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lunes, 26 de diciembre de 2011

El Hotel de un Millón de Dólares


En esta jaula de grillos, puerta trasera de la América, donde confluye todo aquello que la sociedad aparta del frontline de las grandes avenidas, del escaparate Holliwodiense de historias perfectas con personajes estereotipados, justo ahí se alza el Hotel de un Millón de Dólares. Con semejante cartel en  la fachada, no esperaríamos encontrar en sus pasillos las turbias historias que lo habitan.

Los primeros planos nos muestran la azota del ruinoso hotel, donde el protagonista, Tom Tom, corre acompañado por "The ground beneath her feet" de U2 mientras se lanza decidido al vacío. Mientras cae reflexiona sobre lo perfecta qué es la vida, qué irónico.

Wenders nos lanza un relato diferente, en el que la magnífica actuación de Milla Jovovich como Eloise (inesperada por mi parte, a la vez que me pregunto por qué no le darán papeles buenos a esta tía en lugar de desperdiciar su talento en filmes como Resident Evil) y la de Jeremy Davies como Tom Tom crean un mundo ajeno a la sordidez y corrupción del Hotel.

En un breve repaso por su argumento, la acción se inicia con la investigación del "suicidio" de Izzy, hijo de un ricachón judío que más que estar preocupado por la muerte de su hijo, se afana por demostrar que no es un suicidio (muerte más terrible para su credo), con el simple fin de guardar las apariencias-Me recuerda a la última escena de Bernarda Alba, con esa terrible frase que cada vez que leo me provoca escalofríos "¡Descolgarla! ¡Mi hija ha muerto virgen! Llevadla a su cuarto y vestirla como si fuera doncella. ¡Nadie dirá nada! ¡Ella ha muerto virgen!"-Para esclarecer los hechos y hallar al "asesino de su hijo", contrata al detective Skinner (Mel Gibson), quien pronto se acerca a Tom Tom para sonsacarle información. Poco a poco, con sus pesquisas descubrimos a los personajes que posan en este cuadro absurdo. Dixie, quien afirma ser miembro de los Beatles y cerebro creativo de la mítica banda; Jessica, una adorable ancianita (que no acabo de entender qué hace allí);Gerónimo, el que parece estar más lúcido entre todos ellos y planea vender las "obras" de Izzy para salir de la miseria... Pero sin duda, los dos personajes más impactantes, tanto por su personalidad como por su relación, son Tom Tom y Eloise. Él es un cleptómano que reparte entre sus vecinos todo lo que roba, vive en una realidad alternativa y no encaja en lugar alguno. Es genial la escena en la que está en un restaurante y le pide, con ademán refinado, al camarero que sirva la Coca Cola, como si de un Reserva del 85 se tratase. El ingenuo Tom se enamora de Eloise, la mística y etérea sombra de una muchacha joven y hermosa. Su personaje, es quizá el más complicado de todos, pues mientras se destruye en los bajos fondos en manos de cualquiera, su relación con Tom Tom es pueril, un juego de niños que encuentran la luz cuando están juntos, él es su único nexo con la realidad.

Por lo demás, vemos como a medida que la historia se desarrolla, los habitantes del Hotel orquestan una pantomima para vender los cuadros de alquitrán que supuestamente había pintado Izzy. Entra la figura del marchante de arte, el crítico absoluto que delimita la línea entre el Arte y la Basura, en una escena genial donde finalmente afirma que la "obra" de Izzy es Arte y que se puede vender, cosa que todos festejan por el beneficio que les reportará. Al final de la película, en la presentación de la obra del difunto vemos desplegado un escaparate de "lujo aparente y provinciano", mientras en la cadena 6 televisan la "confesión" de Tom Tom.

Una película fascinante, diferente y altamente recomendable si buscáis un jarro de agua fría que os despierte  del aletargamiento de las películas predecibles y sin fondo.

