrerlos con los dedos para comprobar que el polvo sigue amando a nuestros compañeros de viaje, que ahora descansan en un estante colmado de letras. ¡Así sí que puede uno mostrar su tesoro a las visitas, hombre! 

4.Sobre el papel socializador entre fetichistas. Hace poco vi un vídeo en el que Manuel Vicent decía: "Los lectores, una secta". Pues bienvenidos. Advertencia: aquí se lee, se pedantea, se discute, se cita, se recita y se tienen catarsis. Quedan avisados. El libro digital se carga muchas de las interacciones entre sus miembros: el eterno intercambio de libros (sustituido por envío de archivos o una solitaria descarga) y su posterior comentario al calor de un café, a veces con convergencia, otras no; la eterna pelea por las ediciones (la mía es más bonita-la mía tiene una portada más lograda-la mía tiene un prólogo espectacular); el eterno reproche por los daños causados al libro (has doblado la esquina-has subrayado un párrafo con fluorescente amarillo). Y vale que el fetichista del libro suela ser un tipo algo solitario que le gusta tumbarse bajo los olivos a leer (o en la cama, en su defecto), pero de ahí a robarnos toda interacción posible con los exiguos miembros de la secta hay un buen camino. (Bueno, al menos con el Kindle puedes compartir en Facebook tus subrayados...)

5.Sobre la agresión al libro. (No leer si tiene implicaciones emocionales o aversión a rayar grandes obras) Cuando alguien te deja un libro en el que no ha marcado ni una sola frase, opción 1: es un puritano que respeta la palabra escrita sobre todas las cosas, amén; opción 2: no se lo ha leído, no lo ha entendido, o ha visto la película. ¡Las grandes obras deben ser agredidas! Con fosforescente si lo que dice es extremadamente genial, con lápiz si es sublime y con una esquina doblada si es interesante. Es la manera de hacerlo propio, de integrarlo en nuestro horizonte, de sumergirnos completamente en su lectura, siendo juez y parte (y también para poder volver más tarde a esa gran cita que se nos suele olvidar pero que por surte un día marcamos). Si tienen el día atrevido pueden anotar sus propios comentarios en el margen, como suele hacer una servidora, que también le da a veces por dibujar simbolitos algo extraños: ojo,cara de horror, cara de sorpresa grata, cara sonriente, cara de me parto, cara de me duermo, interrogante/duda existencial. Lo bueno es ver con los años las barbaridades que subrayaste y pensar... ¿realmente encontré esto interesante?, ver que los grandes interrogantes al margen se han diluido con el devenir de los días o reencontrarte de repente con un fragmento magnífico que casi habías olvidado. Con el Kindle esto también se pierde, pues aunque tenga la opción de guardar los subrayados, qué quieren que les diga... no es lo mismo. 

6. Sobre la compras.  Hacer un par de clics en Amazon.com no es comprar un libro. Es descargar un archivo triste, comprimido y fútil. (Además odio que la susodicha página web me recomiende títulos.¡No pienso comprarme Viaje al optimismo de Punset, ¿capisci?) Adquirir un libro es otro ritual maravilloso, es pasearte insomne por una librería -ese reducto de paz- con desmanes torpes coger unos y otros, revolverlo todo, leer las contraportadas, sopesarlos a dos manos, desdeñar un diseño de portada, comparar ediciones... pasear entre letras vivas y muertas, humo de la historia y del arte, de los devaneos humanos. Es ir sin idea de comprarte nada y salir con las manos llenas de alegrías y tostones, con la Visa rota -pero con la cabeza bien alta. Y aunque duela un poco a final de mes, pocos objetos sobreviven tan bien al paso del tiempo, pocos nos hacen disfrutar durante años y pocos se vuelven gravilla y asfalto de la carretera de nuestras vidas del modo en el que lo hacen ciertas obras fundamentales que todos tendremos siempre cerca (aunque esta lista sea personal e intransferible).

Creo que mi disculpa hacia el libro impreso (y verdadero) y en particular hacia mi pequeña, pero fiel biblioteca de andar por casa, queda pues escrita (qué ironías, electrónicamente), por lo que ya puedo liberar esa pequeña carga que llevaba yo en alguna recóndita habitación de mi conciencia y volverme a mi butaca a seguir con mis lecturas. Si me buscan, allí estaré.

Hasta entonces,

N.Molines.



lunes, 23 de abril de 2012

Donde habite el olvido



Donde habite el olvido [...]
Donde mi nombre deje al cuerpo
que designa en brazos de los siglos,
 donde el deseo no exista.


 El olvido, bendito don y eterno causante de problemas. Siempre olvidamos lo que debemos recordar y nunca olvidamos lo que querríamos borrar -con gesto brusco y firme- del cuaderno a medio escribir de nuestras vidas. Bienaventurados los olvidadizos, pues se olvidarán de sus propios errores. Y yo digo Amén. Bienaventurados aquellos que por omisión, voluntad, torpeza o mala memoria saltan alegremente sobre sus yerros, los cubren de polvo gris o los empujan bajo la cama a compartir vida con las pelusas. Sí, justo esos que se sacuden con facilidad las canciones que te acarician amargamente los oídos desesperanzados.

 Siento haber olvidado tu cumpleaños, siento haber llegado tarde, siento no haberte devuelto aquel libro que me dejaste, siento haber olvidado leerlo. Ya sabes, para variar estaba en mi planeta melancólico, escuchando algo de Dylan o de la Holiday ; releyendo compulsivamente el Chau número tres o el Corazón coraza de Benedetti; paseando mis dedos por las líneas de algún relato asfixiante-pero urgente- de Carver o por las letras ásperas de algún texto de Freud que me ataca sin compasión. Ya sabes, estoy en mi mundo, la memoria me juega malas pasadas y relega en la trastienda el olor de la primavera. Tú también te olvidaste de muchas cosas, pero no importa amor. Los demás nos perdonan el olvido, pero uno mismo no se redime de la memoria, uno nunca se dispensa los recuerdos. La memoria y el olvido son la misma cara del pasado, de matrioskas pintadas, infinitas y empequeñecidas con cada gesto que las rompe, es el  pasado un gesto anodino de guardar una muñeca dentro de otra hasta no recordar qué esconde la primera figura diminuta. Allí es donde habita el olvido, tras las caras pintadas de las máscaras que el  tiempo talló sobre madera joven, tras el silencio que se esconde en los pasillos de la casa a la que no pudimos regresar. Y así vivir y olvidar -ordenar la habitación de la memoria y sacudirle las fotografías incómodas- es confinarse dentro de otra muñeca mayor, otra que tenga espacio para volver a llenarla de divagaciones y sueños, con la cara lavada y luego algo de carmín,  larvatus prodeo. Y ya se sabe, cuando llenemos la nueva muñeca de recuerdos inhabitables, nos procuraremos otra con presteza, no vaya a ser que las astillas se nos claven, no vaya a ser que la claustrofobia lo invada todo. Y así, máscara a máscara, mudándonos con cada golpe de viento nos cubrimos con caras, chaquetas y zapatos ajenos. Eso podría explicar por qué a partir de cierta edad se engorda exponencialmente.






