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domingo, 30 de diciembre de 2012

El mecanismo de una sonrisa


Querida amiga:

Últimamente no sonríes como antes, pero te sigues preguntando cada día cómo hacer sonreír a los demás. Te gustaría poder aplicar toda tu lógica, tus cálculos y estadísticas para poder desvelar el mecanismo de una sonrisa. Nos estudias, nos diseccionas con tus ojos rasgados mirando al sesgo, pero sigues sin saber quién eres tú. Me sirves un café, otro café, siempre café. Fumas (de nuevo joder, de nuevo). Y te sientas en tu eterna silla de la cocina en perfecta diagonal conmigo. Y no sonríes, y le das vueltas al café como si fuera una prolongación de tu cuerpo, como si con la cuchara girando pudieses luchar contra ese líquido oscuro que gira en su caos particular. Esperas una palabra. Todos necesitamos una palabra a la que poder agarrarnos, una mancha de tinta que nos recoja y nos hable. Le das vueltas al café como a todas las cosas. Todo gira en espiral.


Reescribiendo la espiral de prometer hacerlo bien, 
De cometer un nuevo error, 

De no saber pedir perdón o pedirlo demasiadas veces 
Y aunque ahora escupo una oración helado de terror 
Ningún dios responde aún 
¿Soy yo el que no ve o es que todavía no se hizo la luz? 


Te hablo de las cintas de Moebius, del fin de la historia, de que no podemos pensar en una filosofía de la historia ni en que haya que llegar a un lugar. Ni llegar a un lugar ni volver a casa, el futuro no existe y nuestra casa estaba en llamas, ¿recuerdas?. Todo gira en espiral y vuelve al mismo círculo enfermo. La cinta de Moebius se retuerce mil y una veces para volver al mismo sitio. La historia, nuestra historia, tu pequeña historia no se mueve por relaciones causales, como si fuera un mecanismo de engranajes oxidados, tu historia se mueve a golpe de sonrisa, a grito de odio, de cosas que son de la tierra y no del papel ni de los números. No hay una puta lógica de engranajes que puedas calcular, lo siento amor, pero no. No puedes hacer una gráfica sobre la melancolía ni sobre la depresión a no ser que seas un estúpido psicólogo que hace encuestas por teléfono. Y sigues obsesionada con descubrir el mecanismo de una sonrisa. Y otra vez miramos la misma mancha de la pared.


En cierta manera te digo que ya lo has descubierto. Porque me dices: ves ahora sé que cuando te vayas a casa vas a escribir sobre esto. Y me arrancas algo y ese algo es una sonrisa y es un trozo de verdad y es una parte de mi que se da la vuelta y se queda sin piel y se queda expuesta y aquí está. Hablamos de la felicidad, de por qué fui tan idiota de no recordar que ya habías leído "Un mundo feliz" y te lo volví a regalar. En el fondo cuando lo vi en la estantería de París-Valencia pensé que necesitabas leerlo (en realidad releerlo), ver cómo esa sociedad en la que puedes adivinar el mecanismo de una sonrisa (media tableta de soma por centímetro cuadrado de infelicidad) es una sociedad enferma, en la que hasta la felicidad es un objeto político (y por lo tanto manipulable, y por lo tanto objeto de consumo, como casi lo es ahora mismo en realidad). 

Y discutimos un par de horas, el café frío y los cigarros en el cenicero. La felicidad está sobrevalorada, la felicidad es una silla y tú y yo no queremos (ni debemos) sentarnos, no ahora. La felicidad tiene que ser la silla en la que te sientes el día de tu muerte, feliz al contemplar todo lo que has corrido. Y qué te hace seguir en movimiento si no es ese pinchazo de insatisfacción, ese mordisco rutinario de infelicidad, el ansia de una utopía que sabes que no existe pero que necesitas pensarla (y no alcanzarla nunca) para no pegarte un tiro a los 20. La felicidad era ese objeto total, ese fantasma que (en el fondo) no deseábamos, era solo un punto de luz ficticia que te hacía seguir y ponerte los guantes de boxeo cada mañana para partir mandíbulas a golpe de sonrisa y respuestas mordaces. Esa era la idea. Y me miraste asustada y me dijiste: ¿y tú?, ¿tú ahora qué? Ahora eres feliz y escribirás cosas de mierda. Y te dije, es probable, me cuesta escribir últimamente, y puede que sea feliz, pero esta no es la felicidad como objeto total de la que andábamos hablando. No quiero ser feliz amor, nunca del todo, no quiero sentarme en una silla y sonreír para la eternidad mientras las moscas se posan sobre mi hombro de mujer apagada y decrépita. Que uno puede estar muy vivo por fuera y tener las entrañas y la cabeza más muertas que el pobre Albatros de Baudelaire. Y la gente feliz está muerta por dentro, porque se sientan en su silla y se quedan ahí toda su vida, asimilándose con la madera. 

Y esto no significaba que había que vivir escupiendo lágrimas por las esquinas y escribiendo los versos más tristes esta noche. No. Significaba que había que estar dispuestos a sacrificarlo todo (incluso la pretendida felicidad momentánea) por ese objeto total inalcanzable. Me dijiste que no te valdría la pena vivir si no cambiabas el mundo, o si al menos no hacías algo que valiera la pena por mucha gente, porque te valen las sonrisas ajenas aún cuando no conoces las propias. Y lloré de felicidad por dentro, porque volví a ver esa ilusión en ti de saber que no lo vas a conseguir pero sin embargo, tener claro que lo vas a sacrificar todo por intentarlo. (Y ahí ni entran los cálculos, ni la lógica sistémica, ni la historia como progreso, ni la causalidad, ni la fórmula mágica del algodón, ahí solo hay una cosa: pasión). 

