sábado, 24 de mayo de 2014

Canción de Eustache




Aquel día me harté (otra vez) de liar tabaco y cogí la primera chaqueta que pillé tirada por la habitación para salir corriendo, apurando los últimos minutos antes de que cerraran el quiosco. La tipa estaba a punto de bajar la persiana y me miró con cara de amargura profunda mientras conjuraba maldiciones tras su cara llena de marcas de rubeola y maquillaje del Lidl. Volví a reecontrarme con mi querido Lucky. Le quité despacio el plástico y pensé en Susan. Un día me dijo que a su perro le volvía loco jugar con el plástico del tabaco. Susan no quería hablar de su cumpleaños, ni de que el tiempo pasaba y que se acababa la universidad.

Volví despacio a casa, intentando hacer largo un camino absurdamente corto. Intentando no ver paredes. Subí a la cocina y me tumbé en el balcón. Me quedé observando los girasoles que ya están enormes, el riachuelo pasando por debajo de casa, los coches tuneados que trataban de hacer carreras en calles de diez metros. Y la música a toda hostia. Y la gente que volvía de Uli, con las manos cargadas de bolsas de verduras para hacer cosas sanas de gente sana. Pensé en mi armario de la cocina: pasta, fideos, café, mostaza y sopa de sobre. Desistí con la idea de cenar y me dediqué con afán a mis Lucky.

Los vecinos hacían barbacoa, enfrente se oía una fiesta de alguien que sí tenía algo que celebrar. Pensé en una estúpida manera de gastar las propinas del mes, religiosamente guardadas en un tarro de mermelada vacío después de cada jornada. La semana que viene iría hacia Friburgo con la mochila a cuestas sin saber muy bien hacia dónde voy. Siempre busco sitios que no me esperan cuando tengo que marcharme de repente, cuando tengo que salir corriendo. Como aquel primer verano de Berlín, huyendo de algo abstracto y de una ciudad que se me hacía insoportable y en la que no podía dejar de fumar. Tampoco dejé de fumar en Berlín. El cigarro siempre me acompaña en la espera, en las estaciones de tren a las doce de la noche, cuando salgo con mi camisa blanca de trabajar llena de manchas y el cartelito con mi apellido aún puesto. El cigarro me había acompañado en aquellos enfermizos fines de semana pegada a la pantalla engullendo cine y escribiendo líneas torcidas en una Moleskine repleta de delirio. Y también ahora.

Sentada en el balcón pensé en unos versos en alemán. Recordé que Tabea me había dicho hace unos días que de pequeña se burlaban de ella porque no sabía leer el reloj. Mientras me decía eso señaló un grupo de golondrinas que volaban bajo y me explicó que siempre vuelan bajo cuando va a llover. Tabea sabía del mundo, de un mundo que no era el de los demás. Tabea sabía del dolor frente al piano, sabía que sólo podía tocar lo que la destrozaba. Le dijeron que tenía la voz enferma y que quizá no podría entrar al conservatorio. Pero Tabea siguió cantando y aporreando el piano, repentizando melodías rotas mientras yo la escuchaba sin que se diera cuenta al otro lado de la puerta. Últimamente andaba loca con Rayuela, una buena traducción alemana (según me informa) que encontré en una librería perdida de Estambul, cerca de Cuçur Kuma (o algo así) donde me topé con las Tesis de la historia de Benjamin traducidas al catalán. Igual las encontraste tú. Parece que ha pasado tanto tiempo. Y mientras veía las golondrinas caer -déjate caer golondrina, déjate caer- (odio profundamente la palabra la palabra golondrina, tan cargada de poesía rancia y versos polvorientos, naturalistas y de insufribles metáforas con flores). Me dijo que en alemán se decía Schwalbe, le pregunté por el maldito género y traté de retenerlo en mi cabeza. Pensé en unos versos en alemán. Die Schwalben wissen vom Regen. Die Schwalben fliegen tief. Die Schwalben wissen vom Regen. Die Schwalben fliegen tief. Die Raben warten aufs Gewitter und beobachten die Welt ohne Augen. Llegaron así a mi cabeza sin saber muy bien por qué.