El pasado y el olvido, Ese Gran Simulacro del que nos hablaba Benedetti. Clases de amnesia inservibles, poesía mala, literatura en serie, actos inútiles, palabras robadas que siguen taladrando con su eco nuestras pobres cabezas, cada día un poco más inhabitables y complejas. Un remolino de viento arbitrario que es juez y parte en esta primavera extraña, llevándose y devolviendo las mismas hojas muertas, papeles perdidos, notas casi olvidadas.Y a veces enfurezco y me recito en voz baja, evocando las palabras del uruguayo:


¡Qué te ha dado el pasado?, ¿la fuga que te mira en el espejo?, ¿aquel fantasma que te desbarata?, ¿la sombra de tus nubes?,¿la intemperie? 


El pasado de antaño y ayer me dio cartas que quemar -muchas, por cierto-, me dio cigarros consumidos en ceniceros rebosantes, carmín a deshora, canciones inoportunas, frases que mejor hubiera sido no pronunciar, palabras que no se debieron escribir, negativos de la gran película de nuestras vidas que no se revelaron. Pero también me dio sonrisas entre bambalinas, me dio la poesía que amo, a Benedetti y a Cernuda, los saxos sensuales acompañando a las voces negras que me ponen los pelos de punta, las mañanas de lunes soleadas de camino a la universidad, los párrafos ilógicos de Borges. Alguien que no recuerdo dijo algo así “La literatura es un ajuste de cuentas con la vida, porque la vida no suele ser como la esperábamos”. Y yo digo Amén -y más hoy en el día del libro. 


Una olvidadiza de cosas cotidianas -pero con gran memoria para otras- que se despide, con los recuerdos entre las manos, como un brazado de flores secas. Se aleja pisando despacito por una carretera de polvo rojo de Arizona.

Donde penas y dichas no sean más que nombres, 
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, 
Disuelto en niebla, ausencia, 
Ausencia leve como carne de niño.
 Allá, allá lejos;
 Donde habite el olvido

jueves, 19 de abril de 2012

Yom HaShoah-Día de recuerdo del Holocausto


No necesitaba un día marcado en el calendario, claro que no. Pero quizá el mundo sí necesitaba un día en el que no pudiera desviar la mirada. Un círculo rojo e incómodo que manchase el calendario blanco con la sombra de Occidente, con piras aún humeantes del llanto ininterrumpido de la historia. Muchos preferirán dormir hoy, no recordar ni pensar un segundo, no encender la televisión que muestra a los gobiernos hipócritas poniendo coronas de flores en algún monumento frío. En cierto modo lo comprendo, es demasiado difícil -si es que es posible- pensar Auschwitz, Birkenau, Sachsenhausen... Otros lo sentirán tan ajeno -de eso hace ya mucho, yo ni vivía- que no se immutarán lo más mínimo mientras rebañan el plato caliente de sopa o apuran un café. Ni en Twitter es trending topic. Pues siento ahondar en la herida, siento acariciar las llagas con las yemas de mis dedos escribiendo esto. Lo siento, pero yo sí que recuerdo, y no solo hoy, sino siempre. Así que os voy a contar mi humilde historia y mi recuerdo:

Creo que confié en el mundo hasta los ocho años. Hasta ese momento la vida era un recreo sin timbre al final, un devaneo entre el fútbol y los libros de Barco de Vapor (colección azul y naranja, por si quieren saberlo). Cómics los domingos, un chicle a la semana, peleas donde enarbolaba la palabra justicia por única bandera. Pero un día en la biblioteca cayó en mis manos el diario de Ana Frank y me lo llevé a casa sin reflexionar mucho más. Creo que me lo llevé por la portada y porque yo también acababa de empezar un diario. Mis manitas infantiles acariciaron con temor cada página, la cara me cambiaba a medida que me daba cuenta de que aquel no era un libro más. Claro que no. Terminé desolada y odiándome a mí misma por haber tratado de entretenerme con la historia de Ana. Sé que algo cambió en aquel momento y el exterminio pasó a formar parte de mi propia historia, aunque jamás hubiese estado allí. Una vez pasado el duelo seguí atormentando a mis padres con mi santa manía de preguntar. Eres pequeña, ya lo entenderás, no deberías haber leído ese libro ahora, mira que eres cabezota. Comprendí pues que con el tiempo seguiría buscando respuestas, pero a mi manera. 

A los 14 llegué a Sachsenhausen, y una pequeña parte de mí se quedó allí. Mis manos se paseaban por las paredes yermas de los barracones, se detenían en cada muesca, en cada hendidura preguntándose quién habría arañado la pared, quién se habría quedado con el yeso bajo las uñas. Recuerdo la madera, los crujidos que profería con cada una de mis pisadas, pensé en todos los pies descalzos que se habrían arrastrado por aquellas tablas obscenas. La tierra fértil parecía un decorado postizo tras la alambrada, la sombra atávica de los olvidados hundía mis pies en la gravilla. Con una mano sujetaba a Aida, amiga eterna, y las dos llorábamos impotentes, mirando los tiznes tetros de la madera que servía de suelo en la enfermería del Lager. No solo llorábamos por lo que allí había ocurrido, sino por las escenas que se mostraban a nuestro alrededor: unos turistas se hacían fotos sonriendo, un japonés observaba impasible los barracones mientras se comía una tableta de chocolate, alguien hablaba por el móvil presumiendo de estar allí. 