Querida amiga, no espero que vuelvas a sonreír como antes, no quiero que seas feliz. Quiero que tu infelicidad sea tu fuerza creadora, la necesidad de alcanzar una forma total, de descubrir el mecanismo de las sonrisas ajenas. Y después, llegará el momento en el que te sientes en tu silla, espero que dentro de muchos años, casi tantos como puedas imaginar, y que en ese momento en el que entres en contacto con la madera descubras, por primera vez, el mecanismo de tu sonrisa. 

Tu amiga que te quiere,

Núria M.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Caótica retrospectiva del caótico 2012 (I)


Echando la vista atrás, no me caben en los ojos la cantidad de cosas que este año han ido desfilado feliz e infelizmente como una sucesión de momentos inabarcables. 2011 cerró algo agridulce (creo que esta fue la expresión que usé), y 2012 ha sido una montaña rusa de sabores y sinsabores, pero, que para que negarlo, ha sido lo más maravilloso que llevo vivido (hasta la fecha). Se me ocurren mil motivos, pero ahí van unas cuantas pinceladas que intentaré en otro post sintetizar/explicar mejor. 

Empezar filosofía, Interpretar en la UIMP, los insomnios, la saga Doinel, Rayuela, Shame, Prenzlauerberg, Alejandra Pizarnik, miércoles de jazz en el B-Flat, jornadas de 15 y 17 horas, empezar la novela, Londres, Bergman, Mauerpark los domingos, terminar mi primera Moleskine, que me regalen otra, regalar una a alguien y que sonría como la primera vez, L'Habitació Blava, Zanahorias, La Mujer Rota, Babel de los Mumford, Contraescritura, La insoportable levedad del ser, Tarkovski, Memorias del subsuelo, La prosa del observatorio, cafés en tu cocina, vivir sin whatsapp, Cosmopolis en el Café Cinema, recibir la primera edición de 100 años de soledad, Fanny y Alexander, el Malestar en la cultura, Historias de Cronopios y Famas, el New-York New-York de Carey Mulligan, Coulant de chocolate en la Plaça del Diamant, leer Modernidad y Holocausto en el campo de concentración, el Santa Tierra Desterrada de Casariego, hablar de Bach en el Biergarten, Show de Beth Gibbons y su puta voz rota, la escena del cine de Masculin-Femenin, One Day de Asaf Avidan, Haneke, Vértigo, traducir a Cavell y a Critchley, Verdad y Método, La Noche Eterna-Los Días no Vividos de Love of Lesbian, comprar billetes para París, El lado oscuro de mi corazón de Subiela, el Valtari Film Experiment de Sigur Ros, entender algo mejor a Derrida, celebrar los 19 acompañada de las personas que más quiero, los seminarios de Llinares, Elephant Gun de Beirut, Zizek, los domingos en el Café de las Horas, el M-10 pasando por el puente del Oberbaum, el mercado de libros antiguos de la Museum Insel, Camden Town,  Von Trier (again), Requiem por un sueño, Jake Bugg, Control-Joy Division, pintar párrafos de Rayuela en la pared (varias veces), llenar otra estantería de libros, las clases de Sevilla, las traducciones literarias, empezar a investigar, Qué es Metafísica con Jiménez, elegir destino Erasmus, siestas épicas en Tiergarten, casi perder dos vuelos, el capítulo 7 de Rayuela, el 21, el 28, el 36 y el 56, andar por los cables, Vivre sa vie de Godard,  las primeras frases de mi sobrino, enviar cartas a mano, el Kind of Blues cada domingo, el concierto del Royal Albert House de Adele, decidirme a comprar el Ulises, empezarlo, Incendies, volver a Poeta en Nueva York, rendirme ante Memoria Iluminada, Con todo el dolor del mundo en el rostro, Belice y mil veces Belice, Houellebecq, Mustafa's Kebab, los post de domingo, los post de Nueve Tragos, el corto pseudoconceptual, Samson de Regina Spektor, volver a caer en Dylan una y mil veces, volver a hundirme en Joplin un millón y medio de veces, Freud explicado por Sevilla, la entrevista a Cortázar, Hannah Arendt, la edición de los fragmentos póstumos de Baudelaire, la poesía a medias, escribir casi sonámbula, seguir llegando irremediablemente tarde a todos los sitios, quedar finalista en el premio nacional de Blogs, Kastanienallee, Anticristo, el Café Ubik, el Mercat dels Encants, Feeling Good de Nina Simone, cantar Wonderwall en el Mauerpark, domingos de invierno felices, Sacrificio de Tarkovski, que suene un saxo de noche al cruzar en puente del Oberbaum, el punto siete del Tractatus, la sección de Ofertas de París Valencia, Castoriadis, González-Requena, Tame Impala, el secuestro más feliz de la historia, empezar a negociar con Pre-Textos una traducción, Theo Angelopoulos y el artículo que publicaré sobre él, los Hermanos Karamazov, el Acoso de las fantasías de Zizek (y Seis reflexiones marginales sobre la violencia, y En defensa de la intolerancia y apuf), las últimas cinco páginas de El amor dura tres años de Beigbeder, Hey Jude, Hey Jude, Hey Jude, Alegrías del incendio, Brown Eyed Girl y nuestra lógica de lo inefable, la primera página de tu Moleskine, sobrevivir al Apocalipsis.

En fin, literatura.

PD. Yo, me quedo aquí. Mirando el Spree desde la orilla de Kreuzberg, y creo que en el reflejo de sus aguas, me vuelve a venir toda esta caótica serie de imágenes del año en el que el mundo no se acabó.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Prosas para el fin del mundo

Let the show begin
Let the clouds roll
There's a life to be found in this world [...]
But it's all just a show
A time for us and the words we'll never know
And daylight comes and fades with the tide
And I'm here to stay
(Beth Gibbons, Show)

Desde la ventana se veía un planeta azul. Las gentes corrían, gritaban, se mesaban los cabellos, escapaban hurgando en la Tierra. Pero afuera solo había un planeta azul. Las gentes lo lloran. Solo es un planeta azul. Aferrada a su luz, en un acto estético surrealista viene parapetada la orquesta del fin del mundo. Los siete ángeles con las siete trompetas, Wagner resucitado dirigiéndo la comitiva. Suena el preludio. Tristán e Isolda. Huele a muerte. Pero quizá muerte de fénix, muerte estética en el fuego azul, cenizas con sentido. Por primera vez con sentido.
 