Estuve un tiempo indefinido allí, acompañada de mis queridos Luckys, observando cómo se oscurecía todo. Las golondrinas volaban bajo, ellas sabían de la lluvia, sabían de la tormenta y se agrupaban en la torre del reloj mientras aquel cuervo miraba silencioso desde la cornisa. El cuervo sabe mirar sin ojos en la oscuridad. Ellas vuelan bajo como si en algún momento quisieran chocarse contra el suelo y ya no saber más de la lluvia y de las tormentas. Hoy creo que hay que salir. Hoy creo que me van a arrastrar a algún sitio donde haya que sonreir a menudo y donde no pueda enchufarme a Nacho Vegas en vena. Probaré a morir un poco y volveré. Y me acercaré hasta aquí sólo para ver, las arrugas arañadas en la piel.Y poder comprobar todo lo que cambió y todo lo que sigue igual y que así seguirá. Pero el techno me deprime profundamente, es como una canción tartamuda y repetitiva que simplemente hace que me mueva espasmódicamente mientras veo al resto moviéndose espasmódicamente y de repente todo es ridículo en este teatro de máscaras crueles que sonríen porque tienen que sonreír y bailan para no pegarse un tiro o no pegarselo a alguien. Volveré a las noches sin dormir. (Y las noches sin pensar).Y las noches sin soñar. (Y las noches sin sentir). Quizá vuelva incluso a ver la Mamá y la Puta o a leerme la Extracción de la piedra de la locura del tirón, como la última vez. 


sábado, 10 de mayo de 2014

Sobre dar (el) tiempo


¿Cómo puede ser que yo haya estado pensando un cuarto de hora? ¿Cómo se puede pensar un cuarto de hora en un minuto y medio? 

El perseguidor, J. Cortázar

-¡Oh, el tiempo! [...] No puedes imaginar cómo abusan aquí del tiempo los hombres. Tres meses son para ellos un día. Ya lo verás, ya te darás cuenta. -Y añadió- : aquí le cambia a uno el concepto de las cosas. 

La montaña mágica, T. Mann




#Tiempo 1


Yo andaba pensando en esta frase (siempre el tiempo, el tiempo) mientras hacía las maletas para volver al Norte. Dos sujetos de lona y uno de plástico duro ajustado a las medidas de esas castradoras mini-cárceles de maletas (véase medidores). Ahí las tres, puestas sobre una cama de noventa sin hacer, abiertas, destripadas y vacías (tan gris el forro), esperando que las llene con tiempo y cosas y expectativas. Hacer maletas siempre es algo infinitamente triste a la vez que alegre. Uno se pasa un par de días pensando qué se llevará (una semana para los obsesos previsores), mirando con cara de idiota la predicción del tiempo y cosas varias. Últimamente he estado pensando en las tipologías de hacer maletas. Este año he vivido ese ritual como algo diferente. Me pone alegre a la vez que infinitamente triste tener que meter en dos maletas una vida de seis meses. ¿Cómo puede ser que meta seis meses en dos cuadrados? Aquellos días en los que andaba por el Sur, ultimando preparativos, fotocopiando todo lo fotocopiable de Derrida para llevármelo a Walden (aquí la biblioteca es muy maja, pero al ser sólo para la facultad de Traducción, es más bien una macrobiblioteca de diccionarios), despidiéndome y no despidiéndome, corriendo de un  lado para otro agotando las horas (y el Sol). Creo que hice la maleta el último día, en parte porque no me hacía a la idea de que me iba, en parte porque soy un desastre, en parte porque me pone triste. Pensar en que quizá el invierno le haya dado tregua al Norte, y meter toda una cohorte de vestidos alegres con la ilusión de poder quitarme el abrigo de lana. Meter un biquini (esperando poder bañarme en el lago). Meter libros (esperando tener tiempo para leerlos). Meter cosas, que no son cosas, sino expectativas de algo que puede que jamás suceda. (También metí las zapatillas de correr con la falsa ilusión de que me animaría e iría a correr). Las maletas son como tristes pozos de planes que fracasan (todos esos porsiacasos que vuelven intactos). Las maletas tienen la ambigüedad de restringirte el espacio y dártelo para que luego no lo uses.