A los 15 hicimos el proyecto de investigación con Jose Luís, nos empapamos de cine y literatura sobre el Holocausto. ¿Recuerdas, Aida? Vimos Noche y Niebla (mientras a alguna la echaban de clase por tener pesadillas), Shoah, La zona gris, Amén, El pianista, La lista de Schindler, La vida es bella, American History X, Los juicios de Nuremberg... no sé, vimos todo lo que cayó en nuestras manos, devoramos la pantalla y las páginas de Primo Levi, de Irene Nemirovsky, de Frankl... El proyecto se quedó colgado del alambre cuando Jose Luís cogió la baja, nos sentimos algo huérfanas cuando llegó la substituta, que no era capaz de respondernos a nada, que se asombraba de vernos leyendo Mein Kampf. Al final escribí sobre el neonazismo, sobre la propaganda y el adoctrinamiento. Aquel proyecto fue el pasaporte para Israel.

A los 16 llegaron los israelíes. Recuerdo el miedo abismal que tenía a ver sus rostros, a que sus ojos siguieran presos del rencor, a que entre nosotros hubiese un precipicio insalvable. Pero llegaron y corrieron a abrazarnos, allí en la estación del metro, dejaron sus maletas en el suelo y nos sonrieron. No se me olvidará jamás aquella escena. Ravid, Dar, Or, Bar, Roni, Lula. Pasamos una de las mejores semanas de mi vida. Me enseñasteis el alfabeto en los trayectos largos en bus, mis primeras palabras en hebreo: "Ani ohevet otja"; me contastéis vuestras historias, las de vuestras famílias. Historias de idas y venidas, de sangre de todo el mundo, de rostros que no tienen un origen cierto porque son la faz de la historia entera.  Recuerdo que el mismo día que se fueron los israelíes llegó a casa una italiana de intercambio. Su presencia me resultó insoportable, ocupando la cama de Ravid, sentada donde ella se sentaba. Te eché mucho de menos amiga.

Meses más tarde, en enero del 2010 volamos con el alma encogida a Israel para presentar el proyecto Comenius. Yo me aferraba nerviosa al brazo de Javi cuando pisamos Tel-Aviv, miradas cómplices con Alba, Jaime, Susana, Paula, Vicent. Nunca he vivido un reencuentro más emotivo, era de noche y nos esperaban en la puerta del instituto Dror. Corrimos de nuevo antes de que el sueño se escapara, nos lanzamos a los brazos entre lágrimas de incredulidad y alegría. Recuerdo que al lado de mi casa israelí había un búnker. 

Sin duda fue Jerusalén el punto de inflexión del viaje. Mi cabeza apoyada en el Muro de las Lamentaciones, deslizando en algún recoveco un papel arrugado que pedía nunca olvidar. Or, de tez árabe, se puso la kippa para recordarle a todos que era judío. Acabamos el día en el Yad Vashem, deslizando nuestros pasos por la avenida de los justos de las naciones, entre árboles que crecían verdes tras las cenizas. Igual que en Sachsenhausen mi mano se deslizaba por los muros fríos del museo, la mirada perdida entre fotografías, cartas, pedazos de tela, juegos de mesa propagandísticos... el símbolo y la luz al final del túnel. Pocos edificios han conseguido que se me clave en la piel el dolor histórico como este. En el Santuario de los Nombres os miré a los ojos, a miles de rostros inmortalizados en el frío blanco y negro que me pedían que no olvidase. El viaje de vuelta a Tel-Aviv  fue silencioso. Abracé a Dar y formulamos preguntas sin respuesta. Claro que no, no la tenían.





Recuerdo el coloquio que tuvimos en la universidad de Tel-Aviv, me golpeasteis las costillas para que hablase, no sé exactamente qué dije... bastante tuve con hablar en inglés. Creo que fue algo así como: No importa el viaje, ni los sitios que hayamos visitado estos días, importa estar con vosotros saber que tenemos algo en común, que somos hermanos y que siempre recordaremos estos días como un regalo maravilloso. Nos habéis enseñado tanto, habéis respondido a muchas de mis preguntas, me habéis dado fuerza y alegría. Sí, creo que fue algo así. La despedida, como podéis imaginar fue surrealista. Recuerdo que vagaba con Alba y con Javi por la terminal del aeropuerto, sin creer que nos estábamos marchando. 

Y aquí seguimos hoy, con la obsesión y la Shoah bajo la piel, como compañera de viaje. Sueño con poder ir en peregrinación a Auschwitz, volver a Israel, pero sola o cogida de la mano de alguien que comparta mi dolor sincero. Sueño con arrodillarme en el suelo frío frente a los crematorios para acariciar la tierra del Lager. No siempre son agradables los sueños, ya lo saben.

Adorno dijo que escribir poesía después de Auschwitz era barbarie, pero yo ya no creo en eso. La poesía, el cine, la literatura, el pensamiento... son nuestras únicas murallas para frenar la barbarie. La poesía no es un acto obsceno después de Auschwitz, es un acto necesario. Del mismo modo que los que estaban en el Lager escribían en papel robado por sincera necesidad, el mundo tiene que seguir contando historias, creando arte para poder escapar del recuerdo de la Shoah y tratar de que no se olvide esa mácula que todos llevamos dentro.


domingo, 15 de abril de 2012

Precipicios, bodas y algún retazo insomne más.






Leonardo: 
Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y el dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque! 
 Novia: 
(Temblando) No puedo oírte. No puedo oír tu voz. Es como si me bebiera una botella de anís y me durmiera en una colcha de rosas. Y me arrastra y sé que me ahogo, pero voy detrás. 

 No recordé nada de la noche anterior. Solo ese pasaje que volvía, una y otra vez. Un tiovivo siniestro que chirría con cada vuelta que da, lleno de manitas infantiles que saludan a unos padres ausentes en la feria desierta de tu vida. Lo sabría recitar de memoria, recuerdo cada gesto, cada quiebro, cada silencio amargo que se esconde allí y en el tercer acto ¿Recuerdas, mi amor, cuando lo ensayábamos? ¿Recuerdas cómo lloraba? ¿Recuerdas los gritos, el manto negro, la fragilidad hecha puñal? Supongo que ya no lo recuerdas. Tú te reías entre verso y verso, no aguantabas mi mirada rota. Me dabas el pie sin comprender por qué mis ojos estaban fijos, negros. Tú no lo entendías. Ni ella, ni aquel, ni vosotras. 