Núria.

jueves, 1 de diciembre de 2011

La magnitud del traductor


Si la RAE define al traductor como: «aquel que traduce un  texto escrito», algunos se preguntarán si este oficio es algo más que una mano invisibleque se dedica a ahorrar la tediosa tarea de buscar en el diccionario palabras en otro idioma.  Pero la labor de un traductor va mucho más allá, pues no solo recoge en sus obras los matices, sentimientos y emociones del original, sino que establece un puente entre culturas.
            Aunque a veces no se aprecie su relevancia a lo largo de la historia, si analizamos los momentos culminantes de la Humanidad, observamos que la traducción toma parte activa en todos ellos. Desde que la piedra «Rosetta» dio con la clave para el entendimiento de los jeroglíficos egipcios, la labor del traductor ha sido necesaria para el correcto entendimiento entre las diferentes civilizaciones.La expansión de la cultura griega en occidente a través de las traducciones latinas permitió la unión de dos corrientes que han dado sentido a nuestra forma de vida actual. La traducción ha sido y será una de las bases fundamentales de cualquier rama de conocimiento y de expansión de la cultura.
Por eso,  es preocupante el poco valor que se le otorga al quehacer del traductor.Son transmisores de cultura, y como en cualquier otra cadena si un eslabón falla el resto se derrumba. Como ocurre en la cadena alimenticia, una sucesión ordenada de organismos en la cual cada uno de sus integrantes se alimenta del que le precede y a su vez es comido por el que le sigue, es decir, se necesitan unos a otros para sobrevivir. En la cultura ocurre algo similar, es tan importante el autor como el traductor que hace posible que cualquier lector en el mundo pueda recibir el mensaje aunque el código sea distinto. Se necesitan unos a otros para transmitir  el mensaje,  pues sin la difusión, la cultura se extinguiría. La inexistencia del traductor marca los límites del escritor.
Para preservar el oficio del traductor y proteger sus derechos de coautor, existen diversas asociaciones como la ACEtt, que tratan de proteger esta profesión. Internet ha perjudicado el mundo de la traducción. Hoy en día existen multitud de soportes, tales como traductores automáticos o diccionarios en línea que han hecho creer a la gente que los 0.07€ y 0.12 € por palabra que cobran los profesionales no están justificados, cuando a través de la red se puede hacer por un módico precio de cero euros. Desgraciadamente, y a causa del fácil acceso a este tipo de herramientas electrónicas, cualquiera cree poder hacer una traducción con el «Google Translator» en una pestaña y el «Word Reference»en otra. Aunque estas herramientas facilitan indudablemente la traducción, no permiten en ningún caso sustituir la función del profesional. Estos son  eruditos de su cultura y de la ajena,  ávidos lectores, alguien que no solo trabaja con la lengua, sino que la exprime para poder expresar todos los matices y connotaciones.
La labor socio-cultural de un traductor, es quizá una de las más imperceptibles pero a la vez una de las más importantes. Como explicábamos antes, el buen traductor es aquel que recoge los matices y pinceladas de las obras, aquel que nos permite comprender y acceder a  la literatura, cine, teatro, música de otros países. Si no existiese la traducción, nunca podríamos haber estudiado a Shakespeare, Freud, Platón o Newton, a no ser que nos hubiésemos adentrado en su idioma. Las ideas ilustradas no se habrían extendido y el curso de la historia tal vez hubiese tomado otros caminos. Incluso en un plano más prosaico, no podríamos ir al cine a ver la última entrega de Crepúsculo o entender el mensaje que nos envía Michael Jackson en su canción «Heal the World». El traductor es un nexo intercultural, nos acerca al mundo en el que vivimos y lo codifica para que lo entendamos.
Estos puntos son relevantes en el plano cultural, pero de mayor importancia son los usos sociales donde la tarea del traductor es imprescindible: en prospectos médicos, instrucciones de uso, sesiones parlamentarias, plenos de la UE o leyes internacionales; incluso ayuda a establecer  relaciones entre los países al posibilitar una comunicación eficaz entre ellos y una actuación conjunta en el ámbito de la política.
El mundo globalizado en el que vivimos, hace necesario el desarrollo de la comunicación, el entendimiento y la resolución de los grandes problemas de la Humanidad. No hay que menospreciar las grandes posibilidades que las tecnologías de la información ponen a nuestro alcance, pero sí tener en cuenta que no son completamente fiables.  Valoremos la tarea del traductor como una esmeralda engastada en el anillo de la cultura, el tesoro que debemos preservar para tener los ojos abiertos al mundo.

Andrea Grau y Núria Molines