#Tiempo 2 -intermedio-

Llegar. Dar tumbos por lugares inhóspitos -aeropuertos, macroestaciones de tren- arrastrando esos lastres cargados de futuro (y de días, y de tiempo, y de promesas) por la pendiente empedrada que lleva a mi casa del Norte. Toda la calle en silencio. Sólo se oye el sonido incómodo de las ruedas traqueteando. Una vieja me mira con cara de desaprobación, le sonríe una mueca que sale de mi cara. Llegar. Las dejo en mitad de la habitación. Subo a por un café. Me han dejado un trozo de tortilla con una nota de bienvenida. Me bebo una taza entera del café de filtro que hacen aquí (dato: recientemente he descubierto que si no te quedan filtros puedes usar pañuelos de papel y el café está más bueno). Vuelvo a bajar a mi habitación. Veo la estúpida cantidad de libros que me traje, tres enormes cajas de libros. A veces necesitaría parar, parar unos meses y sólo leer literatura, que se me quite la cara cuadrada de ensayo y Derrida. Me resisto a deshacer la maleta (a veces se ha quedado en una esquina durante semanas), me resisto a ver todo lo que he esperado del tiempo, me resisto a meterlo en el armario, los cajones y las cajas. Desde esos lugares los objetos me miran acusadores. Las zapatillas de correr, sólo usadas dos veces. La mochila de viaje, esperando un viaje por los balcanes que aún tendrá que esperar. Los tableros esperan partidas. Los sobres cartas que no envié. Y me veo rodeada de la expectativa del tiempo en un espacio tan asfixiante donde parece que caben años pero solo son unos metros cuadrados y yo, sentada en la alfombra, que no me pide más que le pase la aspiradora. 

#Tiempo 3 

Pasan unas semanas y siguen ahí las maletas. Tú has llegado con las tuyas, con otra maleta para mi llena de vestidos de verano y más libros que no tendré tiempo de leer. Los días se vuelven una cuenta atrás cruel. Un juego contra el espejo. Hablamos de darnos el tiempo. Hablamos y hablamos de aquel texto tan obsesivo, el Dar (el) tiempo de Derrida. 
Pues al dar todo el tiempo de uno mismo se da todo, se da el todo, si todo lo que se da está en el tiempo y si se da todo el tiempo de uno mismo.
 Entonces, el tiempo como forma, el tiempo como continente del deseo de dar lo que está dentro de él. Su deseo estaría allí donde ella querría, en condicional, dar aquello que no puede dar. (La designación tautológica de lo imposible, dice el francés). Entonces el tiempo como don, como el acontecimiento imposible del don, lo im-presentable, lo que no puede ser reconocido como don para que no entre en la lógica de la restitución, del agradecimiento, de la ley simbólica de la circulación (precisamente él la rompe, desborda el círculo y lo pone en marcha). El don, el acontecimiento interrumpe esta lógica, la difiere, la aplaza. El don debe ser olvidado en el momento que acontece (más olvidado que reprimido, la represión no destruye ni anula nada, (res)guarda desplazando. Su operación es sistémica o topológica: consiste siempre en guardar intercambiando lugares). Nunca sabremos del don, siempre impresentable, olvidado, pero aunque el don fuese otro nombre de lo imposible, no obstante, seguimos pensándolo nombrándolo, deseándolo. Y tú estás enfrente, sentado en la alfombra, con maletas cargadas de tiempos y exigencias, de expectativas y deseo de llenar esa habitación del tiempo con algo que no nos pertenece aunque nos lo apropiemos verbalmente. Lacan se había ido de copas con Derrida y de fondo sonaba aquella tétrica música que nos seguía condenando: amar es dar lo que uno no tiene a quien no es


martes, 4 de marzo de 2014

Rituales

Porque el sentido se descomponía. (Y porque este texto no es coherente).