Unos años después lo entendí, se me clavó en algún recoveco escondido del alma, y ya no pude volver a casa. Aquel día me detuve ante el precipicio, abajo todos me esperabais, para que cayera en vuestros brazos. ¡Serás feliz, tendrás una vida tranquila! me gritabais desde las profundidades. Yo y mi incertidumbre. Mis pies sobre la tierra, tierra muerta, mojada, silenciosa, cruel y traidora. Di media vuelta, los gritos se hacían brisa. No pude volver a casa porque no recordaba -ni quería recordar- el camino.  No pude volver a casa porque no había lugar al que volver. Mi vida eran cenizas aún humeantes tras el incendio, el olor a carne quemada, el grito que aún suena como eco en aquel precipicio. Pero fui feliz, irónicamente feliz. Aquel día me perdí durante horas por el casco viejo, si no me falla la memoria. Los muros desconchados, las ventanas cerradas, las esquinas sucias, la basura amontonada en cualquier parte, un violinista del este de Europa, una señorita mal de casa bien, dos niños persiguiendo a un perro. Aún lo recuerdo. Fui feliz sin mirar el reloj, sin tener la obligación de volver, de contestar, de sonreírte sin ganas. Borré mis huellas, perfumé las calles para que no oliesen a nada que pudiera recordarte a mí. Cambié el nombre de mil lugares, reescribí la historia, nuestra pequeña historia, para que no tuviera un final triste. Me guardé los finales tristes para mí, sabes que siempre me encantaron. Fui feliz a mi manera, sin máscara, sin risa postiza... con letras amargas, notas agudas de las que arañan, con mis divagaciones, solo mías, ese día no tuve que compartirlas. Ni ganas. Nunca hay silencio por dentro, jamás. No añoro las tardes cuando sí había silencio, bueno quizá un poco. Pero no me olvido de aquella sensación, aquella angustia que temía cada verso que seguía... ¿Cuántos años hace de aquello? 

Leonardo: 
También yo quiero dejarte  
si pienso como se piensa. 
Pero voy donde tú vas. 
Tú también. Da un paso. Prueba. 
Clavos de luna nos funden  
mi cintura y tus caderas.  [...]
Novia: 
¡Huye! 
Es justo que yo aquí muera  
con los pies dentro del agua, 
espinas en la cabeza. 
Y que me lloren las hojas. 
mujer perdida y doncella.  

Y yo caía sobre las tablas duras del escenario, tú me dabas la mano, repetíamos la escena. ¿Recuerdas, mi amor? Luego ensayaban Bernarda Alba, luego nos devolvían el turno. Dos focos, un grito, dos gritos. La tragedia en el aire y bajo la piel, devorando nuestra infancia, nuestros sueños. Sonaba la sirena, volvíamos a clase. Una semana más, una semana menos. Se acercaba el estreno, y nadie venía a ensayar. Nadie lo entendía, ni tú, ni ella, ni aquel,  ni vosotras. Yo me pasaba las madrugadas golpeándome con cada frase, cada verso. El espejo se cansó de escuchar el monólogo final y se rompió, los cristales por el suelo vibraban con cada grito, al son de la tragedia. 


Y pasan los años y vuelvo a las andadas. Tener la sensación de llevar un libro bajo la piel, letra a letra, con sus puntos, sus silencios, las lágrimas malditas de Lorca... y saber que siempre estará ahí, que volverás a él infinitas veces, porque ese libro es la vida (y la muerte). Lo triste es no saber explicarlo, no saber qué verso, qué palabra fue culpable de que no volviera a casa. Tú tuviste parte de culpa, querido Federico, no solo por tus trágicas Bodas, sino por versos como estos:


 Llena, pues, de palabras mi locura 
o déjame vivir en mi serena noche del alma
 para siempre oscura. 


 O estos:


 Que lo que no me des
 y no te pida 
 será para la muerte, que no deja 
 ni sombra por la carne estremecida.


(Sé que es blasfemo sacarlos de contexto, arrancarlos sin piedad de sus estrofas hermanas, espero que me perdones) Pero después de tantos años ya hay confianza, ¿no? Desde el día en el que llenaste de ceniza mis manos, cenizas que le lancé a algún pobre despistado que pasaba por allí; desde el día que no volví a casa, donde el niñito de agua me esperaba, con los brazos abiertos y la boca vacía de palabras. Claro que no pude volver. Tampoco debía. Loca, débil, egoísta, fría, soñadora, altanera, orgullosa, cruel, irresponsable... todo lo oí, pero nada escuché. Tus versos llenaron los vacíos, los espacios, silencios oscuros... un bemol para siempre tocado y hundido. Tus versos en los que me habría quedado a vivir, porque eso era el amor y no lo que veo en los bares a horas insomnes; eso era la tragedia y no lo que se cuenta en los pasillos de un tanatorio. ¿ Lo recuerdas, mi amor? ¿Recuerdas las veces que los recité? ¿Recuerdas mi llanto impotente? No, claro que no lo recuerdas. Ni tú, ni ella, ni aquel, ni vosotras. Tú mirabas al mundo a la cara, yo miraba lo que guardaba en la espalda. Tú eras un rebelde de cintura hacia abajo; yo de rodillas para arriba.  
Por eso me alejo del precipicio, sin hacer ruido. Recitando algo triste en mi cabeza, recordando gestos olvidados, con la poesía y la vida bajo el brazo; la música y la rebeldía entre las piernas o entre los nudos de mi melena. Limpiando en la tierra la ceniza que se me cayó sin querer, borrando del aire mi olor, apagando mi voz en tus oídos. ¿Lo recuerdas? Espero que no, nunca fue mi intención que lo recordases.

viernes, 13 de abril de 2012

Estado policial

Queridos ciudadanos terroristas:

Tienen que comprender que no pueden seguir manifestándose pacíficamente en las calles. Eso afea las avenidas y las plazas, y dentro de poco tenemos a los extranjeros aquí que se lo chivarán todo a Merkel. Las sentadas y la resistencia pasiva son un atentado a la autoridad (bueno, lo serán en breves con la reforma que planeamos), desgastan las aceras y la paciencia de la policía. No se escandalicen si son considerados "organizaciones criminales" si convocan por Twitter manifestaciones que deriven en actos violentos. Ya saben lo peligrosos e hirientes que pueden resultar los Trending Topics (si no pregúntenle al pobre Froilán). No se alarmen por las palabras del consejero Puig " Ya no vale el yo pasaba por allí", "Hay que limitar el derecho de manifestación", tenemos que proteger al Starbucks, que luego acaba en llamas por culpa de la kale borroka catalana. Si lo hacemos por ustedes, que les encanta el Frapuccino y los sofás con Wifi  del lugar. Ustedes sigan a lo suyo, que nosotros ya nos encargamos de arreglar el país. No es necesario que sigan pensando, se lo ponemos muy fácil: vayan al fútbol los domingos, pongan Telecinco a la hora de comer (y el resto del día, si están en paro y no tienen otra cosa que hacer), empápense de producciones holywoodienses y sean felices consumiendo (sobre todo consumiendo, eso que no se les olvide). Lo hacemos por su bien, por ahorrarles molestias y desazón. Piénsenlo fríamente, ¿qué necesidad hay de salir a la calle?, ¿qué necesidad hay de expresar su voluntad?, ¡en casa se está mucho mejor hombre!, ¡que tienen la tele y el aire acondicionado! Esperamos pues que comprendan y acaten las reformas propuestas (como vienen haciendo hasta ahora).

Saludos cordiales,

El loco de la colina.
_______________________________

Querido gobierno terrorista:


No intente disfrazar sus intenciones pre-constitucionales con palabrería hueca sobre el vandalismo y las "guerrillas urbanas". Aprendan a usar el lenguaje, como mínimo. Un atentado pasivo es una contradicción, un oxímoron sin fin literario ni belleza estética. Un atentado implica la acción, el hecho activo y desde luego una manifestación pacífica o una sentada se caracterizan precisamente por todo lo contrario. Salir a la calle a exigir los derechos que se consiguieron tras años de lucha no es un acto terrorista, ni criminal (ni ningún otro adjetivo manipulador que le quieran imponer). Es un acto necesario, urgente y sobradamente justificado (aunque aparentemente sirva para poco, si se queda solo en un paseo por las calles sosteniendo pancartas con rima fácil). Obviamente siempre hay entre los manifestantes, algún grupo que se desmarca y emplea la violencia. Se alarman entonces ustedes, claman contra "el enemigo" cuando en Valencia arde un contenedor. Pero si el Madrid gana la Champions y arde media capital, o si estamos en Fallas y se rompen cristales, se queman papeleras; o  si los actos vandálicos vienen derivados por saraos folclóricos que medran a la masa entonces no pasa nada. ¡Que son falles home! ¡Hala Madrid, hala Madrid!.

Sabemos perfectamente que quieren poner a salvo sus espaldas. Si aumentan el umbral mínimo a dos años para aquellos que "atenten" contra el orden público (por lo que se ingresa en prisión, al menos preventiva,  si hay condena), si equiparan la resistencia pasiva con la activa, seré la primera en lanzar una piedra. Si delitos como la agresión sexual (1-4 años), violencia física -lesiones (6 meses a 2 años) pueden quedar impunes (o sin pasar por prisión si la condena es inferior a 2 años), ¡ya saben lo que hay que hacer en las manifestaciones, amigos! 

Criminalizar la calle, ese reducto de libertad que se supone que nos queda es dar un vuelco en la historia. Querida generación, ¡aún podremos contarles a nuestros hijos que corrimos delante de los grises (bueno, ahora el uniforme es azul marino, disculpad, pero el símbolo es el mismo)! Poco a poco nos van a robar (bromitas aparte) el derecho a disentir, a protestar, a exigir, a plantar cara. Si ya es difícil sacar a la sociedad a la calle (o cuando sale, parece un carnaval que luego se va al centro comercial), si ya es casi una tarea imposible la toma de conciencia, la reflexión crítica ante los hechos y decretos que borran sin disimulo las pocas letras que le quedan a la palabra democracia... si encima criminalizan uno de los pocos métodos de expresión ciudadana, apaga y vámonos.  Aunque les cueste aceptarlo, pensar no es un delito (aunque quizá sí una condena, dulce, pero condena). 

En el fondo, estas medidas son un síntoma claro de su miedo. Están instalando el anti-virus antes de meter en el equipo programas sospechosos. Saben la que les viene encima, porque tienen muy claro que las barbaridades que están perpetrando (y disculpen el uso manipulador del término, pero yo también sé jugar con marcos) para derruir el Estado del Bienestar (Bienestar...jajajaja, lo siento, no lo puedo evitar) por algún sitio tienen que explotar. Se están metiendo ustedes en terrenos pantanosos, tocando Educación y Sanidad. Cuidado. Yo les aviso. Que a pesar de mi pesimismo habitual con la sociedad, saben que siempre me queda una vena latente (sí, esa que hace que me hierva la sangre; la que me saca a la calle; la que da mítines en el aparcamiento de la discoteca). 

PD: Espero que no me condenen por alentar vía blog al pensamiento. (¿Eso también estará considerado como organización criminal que alienta a las manifestaciones/violencia?) Lo digo porque de organización aquí hay poco, ya saben que siempre he sido algo caótica.

Fdo: N. Molines.

martes, 10 de abril de 2012

Poemas de Moleskine: Ese rostro

Foto: William Klein
Amanecer con prisa,
el mismo rostro,
las mismas sábanas sudadas,
suelo frío,café amargo,
ojos fijos que no se dicen nada.

El mismo rostro
que antes era la eternidad
se te hace ahora eterno.
Antes miradas cómplices,
ahora cuencas vacías y silenciosas.

Ayer te sobraba el mundo
si estaba cerca;
hoy necesitas al mundo
porque te respira en la nuca.

Pero el mundo está muerto,
es una carcajada que retumba
en el abismo de la historia,
mueca de los olvidados
con pose decadente
 en el dintel de tu vida.

No te darán la mano,
porque su mano ya es ceniza,
partitura sin músico, ni clave,
hueso roto en la penumbra.