 
Desde la ventana pienso en esa vieja fantasía de "y si todo desapareciera", si el cristal no fuese más cristal, si todos los ojos del mundo se cerrasen, si hubiese de una vez silencio. Imagino, en un acto de dudosa validez metafísica, un mundo de Nada. Me topé con Heidegger, vuelta a las palabras y a la estúpida trascendencia que no hace que el planeta azul se vaya. Un mundo de simple nada. Incluso un mundo en el que las cosas no fuesen más de lo que son. Hay un planeta azul a lo lejos, la gente grita. Solo es un planeta azul. Construimos realidades y objetos con palabras, es un planeta, solo un planeta. Lloráis por todas las palabras que le habéis echado encima, gritáis porque el planeta azul se va a llevar todas las palabras y os sumirá en un silencio insondable.

Al principio fue el verbo, al final es el silencio. Pero suena el preludio, como una única palabra que merece despedirse del mundo, o al menos de este mundo tal y como lo entendemos. Me duele el pecho y no tiene nada que ver con el planeta azul que se ve por la ventana. Simplemente me duele el pecho, me duele la piel. Son los gritos ahogados entre huesos, resistencias inconscientes ante el silencio que nos invadirá.

Hay demasiado ruido en el mundo, demasiadas palabras, demasiados significados que cada vez quieren decir menos. De qué nos sirve una palabra que no logre cambiarle la vida a nadie. Solo para llenar angustiosos vacíos de silencio. Afuera hay un planeta, y puedo seguir diciendo lo mismo para que no tengas que escuchar tu silencio o voz interior durante unos minutos. Afuera hay un planeta, afuera hay un planeta.

Yo necesito ese planeta.
-La Tierra es cruel, nadie la echará de menos.
-A veces te odio tanto Justine.

Necesito que una luz azul se lo pueda llevar todo, y recomenzar, recomenzar. Que de la ventana me venga la luz de un mundo nuevo, o un mundo negro o un mundo de Nada. Pero otro, con montañas cóncavas y mares escarpados, cielos verdes en el suelo y guijarros poblando las nubes. Donde la gente no sonría cuando quiere matarte, y nadie ande cuando no quieran sus pies.Quiero que el preludio de Tristán e Isolda sea lo único que quede antes de volver a recomenzar bajo una luz azul de nada.

Afuera hay un planeta, las gentes lo lloran, los árboles se rompen bajo su luz, la tierra sacude su manta de estepa y todos salimos volando. Los ríos escupen sus aguas y las montañas quiebran sus picos. El silencio le gana a las palabras, absorbe su tinta y todo se hace negro color nada. La gente llora, solo es un planeta.



Y yo solo le escribo cartas, cartas como esta o esta (Retórica apócrifa para el Apocalipsis) las últimas cartas y me vuelvo a esconder detrás de las palabras, que son mi cabaña, mi casa, el refugio de todos los silencios. Y se acabó.




 

lunes, 10 de diciembre de 2012

Mi cine de las cafeterías: un café con Doinel y compañía

Por aquel entonces andaba yo dejándome caer por las cafeterías de un París en blanco y negro. El Café de Flore, el Deux Magots, aquel que no tenía nombre. Me asomaba de vez en cuando, en esos momentos en los que el reloj miraba hacia otra parte, me colaba por la pantalla y andaba como un intento de funambulista, entre la realidad y el cine, siempre tambaleante, siempre indecisa a la hora de caer de un lado o del otro. No me importaba caer en el suelo frío de los cafés parisinos, allí encontraba a los cómplices. Andaban por aquellos lugares el viejo de Truffaut, Godard y el pobre, pobre de Eustache... y toda su maldita prole, claro.

Os lo voy a confesar, volvía una y otra vez a las cafeterías para encontrarme a Doinel. Y digo Doinel, porque él es más Léaud que el nombre de Léaud. Da igual donde me lo encontrase, si se llamaba Alexandre o Paul. Él ya no era Jean-Pierre Léaud, era siempre Doinel, tenía los ojos de Doinel, sus ademanes y su incapacidad para hacer las cosas bien. No tengo claro hasta que punto uno era el personaje y el otro la realidad, o si al final fue el cine quien se tragó al pobre Jean-Pierre. Problemas de identidad aparte, ya os he confesado que andaba siempre buscándole por allí. Quizá por esa cara blanca de niño perdido o esa mueca de indecisión permanente, o por aquellos ojos que solo sabían ver y desear a la vez. Él tomaba incluso más café que yo, y fumaba con la pasión de esconderse del mundo tras el humo. Yo me encendía un pitillo y lo miraba desde la barra, acompañada solo de un café y un periódico al estilo francés, es decir, con aspiraciones a sábana. Él, con su habitual mirada aleatoria y maravillosamente perdida leía a Balzac y abordaba a todas las mujeres que pasaban. A algunas simplemente les preguntaba su nombre, otras las paraba porque le recordaban a Christine o a Sabine. Solo quería verle aparecer, como por casualidad, con esos andares aleatorios, como si el mundo le empujase a cada paso sin dirección foja. Sonaba Delerue y en su cabeza un niño daba vueltas en un artificio de feria con la sonrisa más verdadera del cine. Esa sonrisa que volvía años después en L'Amour en Fuite.