Recuerdo aquellos días cuando leí El perseguidor. Prometí leerlo contigo, pero estabas lejos, lejos. Recuerdo leerlo en voz alta, sentir la música detrás de las palabras. El cabrón lo había conseguido, una partitura hecha texto, un pulso herido que rondaba las cosas del otro lado y corría sobre las páginas a ritmo insomne e imperecedero. Las comas eran la propia pausa del narrador para coger aire, los párrafos remolinos de pensamientos que se agolpaban en el filo del saxo para poder salir a presión y dañando seriamente la puntuación establecida. Pero, el amor no tiene puntuación, ni el jazz tampoco, aquella locura era un gran acto de amor a todos los que aman el jazz. (Y no sé por qué ahora pienso en esto, intento recordar dónde dejé el maldito libro y creo que me lo olvidé a miles de kilómetros, en una estantería bárbara y abarrotada).  

Y mientras todo eso ocurría ya sólo en mi mente yo estaba de vuelta por la casa de este lado, la del Sur, la de los vientos húmedos y las calles abarrotadas. Echaba de menos las calles sin semáforos del Norte, pero estaba en casa (como si eso significara algo). Las acciones más cotidianas como cruzar la ciudad o coger un metro y odiar el metro se me hacían extrañas y ajenas, después de tantos meses de calma. (Volvía a tener tiempo para leer en los trayectos). 

Las calles empezaban a llenarse de Fallas y yo quería esconderme en un agujero. Los niños crueles con los petardos empezaban a invadir las calles y yo iba del metro a la universidad y de la universidad a la biblioteca y de la bilbioteca a los bares de siempre a beber lo de siempre y a ver a la gente pasar (Ruzafa estaba bonita, bonita de la leche). Volvieron a montar la Feria del libro antiguo y me invadió una sensación de cálida de sentirme en casa (ahí sí en casa). Los rituales vuelven y creo que ése es uno de los momentos más bonitos del año.

La Gran Vía se pone bonita, bonita de verdad. Se llena de alucinados que rebuscan entre la sección de esoterismo (porque todas las casetas tienen una sección de esoterismo) y de otros que rastrean algo de filosofía (locos también). Aún recuerdo a aquella tipa con el DSMV en la mano, mientras yo cargaba con todo lo que veía de Lorca. Hace tiempo de eso. El polvo en las manos limpias, ese olor mezclado con la tierra del suelo y el humo de los coches de Gran Vía. Encontré algo de Paul Auster (esas cosas que debes leer y en el fondo no sabes por qué narices) y para Kierkegaard ya no me llegó. Nos llevamos a medias unos monstruosos tomos de Eurípides para el día de la conjunción de bibliotecas (ése día) (espero que la traducción sea buena, pero ni puta idea de griego antiguo más allá del logos y pese a Griego I) (es Gredos, habrá que fiarse).

Era bonito trapear de nuevo entre libros en español. Llevaba cinco meses coleccionando libros escritos en bárbaro gracias a la biblioteca de allá del Norte, que una vez cada dos meses decide que hay libros que nadie lee y los pone a euro el quilo (palabra). Así que me he coleccionado medio Hesse, medio Zweig, medio Böll, Goethe, Max Frisch, absurdos diccionarios que algún día traduciendo usaré y otros libros anónimos (por el título o la portada). Aquel también era un ritual bello. Sábados por la mañana (pronto, para que no me quitaran lo bueno), con la bicicleta-cesta-incluida y luego, sentada en el suelo de la biblioteca (amoquetado) paseando los ojos entre montañas de libros dejados caer. Señoras que cargaban con novela rosa y libros de viajes de lugares que nunca visitarán. Los estudiantes todavía están resacosos a esas horas, nadie por las calles (los sábados por la mañana es el momento perfecto para cometer un crimen, todos están durmiendo profundamente los excesos del día anterior).