El mundo no te salvará,
ese rostro tampoco.
Fundido en negro,
Telón.



domingo, 8 de abril de 2012

Cuaderno de lecturas (I): El amor dura tres años, F. Beigbeder.



Nunca me han gustado las novelas románticas, y me faltó poco para pasar de largo de esta. Con semejante título la depresión estaba asegurada.  Por orgullo literario (y por un auto-juramento de no juzgar un libro por su título) me leí la contraportada: (Traduzco como buenamente puedo los fragmentos del libro que incluyo)

Al tercer año hay una buena y una mala noticia. 
La buena noticia: asqueada, tu mujer te deja. 
La mala noticia: empiezas un nuevo libro.

Decidí darle una oportunidad, tenía a Beigbeder pendiente desde hace tiempo. No salió mal la cosa. L'amour dure trois ans es como una conversación con el autor, como si fueses su mejor amiga y te estuviese contando -con todo lujo de detalles- sus miserias, depresiones y reflexiones sobre el amor. Este libro es la típica conversación que tendrías a las cinco de la mañana después de seis gintonics. Es la casi-perfecta novela anti-romántica. 

Al principio todo es bello, incluso tú mismo. Cada día te trae una dosis de milagros. La felicidad existe, es simple y es un rostro.[...] El segundo año las cosas empiezan a cambiar, te vuelves tierno [...] defiendes el matrimonio en presencia de tus amigos solteros [...] te retienes para no mirar a las jovencitas que iluminan la calle. El tercer año ya no te retienes más, os pasais las horas en el restaurante escuchando la conversación de los vecinos. Sales cada vez más para tener una excusa para no besarla.

Marc Marronnier, alter ego de Beigbeder, es un parisino de la cabeza a los pies. (En el mejor y peor sentido del término). Trabaja en todo y en nada, escribe, organiza fiestas, trasnocha, vagabundea por la ciudad, ama, bebe, se droga. Pero tiene un problema, como dice en varias ocasiones el problema de los que no tienen problemas:  no sabe amar. Está casado con una aparición celestial, Anne, desde hace tres años; y como bien dice el título, llegados a ese punto el amor caduca y empieza a oler mal, muy mal. Cuando el hedor es insoportable es fácil caer bajo la trampa de un perfume embriagador, de nombre Alice

Esta historia fragmentada gira en bucle sobre dos cuestiones: Marc no ama a Anne y se divorcian (cuando ella descubre unas Polaroids delatoras); Marc ama a Alice, pero ella no se divorcia y decide abandonarle. Te salió mal la jugada amigo; cojan pañuelos, la tragedia (de andar por casa) está servida. El preludio de Tristán e Isolda ( o la sonata a Kreutzer) podrían venir con el libro, como en estas tarjetas de cumpleaños que cuando las abres suena una musiquilla estridente que te impulsa a hacerlas pedazos. 

El pobre Marc se vuelve loco, completamente loco. Busca en cada esquina la sombra de Alice, su nombre le provoca náuseas y le devuelve la vida, le clava cuchillos que le recuerdan que está vivo. Pero solo, muy solo. Cuando uno se casa todos están allí para emborracharse, cuando te divorcias te emborrachas solo. Hay momentos de la historia que te dan ganas de decirle, así, en confianza: Pégate un tiro. Cito uno de ellos:

Alice destiñó el Universo. De repente tuve 16 años. Incluso llegué a comprarme su perfume para olerlo pensando en ella, pero ese no era su olor adorable de piel dulce, morena, dormilona, sus piernas largas, finas, encantadoras, su melena de sirena lánguida. Todo eso no se puede encerrar en un frasco.

Entonces Marc llena el vacío con teorías apocalípticas sobre el (des)amor postmoderno:

-El amor en el siglo XX es un teléfono que no suena- dice. (Se publica en 1997)
-En el siglo XXI es un whatsapp que no llega o las horas muertas mirando el circulito verde de Facebook que te dice: Está conectado- contesto. 


O reflexiona sobre la soledad:

-¿Por qué todo el mundo huye de la soledad? - Porque obliga a pensar.
En nuestros días Descartes no hubiese escrito "Pienso, luego existo". 
Diría "Estoy solo, luego pienso" 
  
O directamente se pasea por los lugares que le recuerdan a Alice, así a pecho descubierto y en plan flagelante insomne (estamos en Semana Santa, así que no me descuadraba del todo). Busca el fondo pero no lo encuentra, ni en la bebida, ni en la música, ni en los libros, ni en las putas, ni en las drogas: siempre  cae más y más profundo, escarba en las calles parisinas que le niegan el saludo. En un momento de lucidez se da cuenta de que toda su vida ha estado repitiendo las mismas estupideces, los mismos errores, día a día, cada tres años...  pero quizá reside ahí la felicidad, concluye. Como diría Camus " Hay que imaginarse a Sísifo feliz".

Marronier/Beigbeder sutura la herida con 5 páginas  de monólogo interior separadas solo con comas (y con un par, un estilo envidiable y una velocidad malsana). 5 páginas de las que sabes que llevarás toda la vida contigo, porque son una radiografía de la mente que ama.
El amor no tiene puntuación, se justifica, 
cuando se está enamorado se escriben cosas interminables. 

Cuando acaba semejante locura de monólogo, los dos amantes se preguntan: ¿Qué día es hoy? Eso es amor, señores. Quien lo probó lo sabe. La historia no acaba aquí, pero es mejor que lo descubran ustedes. Para los incrédulos, los desencantados, los enamorados, los que odian, los que no saben amar, para los que lo intentan a pesar de todo... una novela recomendable para desconectar  bajo el sol primaveral. No recomendable en invierno ni tras un divorcio.

Una que se despide mirando al mar. 
________


BEIGBEDER, Fréderic, L'amour dure trois ans, Ed. Gallimard, 1997, Paris.

jueves, 5 de abril de 2012

Saldando deudas (I): Baudelaire

                                                             La noche, Miguel Ángel
El Ideal


 No serán jamás esas bellezas de viñeta,
Productos averiados, nacidos de un siglo bribón,
 Esos pies con borceguíes, esos dedos con castañuelas,
Los que logren satisfacer un corazón como el mío.