De vez en cuando también andaba Nana por allí, con su sempiterna melena francesa y esa cara de ser bella hasta que duele ser bella. Entre servicios y cambios de medias se sentaba a fumar tranquila, abordaba a cualquiera que quisiera escucharla un rato. Paradójicamente pedía silencio. Aún no lo recuerdo de alguna vez que me decía, ¿por qué no podemos vivir en silencio?, a ella le dolía el lenguaje tanto como a mí, su dictadura era un cristal a medias entre la piel y el aire. Filosofía barata de cafeterías, pero no por ello menos necesaria y urgente. Un poco de metafísica entre polvo y polvo nunca venía mal e incluso, cabría decir, que era necesario para ella. Con un ansia de levedad, de no ser más de esta tierra ni de las palabras que aquí crecen, con deseo de despegarnos del lenguaje y del asfalto y poder así, de una vez, ir a oler la lluvia al lugar en el que se inventan las tormentas.







Nana se marchó rápido aquel día, tenía un cliente, y a esos la metafísica les importa poco.  Al poco vino Doinel, aquel día se llamaba Alexander. Se cruzaron un momento en la puerta, y ya fue raro que no cayera a sus pies de diosa de bares. Pero aquel día él andaba triste y detrás de una mujer, como siempre. Creo que la quería. Traté de oír algo de su conversación. Me estaba metiendo en terreno muy pantanoso, en celuloide asesino, aquel que Eustache llenó con fotogramas de los que se te quedan clavados en la retina para siempre. Aquel cine cruel de las cafeterías. 








En ese momento entendí muchas cosas. Entendí que quería quedarme en aquella cafetería. Llorar esos fotogramas. Sentarme frente a Alexander/Doinel/Léaud, mirarnos de frente y vernos como hermanos de la misma maldición. Querría haber corrido con el por aquella playa finita de Los 400 golpes, haber mirado después de esa carrera contra la vida a la puta cámara para romper al espectador, sentarme un par de filas más atrás en el cine de l'Amour à vingt ans. Ir a ver Juana de Arco y bajar la cabeza porque estábamos tristes, esta no era la película de nuestras sueños, no era la película total que cada uno lleva dentro, esa película que querríamos hacer, y sin duda , que querríamos vivir. No era mi película. Yo solo estaba de paso por esas cafeterías, solía estar allí los domingos, cuando me entraba la nostalgia del blanco y negro y las calles parisinas. El mundo se cambiará en las cafeterías. Mi mundo cambiará en las cafeterías con cómplices y ajenos a horas intempestivas. Todo era un más allá del café dulce o amargo, una transmutación ontológica de los posos de café o cualquier estupidez que se nos ocurriera. Pero necesitábamos hablar, lo siento Nana, pero tu silencio era imposible y era cruel. Y Doinel lo entendía, sabía que de la tragedia se habla con un café delante. Que nada importa, ni mayo del 68, ni la revolución, ni los ascensos o la casa de veraneo en primera línea de playa cuando todo tiembla bajo tus pies. Y la tragedia era un amor más grande que la piel, la mediocridad, la cobardía, la lucha insomne contra lo normal, contra la vida ordinaria. Abajo la república de los cobardes, que decía Léaud en Masculin-Féminin. Los cobardes piden café descafeinado y aman solo con la mitad de los ojos. Nunca llegan a brillar del todo por miedo a ver nacer lágrimas. Y por no llorar, se acaban secando.




Luego llegó otra chica, a ella sí que le brillaban los ojos. Llevaba un manto negro como su piel vista por detrás de las venas. Miraba arrojando piedras por los lacrimales. Ella era un caso grave de Doinel. No se puede explicar con palabras. No se puede. 


Creo que no se le puede perdonar a Eustache ciertas escenas. Después de filmar La Mamá y la Puta su suicido estaba escrito. Quizá desde el minuto 10 de la película. Quizá. Pero a pesar de la Mamá y la Puta -cinta sobre la que creo que en un buen tiempo no me atreveré a escribir-, a pesar los pesados párpados de Nana, la sonrisa siempre insatisfecha de Doinel, qué queréis que os diga. Aquellas cafeterías eran lo más grande de la vida, eran la vida y a mí, no me hubiese importado quedarme allí sentada mirando desde la barra cómo iban y venían todos, enfermos de modernidad y amores imposibles, enfermos de humo y de café, de París, de putas, de amantes, de escritura, de cine, de tanto cine. Quizá en las cafeterías en color ya no se salva a nadie, se habla de fútbol y de paro, de política barata. Pero joder, mayo del 68 ya no importaba. Decía Pizarnik: la revolución es mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos. Y Doinel, aunque era un desertor, era un rebelde de la vida, que amaba siempre por encima de sus posibilidades y enfermaba de grandeza estética cada día, tenía un hijo y le decía "o será Víctor Hugo, o no será nada", le ponía velas a Balzac y yo se las pondré a él. Cómo enfermábamos de cine. Todos podríamos enfermar de cine, esa dulce enfermedad de querer quedarse a vivir en la pantalla. Pero en realidad, lo único que quería era decir: -Doinel, ¿me invitas a un café?, quiero volver a recordar tu vida, todas tus vidas. Quiero que mientras suene l'Amour en fuite me vuelvas a contar esa historia que me encanta. La del hombre que nunca aprende a amar y aún así, es imposible no caer a sus pies de niño apátrida, hijo de las minisalas y de Balzac, huérfano de un corazón que no es de este mundo, condenado a llevar su peso por mucho que la película cambie y quiera hacernos creer que es otro. Doinel, no le eches azúcar al café y mírame a los ojos otra vez.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Reflejos

Yo soy la que sonríe a medias y finge no saber quién eres. La que al olvidar recuerda.
Yo soy un universo ajeno que rompió las reglas. La que siempre hace que las cosas se rompan sin sentido.
Yo soy la que busca a pesar de todo, y se equivoca estrepitosamente. La que vive en nombre del goce.
Yo soy la que llora en el altar de ella y lo vela cada día en nombre del amor. La que enciende velas para otra.
Yo soy la que mira muerta desde el suelo contigo en la pupila. La que necesita remedios de Edipo.
Yo soy la que no es y quiere ser y no es ella. La que tiene problemas metafísicos.
Yo soy la que mira un cuchillo para ver algo menos mortal que tu cara y se esconde tras un filo.La que se esconde.
Yo soy la que se pinta de rojo los labios antes de matar. La que apura el rouge como la sangre.
Yo soy la que sueña con un poeta en Père-Lachaise. La que vive en nombre de la estética.
Yo quisiera ser dentro de muchos años ese trozo de piedra. La que se rinde ante los pies del castor.
Yo soy la que mira sin mirar y se ahoga por dentro preguntándose por qué te vuelves loco. La que se vuelve loca con Love will tear us apart.
Yo soy la que escruta la negrura en busca de un planeta azul, la que no tiene una palabra. La que piensa en el Apocalipsis.
Es difícil de entender, yo soy otra. La que quiere ser otra.
Todas ellas, ninguna
Yo siempre soy otra
Yo siempre tengo ojos de otra
Y siempre miro con temblor
al encontrar otros ojos.
 