Pero eso son historias del Norte, que poco importan. Y ahora aquí, ahora que estoy tan cerca... (quizá demasiado cerca) y los días son de sol pero de verde pero de despedidas y de buses y de pronto y de poco y de entender y de no entender nada y no saber qué hacer con la tristeza, tan anclada en las manos y venida por sorpresa, como un invitado a las once cuando la cena ya está fría y te toca sacar los restos del congelador y hacerle esperar bebiendo agua, del grifo. Ese miedo a la tristeza que un día vivía por aquí de alquilada y con desahucios forzados acabó marchándose aunque fuese al rellano, pero de vez en cuando vuelve a llamar al timbre, por visita de cortesía y tal, o te va a visitar a ti y todo empieza a detenerse, y todo entra en ese espiral de incomprensiones, prosas rotas, dolor de huesos, ojos colgados en la pared y mañana será otro día, y no pasa nada, y es una tontería, y silencio. Ese ritual siempre es así. 

martes, 7 de enero de 2014

I'll wear a mask for you [Variaciones Cohen]

[I'll wear a mask for you. I'll wear a mask for you. And so on]


If you want a lover
I'll do anything you ask me to


And if you want another kind of love
I'll wear a mask for you


If you want a partner
Take my hand
Or if you want to strike me down in anger


Here I stand 



I'm your man


If you want a boxer 
I will step into the ring for you


And if you want a doctor


I'll examine every inch of you
If you want a driver

Climb inside
Or if you want to take me for a ride

You know you can
I'm your man


Ah, the moon's too bright 
The chain's too tight

The beast won't go to sleep



I've been running through these promises to you 


That I made and I could not keep


Ah but a man never got a woman back
Not by begging on his knees


Or I'd crawl to you baby
And I'd fall at your feet

And I'd howl at your beauty


Like a dog in heat
And I'd claw at your heart
And I'd tear at your sheet


I'd say please, please
I'm your man


And if you've got to sleep
A moment on the road

I will steer for you

And if you want to work the street alone
I'll disappear for you


If you want a father for your child


Or only want to walk with me a while


Across the sand
I'm your man



If you want a lover 


I'll do anything you ask me to


And if you want another kind of love
I'll wear a mask for you


I'll wear a mask for you

And now, take this waltz


[L'Apollonide, La piel dulce, La eternidad y un día, Irreversible, Closer, Domicilio conyugal, Vértigo, La mamá y la puta, Melancolía, Anticristo, Vivir su vida, Saraband, Masculino Femenino, Control, Eraserhead, Besos robados, Eyes Wide Shut]

domingo, 29 de diciembre de 2013

Última carta del año

A quien corresponda:

Hoy escribo todavía lejos de casa, pero en casa en cierta manera. Todos están aquí al fin y al cabo. Me quedé en Alemania estas Navidades por alguna extraña decisión interna, disfrazada de excusas, y fechas, y vuelos, y cosas sin importancia. No quería salir de este lugar. No quería volver a ver el árbol de neones de la plaza del Ayuntamiento, ni ese horrible Belén que ponen por allí. No quería tener que ver los programas especiales de Nochebuena, Navidad, la gala de los Inocentes ni el mensaje del Rey. Ni las luces de El Corte Inglés o el reciclaje del famoso del año en el anuncio de rebajas. Todo eso, ahora que estoy tan lejos, me parecía la misma capa de caspa de España, esa que tan poco añoro, esa que me da miedo, porque estará esperándome cuando vuelva. Y los anuncios de juguetes y los catálogos (saben, cuando tenía 8 años me di cuenta de que todo lo de los Reyes era mentira por culpa de los malditos anuncios y los catálogos, la excusa de mis padres de que muchos niños tenían cumpleaños en esa época ya no coló). Y todo eso que ustedes ya saben y que mejor o peor llevan. De vez en cuando me llegan ecos desde allí, leo el periódico casi cada día por no perder el contacto con la realidad, buscando esas líneas amargas y saber, en cierto modo, que esto es sólo un paréntesis, un poco de aire. Me llegan tristes noticias, pocas alegres de aquel país, España me dueles. Los que aprueban la ley del aborto, los mismos que no dan las ayudas a la dependencia y condenan a los vivos. Que España irá mejor el año que viene, que si recuperación económica y otros monólogos del peor Late Night. Malabares con las becas (yo hasta febrero, no veré ni un duro, después de 4 meses fuera, y veremos qué llega). Subida de la luz, aumento del consumo de velas, pistas de hielo en el centro de Valencia y todo el dolor del mundo en el rostro.

