viernes, 16 de marzo de 2012

Ortega y Gasset: Miseria y esplendor de la traducción (Reseña)



Ortega da comienzo a su ensayo comparando la utopía humana, los propósitos nunca alcanzados, con la tarea del traductor. Mientras que el autor se expresa de un modo libre, el traductor siempre se ve asediado por los muros gramaticales y sintácticos que acaban «domesticando» al texto original.  Sin embargo, la dificultad en la traducción puede variar según el tipo de texto, véanse aquí divididos en científico-técnicos y artísticos, como ya hizo Schleiermacher. En cuanto a los primeros, el autor defiende que su traducibilidad es mayor porque ya han sufrido un proceso de pseudotraducción al ser redactados, es decir, el autor original adaptó su mensaje a una terminología determinada que poco tiene que ver con la lengua natural.  En cuanto a los segundos, cuando salimos del terreno técnico y nos lanzamos al plano literario el problema se torna mucho más oscuro, entramos en el campo de la subjetividad.
Para defender su particular visión de la traducción, Ortega se apoya en dos premisas: Por una parte, en el relativismo lingüístico y por otra en el anacronismo del lenguaje. En cuanto a la primera hipótesis, se parte de la idea de que nuestro pensamiento está directamente ligado al lenguaje y a la inefabilidad de Lo Real. Es decir, cuando hablamos solo somos capaces de expresar con palabras una mínima parte de nuestros pensamientos, por lo que las partes sustanciales del discurso se hallan en los silencios. Ortega defiende aquí que las diferencias intralingüísticas  se basan precisamente en el equilibrio que cada lengua otorga a los silencios y a la palabra. El papel del traductor en este pasillo de silencios reside en conectar unos con otros para acercar el pensamiento entre culturas, divergente a causa de esos vacíos del discurso variables entre ellas.
En cuanto a su segunda premisa, el anacronismo del lenguaje, Ortega dice que « No hablamos en serio». Con esto quiere decir que nuestra construcción lingüística actual no corresponde a lo que realmente queremos expresar. Ejemplifica esta hipótesis con diversos enunciados que revelan el carácter de construcción metafórica de nuestra lengua. En sus orígenes estos enunciados y esta visión del mundo eran literales,  ya que el lenguaje fue la primera ciencia, pero del mismo modo que la concepción metafísica de cada pueblo fue diferente, al mismo tiempo resultó ser su lenguaje. La tesis del relativismo lingüístico viene en este ensayo apoyada por el modo en que Ortega nos explica el proceso de formación intelectual y del lenguaje, visto como una clasificación de los fenómenos, una simbolización de Lo Real que acaba con la singularidad en el absoluto del mundo, que propone tantas vías de ser clasificada como lenguas hay en la tierra. Es decir, las diferencias las crean las palabras, no la percepción, quien se adapta a ellas, como bien podemos ver con el ejemplo de los esquimales que tienen una decena de términos para diferenciar la nieve, mientras que en nuestra estructura lingüística solo reconocemos una palabra y por lo tanto todo tipo de nieve será visto del mismo modo. Así, con una coherente ejemplificación Ortega justifica que el lenguaje actúa como una malla de pensamiento sobre la realidad para codificarla y que cada lenguaje tiene su propia malla o estructura sobre la que la concepción de la realidad se vertebra. La tesis de Ortega es en este punto ciertamente próxima a la primera formulación de la hipótesis de Sapir-Whorf sobre el determinismo lingüístico. El problema, como señala el autor, es que estos «marcos» se han quedado obsoletos y seguimos empleando construcciones que realmente no tienen su sentido literal. Dice «Al hablar somos humildes rehenes del pasado».
Una vez Ortega ha sintetizado su postura sobre la lingüística, se centra en la traducción en sí misma, tomando como modelo de contraposición los dos modos de traducir según Schleiermacher. Como bien sabemos, el alemán defiende que se puede traducir acercando al autor al lector o bien al lector al autor. Mientras que en el primero adaptamos el lenguaje original, por imitación o parafraseando, en el segundo se obliga al lector a introducirse en un ambiente lingüístico ajeno propio de un texto traducido. Es este segundo modo el que toma Ortega como válido en su concepción de la traducción, pues al declarar imposible la perfecta traslación de un texto, la obra meta no debe pensarse como una copia o doblez del original, sino como una vía de acercamiento a esta. Esta vía puede encaminarse por la parte estética, por la del contenido… por lo que una misma obra admite diversas traducciones si estas se acercan desde perspectivas diferentes a ella.  Lo que según el filósofo no debería hacerse es acentuar la preeminencia de lo estético, para favorecer la comprensión al lector, mientras que el texto queda baldío, sin mensaje ni contenido. Así, para Ortega una buena traducción es aquella que a pesar de su falta de eufonía sea clara, aunque precise de notas al margen, pues el lector debe darse cuenta de lo ajeno que se halla en ese texto para comprenderlo bien. Es decir, si adaptásemos el lenguaje que Platón empleó por aquel entonces, con su ático conciso y directo, al uso actual realmente el mensaje no se captaría de la misma manera.
De este modo, el buen traductor es aquel que procura «salir de nuestra lengua a las ajenas, y no al revés», a pesar de la extrañeza que pueda provocar en sus lectores. Si además de esto consigue mantener un estilo bello, como sí es más posible en las traducciones contemporáneas, su labor se eleva a las cumbres más altas de la tarea humanística.
                En cuanto a la valoración crítica que podemos hacer sobre el texto, nos gustaría señalar que coincidimos con la tesis del autor sobre la influencia del lenguaje en el pensamiento y la visión del mundo que se deriva de las estructuras que el lenguaje crea en el sujeto. Por otra parte, no estamos del todo de acuerdo con frases como « Pensamos deslizándonos intelectualmente por carriles preestablecidos a los cuales nos adscribe nuestro destino verbal», ya que este determinismo lingüístico implicaría que todo nuestro sistema cognoscitivo está previamente configurado por el lenguaje desde que lo adquirimos. Por otra parte su visión de la traductología, nos ha parecido interesante ya que coincidimos con la idea de que una traducción no puede abarcar todos los aspectos del original por lo que debe dirigirse en una dirección concreta dejando algo por el camino, siendo este algo antes la estética que el mensaje. Al fin y al cabo, la idea de Ortega de que una traducción nos debe sonar extraña no es una proposición tan descabellada, pensemos por ejemplo lo poco fructífero que sería leer el Quijote en un español adaptado a tiempos modernos, donde la grandeza del verbo que tenía el caballero andante, la apología a la libertad femenina de Marcela, o la llaneza de escudero Sancho Panza se viesen reducidas a las palabras de un loco,  a las de una feminista del s. XXI o a las de un pueblerino moderno. Hay ciertos textos que deben sonarnos extraños, tanto si son de nuestra lengua como si son obras traducidas pues es quizá ese punto diferenciador lo que las hace esenciales en nuestras atestadas estanterías. 

1 comentario:

  1. Te adoro, me has ayudado a entender el texto y a hacer mi propia crítica. =D

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