 
[Copia certificada-Domicilio conyugal-Fanny y Alexander-La habitación verde-Los amantes del círculo polar-Vértigo-La peau douce-Paris Je t'aime-Control-Melancolía-Vivir su vida]

lunes, 26 de noviembre de 2012

Barcas de piel


/Lapeaudouce/

Una sonrisa planetaria
que orbita sin rumbo 
alrededor de las bocas.
Tan hecha constelaciones,
oscura brecha de universo,
como un salto de agua al vacío.

Una sonrisa grapada
insumisa de la tristeza
elevada sobre montes de piel
rebelde como la primera rebelde.

Una sonrisa anclada
en el fondo de la mejilla
de salitre con miradas ajenas
que son partida, pañuelo y puerto.

Dos sonrisas miméticas
que libremente coinciden siendo una
dos sombras que se hacen la misma sombra
y se arrojan toda la luz del imposible mundo de tierra
y se imitan, nunca solas
y se ríen, rompiendo silencios
dibujando barcas de mares sin calma,
pero con tempestad alegre,
y desiertos de piel curvados.

sábado, 17 de noviembre de 2012

De silencio

(Robert Frank, en "Los Americanos")
La fuerza del silencio es la de un eco negador del lenguaje. Es posible amar calladamente, pero quizá solo hasta cierto punto. La auténtica incapacidad de hablar viene con la muerte. Morir es dejar de hablar." (G.Steiner, La poesía del pensamiento)
"No podemos pensar lo que no se puede pensar, por tanto tampoco podemos decir lo que no podemos pensar" (Wittgenstein, Tractatus, 5.61)

Dentro:

Yo no sé de pensar el silencio. No sé de pensarlo porque no hay palabras de silencio, son inefables vestigios de la angustia del ser. Ni sé pensar en silencio interior. El silencio interior no me existe, no lo conozco y lo busco. Solo a veces. Las voces en el cráneo son sonatas a deshora, cada una viene con su canción desde una esquina diferente de la cabeza y se unen en el mismo epicentro de los huesos para que ese orfeón caótico acabe rompiendo las venas y los recuerdos. Yo solo pido un silencio atronador que haga estallar los tímpanos de quietud, que un blanco de leche de estrellas manche hasta el último poro de la piel de la mente. Quiero un silencio egoísta y solo propio, no quiero un silencio fuera de los ojos ni más allá del aliento seco que se alimenta del invierno. Un silencio de paz interna, sin voces, ni versos, ni recuerdos, ni utopías.Un silencio de labios para dentro, enraizado en los dientes y clavado en la garganta como el más dulce de los hierros. Cosido por la piel con voces calladas, para que no se vaya fácilmente y tenga siempre un reducto silencioso en alguna parte de dentro, cosido en la parte de detrás de la piel Ni murmullo de venas, ni huesos quejosos, ni gritos internos que me condenan al insomnio crónico. No. Quiero que muera la voz.  And all the rest is silence. O, o, o. [dies].

(Robert Frank, en "Los Americanos")

Fuera:

Y que a partir de mi boca no haya silencio. Que haya una palabra que rompa el aire para que luego pueda entrar yo en el mundo, una voz que se parezca a la mía y que casualmente sea la mía, una voz que sea adalid de mi boca ajena y exiliada del mundo silencioso. Una linterna, una vela, puede. Una palabra y un sonido que vayan unidos y alumbren lo real, que lo atraviesen lo rompan algo más de lo que está y me lo devuelvan hecho un pedazo de oscuridad comprensible. Y un poco más allá quizá haya otra boca luchando contra el silencio de más allá de los labios. Un museo de luchas contra el silencio en el que de repente una palabra colisiona contra la otra y nace una luz que atraviesa piel y retinas. En esa batalla perdida de antemano hay dos sillas, una frente a la otra que sostienen piernas plegadas para que no caigan. Y sobre las sillas dos sombras con los ojos tan reales como gotas suicidándose contra el parabrisas. Ojos tan reales que se pueden atravesar con un portazo, con una caída de párpados tan pesada como ola que se desploma en vertical. Cuando los ojos no son reales son de plástico. Son simples bolas redondas y pintadas con la dirección prefijada para saber dónde mirar, con la vista marcada para toda la vida y un silencio envasado incapaz de decir nada más que la palabra plástico, son ecos de ojos. Los ojos de plástico no sufren, ni se lloran, ni se inundan, ni sonríen, ni enrojecen conquistados por la rabia. Es difícil no andar topándose con miradas de plástico por las calles, pero de repente, un ojo vulnerable y brillante te mira y te da una palabra para habitar en el silencio.