Aquí, sin televisión, me he ahorrado buenas dosis de hipocresía navideña y buenos deseos. Germersheim se quedó absolutamente vacío, parecía una ciudad fantasma (más de lo habitual). Las calles, oscuras de por sí (aquí no conciben la idea-Rita de farola cada metro y medio y a toda potencia), eran el lugar perfecto para disfrutar de ese silencio que tanto echaré de menos cuando me marche de aquí. Aquí, las luces de Navidad de las calles no te hacen creer que estás en un club de mala muerte, son pequeñas, amarillas y blancas, discretas, acogedoras y no estridentes (aún recuerdo el árbol de Navidad diseñado por Agatha Ruiz de la Prada en la Puerta del Sol...). Aquí los árboles son de verdad, hasta el que tomaron prestado las compañeras de piso para subirlo al balcón de casa. Aquí el calendario de adviento no es un cartón con chocolatinas, son saquitos de tela que alguien llena para ti cada día. Y no ha nevado, eso es cierto, y me siento profundamente engañada con la Navidad alemana por ese hecho en concreto, pero lo voy a pasar por alto por todo lo demás. En cierto modo, aquí el relato todavía te envuelve un poco, el frío y el vino caliente, los hijos pequeños de los vecinos sacando sus botas.

Pero tampoco vayamos a decir que las postales son aquí mejores. Aquí la Navidad no hace distinción a los que tienen minijobs, ese GRAN invento alemán que parece la panacea de nuestra época. Aquí trabajo con un contrato con el que es legal no pagar impuestos, ya que no superas el nivel de renta mínimo, aquí con ese contrato no tienes derecho a vacaciones, ni a baja, ni a paro, ni a cotizar para tu jubilación, ni a que te paguen los festivos, ni a la paga extra (me regalaron chocolatinas en el hotel). No te contratan por horario, sino por horas, aunque tú tienes que estar disponible durante ese horario aunque luego no trabajes. Facturas cada cuarto de hora y no tienes horarios fijos. Para los estudiantes es la mejor opción por la flexibilidad, pero cada día, en el trabajo, veo a señoras de más de 55 años, mirando el reloj a ver si ya ha pasado la manecilla de y cuarto para ir a firmar la hoja de horas y que no les descuenten un cuarto de hora más. En el sector servicios, más de la mitad de personal es contratado así (en el hotel, con más de treinta trabajadores, hasta las recepcionistas están de minijob y contratadas con cotización, quizá tres personas). Ven, aquí no hay paro. Y si está usted en paro, el servicio de empleo le da un trabajo en el sector público al módico precio de uno o dos euros la hora, y claro, si lo rechaza, le quitan la prestación. Aquí no hay paro señores, pueden venir todos a buscarse la vida a este lugar, no sé qué hacen todavía en sus casas. Aquí todos producimos, ¿saben?

El problema no está aquí o allá, aquí saben meter los platos rotos debajo de la alfombra, legalizar el suicidio de la clase media. Aquí todavía no han dejado que explote, los socialistas pactan con los conservadores, y después de cuatro meses de análisis de discurso para Interpretación, yo ya oigo el mismo texto con diferentes comas. Aquí han sabido poner tapones en los pozos negros, pintarlos de blanco y echarles perfume. Aquí no hay paro señores, pero búscate tres minijiobs para poder vivir y el plan de pensiones ya te lo sacas de la chistera. Aquí, o compites, o te caes, ¿saben?, cuando un niño tiene diez años ya deciden si va a ir a la universidad o va a ser un currante de pico y pala, los separan de escuelas y sin mayor drama, y aunque luego hay posibilidades de cambio, todo se reduce a excepciones afortunadas.