Le dejo a Gavarni, poeta de clorosis,
Su tropel gorjeante de beldades de hospital,
Porque no puedo hallar entre esas pálidas rosas
 Una flor que se parezca a mi rojo ideal.


 Lo que necesita este corazón profundo como un abismo,
 Eres tú, Lady Macbeth, alma poderosa en el crimen,
Sueño de Esquilo abierto al clima de los austros;


O bien tú, Noche inmensa,
hija de Miguel Ángel,
Que tuerces plácidamente en una pose extraña
Tus gracias concebidas para bocas de Titanes!
____________________________


Querido Charles (si no te molesta que me tome esta confianza):

Este no es tu mejor poema, lo sé, pero por alguna extraña razón me suele venir a la mente. Baudelaire, Baudelaire, maldito entre malditos, has escrito cosas demasiado ciertas. Por haberme acompañado tantas noches insomnes te debo algo, aunque solo sean unas humildes líneas con las que aliviar la muñeca.

Un día el Albatros cayó en mis manos y claro, el flechazo fue inmediato. Estaba harta de poemas llenos de pámpanos, muñecas de porcelana, piel de seda y dientes perlados. Harta. Nos hablas desde el simbolismo de lo grotesco, una visión aumentada de la realidad que incomoda al lector. No se puede escribir algo decente sin sentirse un poco como ese Albatros abatido por los marineros, porque queridos admito que se me dan mejor los mundos oníricos que los pragmáticos. Con los pies en tierra soy torpe, muy torpe. Aquí abajo las alas no se despliegan en todo su esplendor, se quedan atoradas por la multitud que empuja en las calles concurridas. Si no te has sentido así nunca, estás del lado de los marineros, no te molestes en seguir leyendo.

Otro día me topé con El vampiro, con La serpiente que danza ... y claro fue un día triste. Me imaginé a Jeanne Duval oyendo los poemas que les escribías...pobre Charles, riéndose de ti y echándote a la cara tus cartas de suicidio. Él le abre la cabeza con la cómoda y ella se echa Perfume exótico, él la odia pero a la vez enloquece por su Cabellera. No es casual que estos dos poemas vayan seguidos. En la rue d'Angoulème ya nadie se escandaliza por sus discusiones bañadas en vino y otros paraísos artificiales. En una de tus cartas dices que una vez discutisteis durante quince días, sin interrupción -o quizá para colocarse un poco-. Duval volvía cuando el dinero se le acababa, y Baudelaire, tu  ibas cuando estabas cansado de que la Luchette  te contagiase la sífilis. De ahí nace Una carroña. De ahí nace mi andanza con el Ideal, arriba escrito.

Y desdichado Charles, sigues escribiendo, sigues muriendo poco a poco golpeando al hastío con la pluma, con sinestesias imposibles y con palabras reales. Entonces llega el invierno y lees  Spleen(III) y Spleen(IV), y claro, te maldigo. El tiempo, el cuerpo, el hastío, la descomposición... todo eso era verdad, el tiempo pasa y por dentro morimos un poco, la negrura se va apoderando de los brazos jóvenes, las uñas se caen y la mirada es abismo. Nuestro Enemigo es el mismo que el tuyo, aunque tú lo tuvieses más presente por culpa de la enfermedad, por culpa de toda la sordidez que te rodeaba. 

Las páginas pasaban, y cerrábamos Spleen e Ideal, para adentrarnos en tus Cuadros Parisinos que esbozaban escenas sinceras y desgarradoras, La mendiga pelirroja te observaba desde su sucio escondrijo, te  veía pasar con su aire ausente, aunque quizá eras el único que se paraba a mirarla a ella. El poeta se iba directo a sus paraísos artificiales, jugaba con el vino en algún lugar de mala muerte, bebía solo o acompañado. Depende del día.

En casa tenías un jarrón donde una a una colocabas tus Flores del Mal, esas flores rojas que se parecían a tu ideal, dulces asesinas, prostitutas con sífilis, mulatas de saliva mordiente. De todas ellas yo cogí a Beatriz, que poco tenía que ver con la de Dante. Supongo que ella era el símbolo de todas,  de las locas bohemias que llenaron  La fuente de sangre. Este poema me sacudió demasiado, debo reconocértelo.

Cerraste (o ahondaste) la herida con seis poemas en honor a la muerte. Suturaste con hilo negro las cicatrices eternas del que ama. Cubriste de ceniza la poesía, le arrojaste la pura verdad y le sacudiste los epítetos estúpidos con los que se adornaba. Hablaste de la muerte, te atreviste a crear y destruir belleza con lo imbécil, lo pútrido, el despojo, el veneno, el miasma, el esqueleto, la carroña. 

Recuerdo que Platón odiaba a los poetas, por deformar la realidad, por imitarla y hacerla más falsa aún para los ojos fascinados de la polis. Me hubiese gustado ver su cara tras leer las Flores del Mal, supongo que a ti no te hubiera odiado. Se habría ido contigo a beber vino en algún burdel sórdido del París de la época. Quizá os hubieseis turnado con la Luchette.

Poco más que decir, no porque no se pueda, sino porque nunca será suficiente. Seguirás en la maleta, querido Charles, hasta que olvide lo que es el Spleen, hasta que la insatisfacción y la herida no me atraviesen. Mientras hayan días nublados y canciones tristes seguiré acariciando al rojo ideal y pisando las pálidas rosas que no me dicen nada.

Hasta entonces,

N.Molines.


lunes, 2 de abril de 2012

No era la película de nuestros sueños







Después de ver esto muchos permanecerán indiferentes. Debo reconocer que haciendo gala de mis inclinaciones obsesivas vi la escena unas 5 veces. Porque más allá de eso no hay nada. Esa pedrada que la insatisfacción lanza desde su trinchera maldita, esa bala con un nombre grabado que se te clava estropeando el cuadro blanco de tu piel infantil. Y al otro lado de la trinchera se oirá el murmullo de los que  pueden cenar cortando en trozos digeribles el deseo, los que con un poco de vino caro en copa de cristal veneciano tragan sin problemas la pulsión, las ideas, la ira, los sueños. A ese lado de la trinchera están los que por las mañanas tienen tiempo para hacerse tostadas, los que los domingos salen a pasear, los que compran tarjetas en Navidad y se sacuden a Freud con desdén. A este lado estamos los de siempre, los presos de la cárcel del tiempo, con gesto impotente y desgarrador. Allí suena algo alegre, aquí no.