Pero aquí están las sillas sobre las que había dos piernas pegadas con dos sombras y dos ojos reales, estos ojos son los que saben gritar. Cada parpadeo empuja un grito hacia el vacío, desplazando el aire con los hilos de pestaña, que arañan el viento en un intento inútil de agarrarse al aire y quedarse ahí suspendidos y volando a medias. Y de los ojos y las bocas brota un puente de tinta y sonidos que son voces distantes, pero que colisionan y se rompen la una a la otra; y una vez rotas, crean juntas mundos lingüísticos en los que quedarse y solo entenderse entre ellas. Incluso en estos puentes de tinta y voz puede haber silencio, silencio de los que callan porque hay demasiadas cosas que decir, y para poder rozar esa enorme verdad que se esconde en la quietud, solo queda el silencio y solo el silencio puede expresarlo. Una palabra ahí sería una triste imitación, sombras chinas en la pared. La N de nada. También hay otro silencio, el silencio peligroso de cuando no queda nada por decir. Ahí los ojos se vuelven de plástico y se obligan a sonreír. Quizá digan palabras sin sentido y huecas, que no dejan de ser otra forma de silencio. Ya sabes, Words, words, words.

Conjunto:

Si hay silencio fuera de la boca, que sea silencio de la palabra que nos sobrepasa, no de la que no existe. Hasta que llegue ese momento, por las comisuras se seguirá escapando tinta, el cuello se seguirá manchando de tinta derramada en forma de letras que se escapan. Y quizá algo de esa tinta llegue a romper la realidad para escribirla a mi modo. 

La batalla interior, creo que la doy por perdida. Tengo la cabeza inundada de tinta negra que grita de madrugada. De vez en cuando la dejo salir para que no ahogue los recuerdos, ni la memoria, ni las ideas. Normalmente queda ahí, estancada y pantanosa, tratando de adoptar mil formas caóticas y no tan caóticas. A veces se escapa en un grito, a veces me crujen los huesos, a veces simplemente, hace ríos finos por la mejilla. 

En el principio fue el verbo, al final solo el silencio quedará. Entre medias, busco una palabra.

(Robert Frank, en "Los Americanos")

sábado, 10 de noviembre de 2012

Remembering Berlin (I)

-Siestas épicas en Tiergarten-

Por la mañana el sol entra atropelladamente, en Alemania tienen la curiosa costumbre de no tener persianas. Me encanta. Me encanta despertarme maldiciendo la luz y no al despertador. Antes de salir de casa miro el enorme mapa que está colgado en la pared del salón, aleatoriamente y cerrando los ojos apunto a un lugar de nombre casi impronunciable. Cargo la mochila de libros, la cámara de fotos, la Moleskine, y a volar. Bajo de cuatro en cuatro los escalones de los cuatro pisos que se despliegan en forma de escalera bajo mis pies. Bajar puede llegar a ser incluso divertido. 

Aire fresco, Jablonkistrasse número 19, Prenzlauer-Berg (o el mejor barrio del mundo).Milagrosamente hace sol. Parece que alguien haya sobornado al verano para que desencadene al sol más de lo habitual. En todo caso, ¿qué importa? Corro para coger el tranvía, aunque pase uno cada dos minutos, una no se quita la manía de Valencia de ir corriendo a todas partes. M-10 dirección Kreuzberg. Y con la cara aplastada contra el cristal, y los ojos brillando de fascinación absoluta, de reproche por una pérdida anticipada y por un echar de menos antes de hora, la ciudad atraviesa el tranvía, o al revés, o simplemente la ciudad está en mis ojos y mis ojos se construyen en la ciudad atravesada por mi mente, por las vías del tranvía y por mis ojos que brillan. Siempre escucho a algún español hablar más alto de lo normal. Me imagino si quizá en unos años estaré yo hablando por encima de mis posibilidades y tono de voz en el M-10 volviendo a casa o cortando la ciudad con la mirada. Cruzo Frankfurter Allee, hoy no toca ir a clase y enredarse con casos, género, verbos irregulares y demás cosas que ahogan a una en la ciudad. Y por Warschauer St. se me escapa una sonrisa, recordando noches de insomnio y de electrónica, neones, jazz, Club Mate, lugares que no sé recordar, pasos poco decididos, trastabillantes buscando el letrero del M-10 para volver a casa. El tranvía flota sobre el puente del Oberbaum, y se me encoge algo dentro. Es LA vista, ese es mi Berlín, el del puente Oberbaum, el que llevo tallado en la retina. Creo que he cogido el tranvía cientos de veces solo para cruzar el puente y que esa cosa que se encoge ahí dentro, detrás de la piel, se encoja tranquila con la Fernsehturm de fondo, el río Spree serpenteando ancho y colosal. La vista solo dura unos segundos. El tranvía avanza inexorable. Me encojo. Quiero atravesar el cristal de la ventana. Pero huye hacia la última parada y ya queda atrás el Oberbaum.

La gente no se agolpa en la salida. En un par de pasos estoy en la estación de metro, para hacer transbordo. Qué aburrida es la palabra transbordo. Pero en Berlín ni hacer transbordo puede ser algo normal y rutinario. Una se coge una cerveza/Club Mate/Fritz-Limo para el camino y se sienta a observar el estampado de los asientos del metro. Llego a la conclusión de que las los psicotrópicos calaron hondo en Berlín. Probablemente los alucinógenos más. Viva el imperio del kitsch. 

 Y bueno, por casualidad el dedo sobre el mapa había dicho de ir a Kreuzberg. Señores, el dedo manda. Bergmann St. esquina con Schleiermacher St., los pies empiezan a golpear el empedrado rítmicamente. Huele a Kreuzberg, sí, profundamente. Huele a dulces turcos, huele a librerías viejas, a vinilos girando, huele a un mercado de fruta. 


Los libreros tienden libros en el escaparate. Probablemente alguien estuvo leyendo el Werther en algún rincón de la cueva en cuestión y lo inundó todo de lagrimas con manía de hacerse mares. Busco entre los títulos en español. Alguien me regala un libro de Kerouac. Por tu cumpleaños adelantado, y esas cosas. Doy gracias a que mi alemán sea una cosa triste por definir, si pudiese leer bien todas las joyas que hay en estos sitios... me hubiese gastado la herencia (¿qué herencia?) al completo. No sé si he hablado en algún momento sobre mi fijación con las librerías de segunda mano y la compra compulsiva de libros que ni con días de 60 horas podré leer. Bueno, si no lo he hablado nunca, pues ahora: hablo. Me arrancan de las estanterías, y otra vez los pies en la calle. Es domingo, hay Flohmarkt  (mercado de segunda mano de cosas inimaginables que molan que no veas). Lugares curiosos los Flohmarkts... uno encuentra todo lo que jamás hubiese pensado.