Esta carta no sé con qué propósito está escrita, ni a quién o qué apunta. Es una carta algo harta del mundo, incómoda en su sobre. Aquí en Walden/Germersheim no me entero de casi nada de todo eso, a no ser que quiera autoflagelarme un poco y encienda la radio o lea el periódico. Aquí, me paso los meses en la estación de tren mirando el cuadro de llegadas, despidiendo con gesto triste al que se marcha, corriendo por una universidad increíble, también ajena al mundo, donde se traduce incluso a mano y se prohíben ordenadores, escuchando las jam session que se montan en casa con un piano, un chelo, dos guitarras, un bajo, el saxo y la voz de Tabea, que es de otro mundo.

Pronto empieza un nuevo año y  mañana vuelvo donde empezó de verdad para mí este 2013. Mañana volvemos a Berlín con la colección de cámaras, que va creciendo, bajo el brazo.

Feliz año a todos, volveré en febrero, sin hacer mucho ruido.

Núria


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Desvíos (Traducción literaria): Hesse&Goethe

[Estas traducciones no tienen ningún fin comercial etc. etc. o lo que se tenga que decir para que la SGAE no me empapele]

Fragmento de Narciso y Goldmundo, H. Hesse:

Goldmundo: Superior…¡yo a ti!», balbuceó Goldmundo, sólo por decir algo, ya que una extraña rigidez había invadido su ser.

Narciso: «Cierto es eso», añadió Narciso. «Las naturalezas de los de tu clase, los que tenéis un sentido tierno y fuerte, los inspirados, los soñadores, los poetas, los amantes, todos vosotros sois casi siempre superiores  a los hombres de espíritu. Vuestro origen es la madre. Vosotros vivís plenamente, a vosotros se os es dada la fuerza del amor y la posibilidad de vivir sintiendo. Nosotros, hombres de espíritu, aunque a menudo, parecemos los adecuados para dirigir y gobernar, nosotros no vivimos plenamente, vivimos en la aridez de la vida. A vosotros os pertenece la plenitud de la vida, el jugo de los frutos, el jardín del amor, el bello paraje del arte. Vuestra casa es la tierra, la nuestra la idea; vuestro peligro es morir ahogados en un mundo de los sentidos, el nuestro, morir ahogados en un espacio sin aire. Tú eres artista, yo soy pensador. Tú duermes en el regazo de tu madre, yo estoy en vela en el desierto. Para mí, brilla el sol; para ti brilla la luna y las estrellas, tú sueñas con muchachas, yo, con muchachos…».

Original:

»Überlegen - - ich dir! « stammelte Goldmund, nur um etwas zu sagen, er war wie von einer Starre befallen.
»Gewiss«, sprach Narziss weiter. »Die Naturen von deiner Art, die mit den starken und zarten Sinnen, die Beseelten, die Träumer, Dichter, Liebenden, sind uns andern, uns Geistmenschen, beinahe immer überlegen. Eure Herkunft ist eine mütterliche. Ihr lebt im Vollen, euch ist die Kraft der Liebe und des Erlebenskönnens gegeben. Wir Geistigen, obwohl wir euch andre häufig zu leiten und zu regieren scheinen, leben nicht im Vollen, wir leben in der Dürre. Euch gehört die Fülle des Lebens, euch der Saft der Früchte, euch der Garten der Liebe, das schöne Land der Kunst. Eure Heimat ist die Erde, unsere die Idee. Eure Gefahr ist das Ertrinken in der Sinnenwelt, unsere das Ersticken im luftleeren Raum. Du bist Künstler, ich bin Denker. Du schläfst an der Brust der Mutter, ich wache in der Wüste. Mir scheint die Sonne, dir scheinen Mond und Sterne, deine Träume sind von Mädchen, meine von Knaben…« […]