Like a bird on the wire, 
Like a drunk in a midnight choir 
I have tried in my way to be free.


Es triste pero es sincero, hay algo real apuntalando escenas y canciones como estas. Algo que incomoda y te golpea sin miramientos. Hay canciones demasiado tristes y demasiado bellas, canciones que como cristal roto de la copa de los dichosos se clavan si vas descalza por el pasillo infinito de una casa a la que no regresar. Y mientras la sangre corre por el suelo dibujando caminos extraños sigue sonando a todo volumen...

I saw a beggar leaning on his wooden crutch, 
He said to me, 'You must not ask for so much.
' And a pretty woman leaning in her darkened door, 
She cried to me, 'Hey, why not ask for more?'


Y entonces Leaud se va al baño y escribe: 



Y yo sonrío amargamente. Esa no era la película de nuestras vidas, claro que no. Ese solo era el guión de la película que llevábamos dentro, esa película total que rozamos con la punta de los dedos mientras el filo helado de la realidad se colaba por esa pequeña grieta. Guión que por falta de fuerza, por miedo a ver escrita la verdad se quedó en el cajón sin terminar, esperando que a algún iluminado se le ocurriese un final de serie B para no dejarlo huérfano. Porque todo se resume en eso, hay grandes finales o hay finales de mierda; finales que te acompañarán eternamente, -véase el planeta melancólico impactando sobre la Tierra, a la Minelli cantando Cabaret- y finales que no llegan jamás o son tan ridículos que nadie se molesta en recordarlos. Porque poco importa lo que hayas escrito en la puerta del baño, poco importa que escuches o no a Dylan. Poco importa que sea verdad todo lo que dijimos. 


Poco importa, ya no creo en los milagros.


domingo, 1 de abril de 2012

La cárcel del tiempo



En la cárcel del tiempo las paredes desconchadas y la madera enmohecida recuerdan a los presos el devenir de los días. Allí van a parar todos aquellos malditos que no fueron capaces de coger el tren a su hora, aquellos que ensimismados por la dulce melodía de un sueño o un recuerdo no se dieron cuenta de que el mundo no iba  a aguardar a que ellos bajaran del desierto onírico en el que vivían. Unos, anclados en el pasado, recuerdan tiempos mejores desde el suelo frío de su celda; otros, soñadores empedernidos, arañan las paredes con las uñas mientras piensan qué habrá al otro lado, más allá del yeso y de la sangre de sus manos. No se escucha música, ni la radio, aunque de vez en cuando alguien que aún conserva las fuerzas entona algo por pasar el rato y llenar el vacío silencioso que allí se instala después de las comidas.

En el pasillo de los nostálgicos, los vinilos, las fotografías en blanco y negro y los grandes clásicos estaban más que prohibidos. Las terapias futuristas hacen enloquecer al personal. Tres horas de drum and bass para los amantes de Bach con pose frágil y decadente. Una visita virtual por Arco-Madrid para los amantes de la estética, los que lloraban al ver a la Victoria de Samotracia o a Laocoonte a punto de perecer entre ofidias vengativas. El mal de Stendhal era causa común de internamiento en aquel pozo eterno de lágrimas en sepia, en el que siempre había alguien que escondía de contrabando  a Baudelaire mientras tarareaba It's only a paper moon

El pasillo de los soñadores era una jaula de grillos alimentada por los clásicos Disney (algún-día-encontraré-a-mi-príncipe-azul), por la literatura distópica inglesa del s.XX y por las consignas políticas del 68 (y pseudoderivados contemporáneos). Allí la cura venía impresa en manuales de pragmática y adoctrinamiento racional, sintetizada en comprimidos de sentido común y datos macroeconómicos. Algunos se salvaban cuando al invertir en bolsa se compraban su primer Mercedes; el resto se quedaban llorando por las esquinas arrastrando las ilusiones como cadenas, como piedras en el estómago o cemento en los pies antes de saltar al río. Las esquinas de aquel pasillo conocían demasiado bien a los soñadores, que de tanto darse cabezazos contra ellas redondeaban cruelmente sus cantos. 

El día en el que ella llegó a la cárcel del tiempo, con sus Wayfarer, las polaroids de su vida y el disco de Billie Holiday en una mano y en la otra la fuerza vital de querer cambiarlo todo, martillo en mano estilo Nietzsche, las ganas de subir cada día las cabezas gachas que eran escalones y gritar desde la cima alguna vulgaridad, nadie supo dónde encerrarla. Cuando la metían en aislamiento cantaba con voz rota alguna de Dylan o de la Winehouse, según el humor con el que se levantaba; escenificaba tragedias de andar por casa declamando compulsivamente los fragmentos más tristes y brutales que había leído; soñaba con la felicidad compartida alrededor de un café aguado, un pitillo a medio consumir y una carcajada sincera en la que se quedaría a vivir. Cuando la metían en terapia colectiva acababa haciendo recaer al pobre nostálgico que estuvo a punto de olvidar su obsesión por los vinilos, y a la soñadora que estaba a punto de conformarse con una vida simple -de electrodomésticos, coches automáticos y marido ocupado- la elevaba a la torre de marfil para que siguiera creando prodigios amargos y zafándose de un mundo que no la comprendía. 

Acabaron todos locos, incluso el guardia rechoncho y la profesora de pragmática avanzada. 
Ese día volvió el jazz, la literatura del XIX, los cuadros expresionistas y las utopías cotidianas. Nadie salió de aquella vorágine temporal, donde sueños y recuerdos se entremezclaban sin pedir permiso. Volvió la añoranza, la insatisfacción, la impotencia y la tristeza. Las esquinas volvieron a desaparecer bajo los golpes malditos de los inconformistas y de los que querían olvidar. La sangre manchó las paredes obscenamente y la ceniza de lo que jamás ocurrirá se amontonó en un rincón.

Ella se alejó poco a poco, sin hacer ruido, echando la vista atrás para observar aquella multitud enloquecida, diciéndose en voz baja: "No puedo cambiar el mundo, pero puedo elegir con quién tomar café". Después, siguió soñando y escuchando jazz.