Un bolso en forma de pez, ediciones con grabados originales del Quijote tirados en el suelo, una dentadura, un abrigo de visón por 25 €, vinilos inencontrables, vinilos esperables, uniformes soviéticos, ay me quiero quedar aquí,  guías de viaje, el Principito en japonés, máquinas Polaroid, la porcelana de la abuela, flores de fieltro, dejarlo todo e irse a Berlín, y cosas por el estilo. Y respiras ese aire que entra tan limpio, que te cose por dentro y te transmite una calma que parece inimaginable en una gran ciudad. Suena música, alguien toca la trompeta como Dios. La gente sí se para a escuchar, la gente sonríe, no todos, la gente echa monedas, y suena Little Girl Blue. Y llegados a este punto, ¿cómo no decir que esto me ha cambiado?, ¿como tener la poca consideración al negar que no vuelvo siendo yo-como-yo-antes? Cuando una ciudad alquila una habitación detrás de la piel y acaba colonizando toda tu casa, sabes que nunca se irá de allí. Es una inquilina, una inquilina maravillosa, un centro, un kibbutz, un recuerdo que te puedes leer en la piel y en los nudos de la melena, en las arrugas de sonrisas, en los ojos mirando hacia arriba, justo de ese modo en el que sabes que has vuelto a estar allí, aunque solo sea con la mirada cruzando la ciudad que existe en ti.

lunes, 29 de octubre de 2012

Soneto XII-W. Shakespeare

 

Cuando oigo la voz del reloj que dicta el tiempo
Y contemplo el luciente día hundiéndose en la aterradora noche;
Cuando observo la violeta marchita tras la flor de la vida
O los antes azabaches rizos,
ahora de blanco argentados
 

Cuando a los pies de los majestuosos árboles solo quedan yermas las hojas
Que un día fueron abrigo y calor para los rebaños
Y el verde del verano quedó prisionero en gavillas
Llevadas en andas de canas y erizadas espigas
 

Entonces me vuelvo hacia tu belleza
Que a pesar de los embates del tiempo fenecerá
Pues los encantos y la belleza por sí solos se evaporan


Y sucumben tan rápido como otros brotan
Y nada contra la guadaña del tiempo puede proteger
Salva pues a los niños, para burlarla cuando te lleve.
 
Traducción de Andrea Grau y Núria Molines
 
Sonnet XII-W. Shakespeare
 
When I do count the clock that tells the time,
And see the brave day sunk in hideous night;
When I behold the violet past prime,
And sable curls all silver'd o'er with white;
When lofty trees I see barren of leaves
Which erst from heat did canopy the herd,
And summer's green all girded up in sheaves
Borne on the bier with white and bristly beard,
Then of thy beauty do I question make,
That thou among the wastes of time must go,
Since sweets and beauties do themselves forsake
And die as fast as they see others grow;
And nothing 'gainst Time's scythe can make defence
Save breed, to brave him when he takes thee hence.
 
 

miércoles, 24 de octubre de 2012

Jaulas de vidrio



No hay mañana, 
en las estrías del tiempo 
quietas y acompasadas,
derretidas a segundos
de un mundo sin horas.

No hay mañana,
en la palabra desbordada
por el acontecer puro del ser
por la voz ahogada ante la nada.
No lo hay al borde de la voz,
que muda queda ante la nada.

En la angustia compañera,
bajo gravilla mil veces pisada
de suelas impares que marchitan flores,
tierra humillada de huellas humildes,
humillada de pies sin nombre.

Un día perseguía al hoy,
en una imposible extensión de ahoras
que quebranta impíos relojes,
jaulas de vidrio a solas,
relojes de nada y de horas.

Y no hay mañana posible,
para el ave que migra
y es una mancha exiliada en el cielo;
ni para el que anda, a ciegas bajo la lluvia,
hundiendo su ser en el asfalto.
Tampoco para el que adora altares 
de noche y de ventanas.
Pero quiero mañana para esta hora.

Y en la nada a la intemperie,
que sujeta paraguas amarillos
o en el vuelo raso bajo tierra,
de raíces de árboles eternos
y en aquellos que no saben,
de andar recto,
o en aquellos que no preguntan,
si mañana existe,
o es tan solo,
otra invención más
de los relojes que no quieren morirse.


martes, 16 de octubre de 2012

La escritura, el porqué (Primer aniversario)

Hoy hace justo un año que empecé a escribir por aquí. Echando la vista atrás me encuentro con 65 entradas, 65 voladas de cabeza, algunas mejores, otras rematadamente malas, pero al fin y al cabo, son mías con todas las consecuencias. Leyendo algunas recuerdo grandes momentos de este año: las horas con Simone de Beauvoir, Von Trier, Dostoievski... descubriendo a Truffaut y a Bergman, amando a Doinel/J-P. Léaud, recordando días pretéritos, y a Lorca, a Benedetti, a Baudelaire, a Cortázar. Quizá otros no tan buenos, algo llenos de melancolía, humo e insomnios, palabras rotas sin sentido en la puerta trasera de algún bar, incendios políticos de rabia e impotencia, incertidumbre. También andan por ahí algunas cosas que translucen de mi psicótica Moleskine, a la que le debo una entrada, que hoy la he terminado; las primeras entradas en Contra-Escritura , Berlín, París, Rayuela (ay, Rayuela) y todos los amigos que van y vienen, los que se quedan, los que abren la ventana. En fin, un pequeño cajón desastre de una existencia algo caótica en el que una suele verter pasiones, obsesiones, dilemas y sandeces varias (por ese orden). Hoy, me gustaría recuperar un texo que publiqué hace tiempo en Contraescritura, donde intenté explicar mi porqué de la escritura. Hoy es un buen día para recordarlo, y quizá matizar algunas líneas. Gracias a todos por perderos por aquí, por los comentarios, por vuestras palabras.