Aus Narziss und Goldmund, Hermann Hesse, Suhrkamp, 2012 S. 60 – 66ff, 1332 Wörter

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Monólogo de Fausto, Goethe:

Fausto:
¡Ah!, he estudiado Filosofía, Jurisprudencia, Medicina, e incluso, a mi pesar, también Teología. Todo lo estudié en profundidad, con mi mayor afán y encono. Y aquí sigo, ¡yo, necio de mí!, que sé tanto como antes. Acumulo títulos de Maestro, de Doctor, y ya desde hace casi diez años confundo a mi capricho, y veo, ¡que nada podemos saber!  Mi corazón casi se consume. Cierto que soy más inteligente que todos esos necios petimetres, doctores, maestros, escritores y párrocos. No me atormentan ni escrúpulos ni dudas, no temo al infierno ni al diablo. Y aún así, toda alegría me ha sido arrebatada. No me hago ilusiones con lograr certezas, no me hago ilusiones con poder enseñar algo, ni con mejorar a los hombres o convertirlos. Tampoco tengo bienes, ni dinero, tampoco honra ni esplendor ante el mundo. Ni un perro querría seguir en este mundo un minuto más si viviera así. Por eso me he consagrado a la Magia, como si por la fuerza del espíritu y de la palabra las verdades me fueran a ser reveladas. Para que no sea menester que con este mi sudor amargo siga yo diciendo todo lo que ignoro; para  poder ver lo que el mundo alberga en sus profundidades; para contemplar su fuerza creadora y su simiente, y no volver a rebuscar entre las palabras.  

Original:
Faust:
Habe nun, ach! Philosophie,
Juristerei und Medizin,
Und leider auch Theologie
Durchaus studiert, mit heißem Bemühn.
Da steh ich nun, ich armer Tor!
Und bin so klug als wie zuvor;
Heiße Magister, heiße Doktor gar
Und ziehe schon an die zehen Jahr
Herauf, herab und quer und krumm
Meine Schüler an der Nase herum –
Und sehe, daß wir nichts wissen können!
Das will mir schier das Herz verbrennen.
Zwar bin ich gescheiter als all die Laffen,
Doktoren, Magister, Schreiber und Pfaffen;
Mich plagen keine Skrupel noch Zweifel,
Fürchte mich weder vor Hölle noch Teufel –
Dafür ist mir auch alle Freud entrissen,
Bilde mir nicht ein, was Rechts zu wissen,
Bilde mir nicht ein, ich könnte was lehren,
Die Menschen zu bessern und zu bekehren.
Auch hab ich weder Gut noch Geld,
Noch Ehr und Herrlichkeit der Welt;
Es möchte kein Hund so länger leben!
Drum hab ich mich der Magie ergeben,
Ob mir durch Geistes Kraft und Mund
Nicht manch Geheimnis würde kund;
Daß ich nicht mehr mit saurem Schweiß
Zu sagen brauche, was ich nicht weiß;
Daß ich erkenne, was die Welt
Im Innersten zusammenhält,
Schau alle Wirkenskraft und Samen,
Und tu nicht mehr in Worten kramen.



Goethe, J.W. Faust Eine Tragödie: Erster und zweiter Teil 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Theo Angelopoulos. El paso suspendido: punto de encuentro (Shangrila Ed.)


Señoras, señores y cómplices del otro lado de la pantalla. Hoy, en lugar de una entrada, os dejo esta pequeña maravilla que ha salido de los hornos de Shangrila sobre el bueno de Theo Angelopoulos. Es todo un honor para mí haber podido formar parte de este volumen en compañía de personas a las que admiro y respeto muchísimo. Podéis leer mi capitulito bajo el título Destrucción y reconstrucción narrativa en el cine de Theo Angelopoulos y dos traducciones de los textos de Irini Stathi y Ángel Quintana.

Aquí el enlace, feliz lectura: http://shangrilaediciones.com/pages/bakery/shangrila-revista-18-19-95.php


No podíamos volver a casa, Theo.