Núria M.




¿Por qué escribo?, dime, ¿por qué?, hoy me sorprendo frente a la pantalla a solas con las letras y las comas preguntándome el porqué. Supongo que es una elección vital, unos beben, otros muchos se drogan, otros compran sin control, yo escribo. Y escribo porque me quema, porque hay algo que me corroe las venas por dentro, que llena de óxido mis pretéritas entrañas y sopla vientos negros como palomas sucias del polvo de la historia entre los recovecos de mis huesos doloridos. Y sé que no es excusa, ni pretensión de cobardía, que quizá sería más valiente subir a las azoteas del mundo y gritar por el dolor, por los vendavales de la vida y por todas las palabras que no llegaste a decirme. Pero yo elegí las subordinadas como modo de vida, y puede que haya perdido la apuesta, pero solo sé vivir así, no hay otro puente entre precipicios ni camino bifurcado en este bosque de hoja caduca. Y escribo porque estás en la ventana, y las cornisas queman, y los cables de la ciudad son caminos de cristales por los que hacer equilibrismos de noche.
Y escribo porque quema, ya lo dije, ¿no?, pero es que no hay otra razón, escribir para entretener, para pintar un cuadro colmado de estética y claroscuros…es pintar con aceite en agua. Y que de las heridas que la vida te regala (sin envolver ni nada, la muy maleducada), yo coleccioné algunas y otras se las envié de vuelta, a muchas las hice texto, a otras poesía en una vieja Moleskine de cuero negro, pero no podía quedarme con ellas entre los dedos, se caían, goteaban y se rendían suicidas al suelo frío de mármol. Se me escapaban de las manos, desbordantes y majestuosas, de terciopelo cuarteado, susurrando las notas finales de aquel texto que lancé sin dudar a la basura. Cuando las cosas llegan a los centros no pueden arrancarse, igual que una lágrima no se detiene a mitad de mejilla, no me pidas que pare de escribir cuando tu fantasma vela mis noches, no lo hagas o te odiaré escribiéndote a ratos, cada minuto, cada hora, cuando lo necesite. Y puede que no lo entiendas, que pienses que ya me he vuelto a subir a mi torre de marfil a enviar cartas por el aire. Y puede que ya me sea indiferente, todo lo que tenía que decirte te lo escribí, de mil maneras, con rima rota y asonante, saldé mi deuda conmigo misma, con mi herida que se me quería escapar de entre las manos.
 La sutura de las subordinadas nunca es definitiva, es dolorosa, existencial; es una cicatriz magullada, a golpes por la prosa que no te entiende. Puede soportar un tiempo los embates de la memoria, lo que tarda el papel en amarillear, pero al final, entre los hilos trenzados entre herida, carne, letra y piel aflora de nuevo esa palabra que te cambió la vida, ese libro que se te cayó de las manos y te provocó la peor catarsis de todas: la que te hace entender que el dolor es verdadero, el cuerpo finito y el tiempo fugaz. Que el cuerpo es la mayor tragedia del hombre, el cuerpo que siente y desea insatisfecho, siempre persiguiendo un ideal irresoluble, un cuerpo que se consume, se encorva como llamado por la Tierra; y puede que sea bella, puede que sea hermosísima pero no dejará de ser una tragedia. Algunos beben para verla borrosa, otros se drogan para verla de colores, yo escribo porque quiero entenderla, representármela mentalmente; vivir de tal modo que pueda narrar y que valga la pena, una vida que valga la pena ser contada. Y vale, fumo, quizá me guste desdibujarla un poco de vez en cuando, que desaparezca entre los grises mantos de la nicotina, pero sigue detrás de la espesura del humo, como silueta, sombra o representación que me dice: escríbeme.
Y esto no quita que mañana te escriba las líneas más alegres del mundo, llenas de luz, de primaveras a puñados, que te lance las amapolas más rojas desde la torre de marfil y que con ellas te mande las sonrisas blancas que te gustaba recordar los días impares. También son heridas esos días de sol, también son cicatrices, quizá más bellas, pero marcas en la piel al fin y al cabo. Porque mañana no sabremos cómo será, ¿y viviremos del recuerdo?, ¿y por qué no?, siempre me gustó leer viejas cartas y volverlas a escribir dejando que entrase luz por la ventana, mezclada de melancolía, y de saxos, y de pianos desafinados, y de cintas viejas que nos hicieron soñar a ratos.
¿Ves por qué escribo?, hay letras que una necesita unir, para entender, para entenderse, para olvidar, para olvidarse. La palabra como salvavidas, como madero al que agarrarse a la deriva, los libros como refugio más seguro y traicionero a la vez. Cuántas lágrimas por Lorca, cuántas por Benedetti, cuántas por los versos negros de Baudelaire. Porque eso era la vida, ahí estaba todo, el amor, la muerte, la soledad, los amigos, el exilio, la enfermedad, el tempus fugit irreparabiliter. Quizá ellos escribieron para no volverse locos, o se volvieron locos escribiendo, enfermos de prosa y adjetivación malsana, de ver escrita su verdad y tener que aceptarla. Unos hacen deporte, otros tocan el piano, algunos muchos se dejan llevar por las luces de neón; otros se casan, tienen hijos hipoteca y perro. Yo escribo, es la manera que tengo de enfrentarme al mundo. El fuego se controla con literatura, con la palabra a horas insomnes, a veces una se quema, a veces quiere arder en un éxtasis de palabras encadenadas, a veces los incendios los provoca ella, a veces intenta apagarlos vertiendo la lava que le corre por las venas en unas líneas. No me pidas que lo explique, es una elección vital, es jugárselo todo a doble o nada en este tablero de versos en el que decidí construir ese pequeño refugio donde poder habitar.